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"Una universidad que no dialoga no es universidad"

  • Dr. Carlos Garatea Grau
    Rector de la PUCP

Palabras en la ceremonia de asunción del cargo realizada el 8 de julio del 2019

Ahora sí, estamos todos. Hace pocos años era impensable que esta sala tuviera la composición que presenta este mediodía. Hoy que nos vemos las caras y advertimos los motivos que nos traen aquí, se nos descubre de inmediato que terminó el periodo de asedio legal, de amenazas públicas y privadas a propósito de los bienes de la Universidad, de juicios y calumnias que pretendieron dividirnos, veinte años que golpearon a nuestra comunidad y pretendieron aguijonear nuestra fe. No lo consiguieron.

Hoy comenzamos una nueva etapa en la vida de nuestra Universidad como comunidad humanista, científica y católica, dedicada a la formación, a la investigación, comprometida con el Perú. Decirlo en voz alta toma solo unos segundos, pero quienes vivimos esas décadas recordamos el esfuerzo y la firmeza que pusimos muchos de los presentes para mantenernos de pie, libres, en defensa de nuestra casa, y de nuestra identidad académica y católica. Emociona recordar el día que nos tomamos las manos para proteger nuestro campus y formamos una impenetrable cadena que dio la vuelta al perímetro. Señor Cardenal, esta es nuestra Universidad, la suya, la mía, la de todos quienes estamos aquí y de quienes han pasado por nuestras aulas en 102 años; es también esta comunidad la que sabe a quiénes debe agradecer por haber hecho posible esta nueva oportunidad, aunque no mencione sus nombres y prefiera el recato que exigen los afectos.

Aprendí el valor de pertenecer y servir a la Universidad gracias a que desaprobé mi primer examen en EE.GG.LL. Tenía dos semanas de cachimbo cuando un inolvidable 07, acompañado de dos frases (“Quiero hablar contigo. Búscame”), me llevó a Luis Jaime Cisneros y por su intermedio, mejor dicho, con él, descubrí el sentido y la razón de ser de la PUCP. Luis Jaime me enseñó a leer, por ejemplo, y a escuchar. Lo he dicho varias veces: le debo mucho a Cisneros. ¡La PUCP le debe mucho a Luis Jaime! Sé cuánto le hubiera dolido ver la crisis que se desató a fines del año pasado —y cuyos efectos seguimos padeciendo— y sé cuánta energía habría invertido en darle solución inmediata. Me parece verlo sentado junto a su amigo Gustavo Gutiérrez, clavándome los ojos y diciéndole a Gustavo algo así como “¡Felizmente, Garatea se puso corbata!”. Quienes frecuentamos a Cisneros aprendimos un sentido de vida universitaria que ganó actualidad en los últimos meses: la universidad —decía— no es nunca obra de una persona, sino de una comunidad de mujeres y hombres, con distinto empuje, con variado corazón, con ideas tal vez encontradas, unidos en una verdad que se llama enseñanza, que se llama conocimiento, que se llama investigación, y que se debe realizar siempre y necesariamente con desinterés, con empeño, sin intriga y sin rencores.

Pero la actualidad de esta idea no se debe a su persistencia sino a que nos hemos alejado un poco de ella. No digo que la hayamos olvidado. Pero sí que nuestra identificación con ella ha perdido intensidad, aunque la sigamos repitiendo en público, en documentos oficiales y en foros donde lo que se dice no corresponde con lo que se hace. Si hoy empezamos una nueva etapa, entonces debemos poner todo nuestro esfuerzo en asumirla e integrarla en el día a día de la PUCP, debemos desterrar la impunidad, la discriminación, la violencia, la desconfianza, y esa costumbre de hablar y gritar mucho pero hacer poco o nada. Esta última ha ganado más espacio del debido e imprime un clima de suspicacias y prejuicios donde debe haber una auténtica vocación de servicio y donde debe prevalecer la convicción de invertir el tiempo en trabajar para que tengamos una institución sana y noble, concentrada en cumplir con sus fines principales y abocada a colaborar con el desarrollo del país con transparencia, equidad, un irrestricto respeto a la diversidad, y un firme y decidido compromiso con la justicia y la libertad. Nuestra catolicidad y nuestra identidad académica descansan en esas condiciones y principios. Somos nosotros quienes debemos implementarlos y asumirlos como parte del compromiso de integrar una comunidad universitaria católica en el Perú.

