11 de agosto del 2016

“La violencia contra la mujer se aprende a naturalizar”

Maria Angélica Pease

Docente del Departamento de Psicología de la PUCP

El movimiento Ni una menos en el Perú ha crecido de forma sostenida durante las últimas semanas. Esta movilización busca erradicar las diversas formas de violencia hacia las mujeres en el país. Una de las piezas clave es el espacio de expresión entre mujeres que se ha generado en las redes sociales. ¿Qué más dicen estos testimonios sobre el problema de violencia hacia las mujeres? María Angélica Pease, docente del Departamento de Psicología, contribuye a comprender, desde esta disciplina, algunas de las cuestiones que surgen a propósito de tal movilización.

¿Cómo surgieron los testimonios en el marco del movimiento Ni una menos?

Creamos un grupo cerrado para comunicarnos e ir planificando una marcha y una serie de acciones. De pronto, una de las chicas del grupo testimonió. Contó un caso aberrante de violencia ejercida a múltiples niveles, de esos de los cuales hay miles en nuestro país. Una vez que ella testimonió, una serie de mujeres comenzaron a testimoniar una detrás de la otra. El poder que tiene el testimonio es narrarlo en primera persona. Es alguien diciendo esto me pasó a mí como sujeto y verlo a través de un testimoniante te cambia la realidad. Nos hemos dado cuenta de que a un nivel siempre somos víctimas de una violencia naturalizada. Ese impulso de atreverse  a contar ha generado una dinámica de contención entre mujeres insólita. Se ha evidenciado en ese espacio el derecho a testimoniar, a tomar la palabra y decir esto está mal. Está tan invisibilizada la violencia hacia nosotras que nos han robado la palabra. Te atreves a decirlo en una página de Facebook y lanzarlo ante una audiencia imaginaria infinita y no a una persona cara a cara. ¿Qué pasa al día siguiente con esa persona que abre esta compuerta inmensa y cuenta una cosa de ese tamaño? ¿Cómo te acuestas? ¿Cómo te levantas?

Sobre el cuidado de los testimonios, ¿qué es lo que se han propuesto hacer desde el movimiento?

Se protege al testimonio para proteger a la testimoniante. Entonces lo que queremos es asegurar que haya la posibilidad de que ningún testimonio salga a la luz sin la autorización de la testimoniante, como mínimo, y que se preserve la identidad. Hemos tenido casos de un medio de comunicación que copió un testimonio y emitió opinión, además. O gente que ha armado intervenciones a partir de los testimonios. Aunque son buenas intenciones, debe pasar por la autorización de la testimoniante. No basta con anonimizarlo. Esperamos que el tema amerite que se entienda el valor que tienen los testimonios. Hay infinidad de ideas maravillosas de qué hacer con ellos, desde libros hasta intervenciones en la calle, y todo bien, pero siempre que pase por la autorización y los criterios pertinentes.

Hay una línea difusa entre visibilizar las historias a través de los testimonios y aquello que alimenta el morbo de los lectores en Facebook.

Me quedo pensando en qué pasa por la cabeza de una persona tres minutos antes de compartir su historia. Qué tienes que sentir para que habiendo leído lo que otra persona ha dicho, digas, ahora debo hacerlo yo. Es tan poderosa esa necesidad de sacar algo que tienes dentro y soltarlo, que cuán realista es o cuánto cambia en el recuerdo pierde importancia. Es el hecho de atreverte a decirlo a una comunidad que sientes que lo va a entender. Es un acto poderosísimo a nivel de sanación personal y a nivel político. El testimonio se ha vuelto un acto político. Mucha gente ha empezado leyendo con curiosidad, seguramente con morbo que puede tener un origen sano e insano. Gente que no puede dejar de leer, aunque quiera. Historias que nos recuerdan nuestras propias historias. Estas narrativas, algunas hermosamente narradas, de alguna manera contienen nuestras propias historias también. Hay historias con niveles de detalle escabrosos, hay historias que no los tienen. Es lo que sucede cuando recién empiezas a hablar de un tema. En tanto te das cuenta que es legítimo y lo puedes hacer, entonces hasta cuánto puedes contar. No sé si es un morbo que nos daña o es algo que más bien necesitamos ver así, en todo lo aberrante que tiene.