Difícil, sin duda. Nadie dijo que fuera fácil ser universitario. Pero no podemos mirar al costado como si no pasara nada y fueran asuntos ajenos. Un primer paso es que debemos ser conscientes de nuestro papel de educadores. La responsabilidad no es de unos cuantos sino de todos quienes cada mañana venimos a este campus a trabajar o a estudiar o a ambas cosas. Aceptemos que no es tarea exclusiva de profesores ni se restringe a lo que sucede en el aula, aunque sean los actores y el escenario principales; es también tarea de estudiantes y trabajadores, de lo que sucede en los pasillos, en los comedores, en las redes sociales, en los espacios de decisión y en cuanta oportunidad uno se expresa. A veces olvidamos que todo cuanto uno dice o escribe tiene un efecto social y contribuye a debilitar o a fortalecer el tejido que nos une como comunidad. En ocasiones, parece que hubieran desaparecido de nuestra lengua los términos que nos acercan al otro, que nos interpelan sobre lo que puede sentir y vivir el otro, el colega, el alumno, el trabajador, el jubilado; bien sabemos que no hay comunidad si no somos capaces de reconocernos e integrarnos los unos con los otros en paz y con humildad. En algún lugar leí que “un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse” (GGG). Seamos autocríticos y asumamos nuestras responsabilidades, cuánto hemos hecho por hallar soluciones, cuánto hemos avivado el murmullo procaz y cuántos privilegios existentes son también parte del terremoto que nos remeció el año pasado. Somos conscientes de nuestros males y con rapidez señalamos los síntomas; pero debemos enfocarnos en las causas y en asumir que, desde las funciones que cada uno tiene, desde la parcela que ocupa cada uno, podemos hacer algo en beneficio de los demás si postergamos ambiciones personales, anteponemos el bien común, asimilamos que no estamos solos, y asumimos la función pedagógica y educadora que nos toca cumplir diariamente.

Lo sucedido con nuestros alumnos y sus familias por el caso de los recargos por cobros extemporáneos es una lección que debe ser completamente interiorizada. Les fallamos y no debe volver a ocurrir jamás. No encuentro mejor manera de decirlo: fallamos. Lo hicimos mal. Punto. La crisis hizo evidente la urgencia de realizar los cambios en la administración, que empezaremos en unos días más con el nombramiento de nuevos directores en el 90% de las direcciones académicas y no académicas; pondremos en marcha el rediseño del Vicerrectorado Administrativo, lo que implicará una auditoría y un ajuste en las funciones y en el organigrama; propondremos al Consejo Universitario una comisión que vea en detalle las grandes inversiones y precise sus márgenes de sostenibilidad económica, tal como solicita la Dirección Académica de Economía desde hace mucho; la contralora asistirá periódicamente al Consejo Universitario a informar de sus pesquisas, de manera que se cuente con un canal adicional de comunicación; retomaremos la propuesta del seguro de salud para quienes se jubilen y no cuenten con CPJ; y lo más duro, porque de por medio hay personas y amigos, hemos asumido el mandato de la Asamblea en relación con llevar a cabo las investigaciones que permitan identificar el grado y el tipo de responsabilidad y las sanciones que corresponden a los involucrados en el origen de la crisis. Como paso adicional, con la participación de los profesores de Derecho, crearemos una gerencia legal que dependa del Rectorado y coordine con la Secretaría General con la finalidad de que oriente en aquello que está más allá del rutinario trabajo administrativo. Puedo asegurarles, amigas y amigos, que, desde mañana, nos abocaremos a despejar cualquier hecho reñido con la ley o que alimente inmerecidos privilegios, siempre siguiendo el debido proceso y cuidando los derechos fundamentales de los involucrados. La impunidad no debe ser la norma y la sanción no debe convertirse en venganza ni atropello. Si hemos sido capaces de caminar desde diciembre del año pasado hasta aquí cumpliendo con nuestro estatuto y siguiendo a pie juntillas las normas, debemos ser igualmente firmes en decir que cumplimos con la ley y respetamos los derechos de las personas en nuestras actividades cotidianas.

Pero la estructura necesita contenido y personas, diálogo y confianza. “Una universidad no es una fábrica de diplomas”, decía Cisneros. Una universidad que no dialoga no es universidad. Dialogar es una actividad consustancial al ser y al sentido de la vida universitaria y, sin duda, es propia de la cultura democrática que queremos irradiar y fortalecer desde nuestro modelo educativo y desde nuestras aulas hacia el país. ¿Cómo estimular la educación para la ciencia y la investigación científica si no somos capaces de dialogar y de hacernos preguntas o de discrepar? ¿Cómo asumir el compromiso de educar para la convivencia, la igualdad de género, la promoción de las minorías étnicas y culturales, la construcción nacional y la protección del medio ambiente1 si no estamos dispuestos a dialogar una y mil veces entre nosotros, entre autoridades y estudiantes, entre estudiantes y profesores? Los estudiantes no deben estar alejados, sino que deben integrarse en un discurso democrático que se plasme en el intercambio de pareceres y en la búsqueda de consensos entre todos quienes integramos la PUCP. Dialogar exige saber escuchar y guardar silencio cuando se cede el turno al interlocutor. Hay que saber hablar y saber callar, pero sobre todo saber escuchar. El diálogo no es la extensión de un rincón de box en el que se busca noquear al oponente en los tres minutos que dura un round. En el diálogo no hay oponentes: hay dos o más personas que quieren convivir, y, por eso, dialogan y buscan consensos. Esa es la esencia de la vida universitaria. Simple pero esencial. Consenso, desprendimiento y vocación de servicio.

Como equipo, nos hemos tomado muy en serio instaurar una cultura del diálogo en todas las instancias de la PUCP y promover la búsqueda de consensos en la vida institucional. Creo que solo así construiremos el espíritu democrático y participativo que requerimos para retomar la senda que nunca debimos dejar. En los quince días que tenemos como autoridades elegidas, hemos avanzado en esa dirección: tuvimos una primera y magnífica reunión con la Representación Estudiantil, con el sindicato de trabajadores y dos con un grupo de representantes de la CPJ, para atender sus reclamos y encontrar soluciones a sus demandas. Hemos dialogado con las autoridades de Artes Escénicas en torno a sus necesidades; nos hemos propuesto que desde agosto tendremos reuniones periódicas con los estudiantes y los convocaremos a todas las comisiones que conforme el Consejo Universitario desde la próxima sesión; ya hemos elaborado una propuesta para incorporar nuevos profesores en la comisión académica; y vamos a crear un gabinete de asesores del Vicerrectorado de Investigación, que estará integrado por profesores investigadores de distintos departamentos con el propósito de plantear las políticas que requiere nuestra Universidad para asegurar una investigación de calidad, sin que ello nos haga olvidar la responsabilidad que tenemos con el Perú y nuestro firme compromiso con el arte, la cultura y todas la manifestaciones artísticas que enriquecen nuestra institución. Adelanto aquí que esta semana convocaremos, para un taller de trabajo, a la REA en los primeros días de agosto, y haremos lo propio con decanos y jefes de departamento para antes del inicio del próximo semestre, con la idea de fijar las prioridades que tendremos en los meses que faltan para terminar el año e iniciar así un clima de colaboración entre las instancias de gobierno y la representación de los profesores. Nos espera harto trabajo, pero trabajo en común, alegre; siempre guiado por nuestra voluntad de  servir a la PUCP.