¿Por qué es importante asistir todos a la marcha?

Creo que lo único que nos da la esperanza es la posibilidad que desde niños se pueda construir otro país. Creo que la violencia contra la mujer se aprende a naturalizar. Eventualmente, parte de los mecanismos adaptativos que la mente usa para protegerse es lograr encontrar un lugar para acomodarnos, habituarnos. Esto genera otro tipo de heridas. Ningún niño debería aprender a naturalizar eso. La única manera de aprenderlo es teniendo conciencia de que está mal. Los niños desarrollan nociones de justicia a muy temprana edad, de respeto a la diversidad, de tolerancia, de lo correcto y lo incorrecto. Si no lo compartimos con ellos y lo hacemos visible, vamos a seguir reproduciendo el mismo patrón de exclusión.

Pensando en el proceso inverso, ¿qué hacemos con los adultos que ya crecimos en ese sistema? ¿Es posible “desaprenderlo”?

Claro que sí. La toma de conciencia es un lugar fundamental. Piagett, que es uno de los padres de la psicología, decía que cuando nos dejamos afectar por una nueva pieza de información que remueve nuestra mente, la desestabiliza y viene la toma de conciencia, es posible cambiar nuestra mente. Creo que eso es lo que ha pasado con esos testimonios. Vemos feminicidios en masa y cosas aberrantes en la televisión todo el tiempo. Que te griten una cochinada en la calle pierde impacto en nosotras. Pero ha habido algo en estos testimonios que nos ha hecho tomar conciencia de dónde estamos. Nos estamos dando cuenta de que sí podemos ver las cosas de otra manera. Nunca había visto tanta gente hablando de este tema.

Muchas veces la violencia se justifica con una enfermedad psicológica o de falta de salud mental

Hay una tendencia a construir al agresor como un psicótico o con rasgos psicopáticos, a convertirlo en un caso clínico. Esto le resta de alguna manera responsabilidad. Ese argumento es insostenible si pensamos que 7 de 10 mujeres son víctimas de violencia en la estadística más generosa. Eso de alguna manera pone al agresor en un lugar en el que tenemos que reparar ese daño que tiene. No pensamos en un sistema cultural que legitima formas de violencia desde los niveles más altos de autoridad, hasta la formación cotidiana en el hogar que legitima prácticas abusivas. Que es abusiva con los hombres también. El niño es criado para ser un macho alfa, proveedor, que tiene que postergarse por cuidar a un otro, contener emociones, probar su sexualidad en todo terreno las 24 horas al día y dañar el cuerpo de la mujer como parte de este proceso. El patriarcado nos hace daño a ambos géneros. Mientras no lo veamos así, esta historia no va a cambiar. Es cierto que ese discurso es una evasiva. Es una manera de naturalizar el problema y no tiene ninguna base.

No se puede atribuir la violencia a una enfermedad mental

Por supuesto que hay casos de violencia derivados de enfermedad mental. Pero un adolescente que imita a su padre en su falta de respeto al cuerpo de la mujer y decide meterle la mano en el bus porque tiene la oportunidad difícilmente tiene rasgos psicopáticos. Está reproduciendo una construcción de la mujer y del cuerpo de la mujer como un otro inferior al cual dominar, al cual tiene el derecho a vejar y está reproduciendo un patrón cultural. Es más parecido al racismo. Hay conducta psicopática en racistas, sin duda. No vamos a decir que un violador no tiene rasgos psicopáticos pero decir que el machismo es producto de la enfermedad mental ¿dónde deposita el origen de esa práctica?¿Debemos darles terapia a todos los machistas para solucionar el problema? Hay niveles a los que este país está profundamente enfermo. Todos estamos profundamente enfermos. Creo que en algunos medios se utiliza la idea del daño psicológico como un atenuante. Sí, es una enfermedad pero no por eso es irresponsable de lo que ha hecho.

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