Sabemos que la vocación universitaria no es un juego. El juego es un momento y ayuda a pasar el tiempo. La vocación universitaria es una vivencia inserta en el futuro, tal como dijo Cisneros, y para que aseguremos los frutos que esperamos es necesario tener confianza. Claro que la confianza no se instaura por mandato. Se gana con esfuerzo, pero se pierde en segundos. Hace menos de una semana un estudiante me dijo, sin que le temblara la voz y mirándome a los ojos, que no tenía motivo para confiar en mí. Lamentablemente hemos perdido la confianza entre nosotros. Y generar confianza requiere tiempo y prudencia; requiere hechos, transparencia y buena fe. Necesitamos recuperar la confianza en nuestra institución y en sus órganos de gobierno. Lo haremos y tendremos éxito si nos ayudan y nos concentramos todos en ello.

Por lo pronto, antes de fin de año, tendremos una política comunicacional pensada y diseñada con ese objetivo, un objetivo claramente distinto a la promoción de cursos y eventos que solemos apreciar en la prensa, porque requiere convencer y demostrar que somos lo que decimos que somos y que hacemos lo que decimos que hacemos. Otro aspecto, sin duda vinculado a la pérdida de confianza, es que los procesos internos concluyan y que quien merece una sanción la reciba. El ejemplo más claro es el de lucha contra el acoso y el hostigamiento. Nuestra Universidad es pionera y ha sentado las bases que requerimos en el país para desterrar esos flagelos. Debemos reconocerlo sin titubeos ni medias tintas. Pero tenemos que fortalecer y mejorar los procesos internos, para evitar la impunidad, las triquiñuelas procesales o que la confidencialidad sea vulnerada y las denuncias sean rechazadas por algún vicio formal. No podemos olvidar que en estos casos está de por medio nuestro deber de salvaguardar la integridad y la dignidad de una persona de carne y hueso; por ello, las víctimas deben tener todas las condiciones para denunciar, y deben contar con el adecuado acompañamiento psicológico y jurídico que les asegure una reparación justa y de acuerdo a derecho. Ya hemos expresado nuestro firme compromiso de hacer esto posible tomando las medidas necesarias y asignando los recursos que lo hagan realidad en el corto plazo. Todo miembro de nuestra Universidad, sea estudiante, docente o trabajador, debe confiar en que, ante la vulneración de un derecho, sus autoridades reaccionan con prontitud y actúan adecuadamente en el marco de las normas vigentes.

Ya mencioné que cuando hablamos de la PUCP, hablamos de una universidad peruana. Precisamente, de la PUCP al Perú y del Perú a la PUCP, es el propósito de uno de los capítulos de nuestro programa de gobierno. Hay en él más que una simple ida y vuelta de palabras. Señala una responsabilidad y un deber institucional con nuestra cultura, con nuestra historia y con una sociedad en la que existe una inmensa cantidad de personas marginadas, anhelantes, que sobreviven con la esperanza de un mañana mejor. La PUCP debe responder y plantearse la tarea real —no retórica ni la enunciada para cumplir con el protocolo— de contribuir con el desarrollo de un país donde la justicia y la equidad sean el pan de cada día y no la excepción. Pero el mensaje que llevemos fuera del campus debe ser practicado en su interior. Debemos ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. De ello depende nuestra credibilidad. En el campo de la investigación aplicada, hay mucho que podemos aportar; también desde la educación intercultural, desde la ingeniería, desde el derecho y el arte. Queremos integrar proyectos y embarcarnos en una tarea que ponga nuestra investigación, nuestros saberes y competencias al servicio de los que más lo necesitan; y traer al campus experiencias, conocimientos, tradiciones culturales e ideas desde todos los rincones del país. Debemos peruanizar a la PUCP y hacer del Perú el espacio natural de nuestra Universidad. Recuerdo aquí a don Alberto Benavides de la Quintana y su impulso a la ingeniería de minas. Queremos que, a partir del mes de septiembre, la Red Peruana de Universidades sea el espacio que nos permita asegurar el vínculo y el intercambio que señalo.

En este sentido, creo firmemente que debemos reivindicar una educación universitaria inconforme y reflexiva, que agite la curiosidad y nos incite a descubrir quiénes somos y qué buscamos en una sociedad que necesita quererse más a sí misma2. Una educación que vincule la fe con la razón y que, sin perder rigor ni seriedad, aproveche al máximo la creatividad; que sea capaz de integrar las ciencias con las artes, de impulsar la innovación y la tecnología, y de aprovechar al máximo la inmensa energía creadora que nos trae diariamente a este campus y nos despierta el optimismo en quienes vemos los frutos de dedicar los mejores años de nuestras vidas a la enseñanza, la investigación y, por qué no, a ser estudiante dedicado.

En un hermoso texto sobre José María Arguedas, Gustavo Gutiérrez señala que decir memoria no es decir nostalgia. La nostalgia es una fijación al pasado; expresa una añoranza, no se proyecta al futuro, la nostalgia va de retro, diría un joven. La memoria, en cambio, actualiza el tiempo anterior y lo vierte en el hoy. La auténtica memoria empuja la historia hacia adelante. Me he detenido en esta cita ahora que llego al final porque quiero concluir asociando tres notas distintas con el inicio de este nuevo ciclo y la vida de nuestra Universidad. Lo haré a modo de agradecimiento. En primer lugar, quiero dar las gracias a los colegas que nos unimos meses atrás preocupados por el destino de nuestra Universidad. Me refiero a Alberto, Aldo, Alfredo, Julio, Claudia, Eduardo y Juan Carlos. Entre todos consensuamos ideas, apuestas y esperanzas que dieron pie a un grupo que luego, con poca creatividad, llamamos FuturoPUCP, y que en corto tiempo creció y unió a un significativo y precioso número de profesores, todos hermanados por el destino de nuestra Universidad. Semanas después, los ocho, más Reynaldo, Chery, Pati, Giselle, Ramzy, Fidel, Paco, Nani, Cristina, Edward, Verónica y Renata (otros se excusaron, era mal día, la noche de un viernes de abril), en un chifa, hicimos unas primarias que dieron como resultado los nombres que compitieron como la Lista 2 en las elecciones, es decir, los cuatro que integramos el nuevo Rectorado y que lo asumimos en representación del estupendo grupo humano que acabo de citar y de muchos otros colegas, amigos y estudiantes que se sumaron entusiastas a nuestras ideas y propuestas. Déjenme decir que la experiencia que les resumo nos permite mantener encendida la fe que tenemos en las personas buenas que hacen diariamente la PUCP, y que dan de sí, con honestidad, transparencia y una inmensa cuota de desprendimiento, en beneficio de todos. En segundo lugar, quiero expresar un especial agradecimiento a Efraín y a los directores académicos que lo acompañaron estos últimos siete meses (Rocío, Nadia, Pepe, Tesania, Janina y Pacho). Que una institución tan grande y compleja recaiga en los hombros de una persona es digno de aplauso y reconocimiento. Toda la PUCP te agradece, querido Efraín, el tesón, la entrega y la infinita paciencia con los que hiciste posible llegar al día de hoy. Y, por último, me permito una licencia personalísima a modo de declaración jurada previa a asumir el cargo: mi bien más preciado es mi familia. Tengo una esposa maravillosa y una adorable hija adolescente, a quienes debo absolutamente todo el aire, el corazón y la energía con los que me presento este día, y que me resultan imposibles de comprimir en palabras que digan todo lo que siento por ellas ahora que las veo en esta ceremonia.

Termino. Recordarán que Cisneros dijo que la universidad no es obra de una persona, sino de una comunidad de mujeres y hombres, con distinto empuje, con variado corazón, con ideas tal vez encontradas. Recordarán que Gustavo señaló que la auténtica memoria empuja el tiempo hacia adelante. Al terminar, les digo en voz alta que Luis Jaime y Gustavo tienen también en esto la razón.

Muchas gracias.

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