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Sobre medios y bullying

  • Susana Frisancho
    Docente del Departamento de Psicología

El bullying tiene que ver con las relaciones de poder en la sociedad, con el racismo, la intolerancia, la discriminación, la negación de la diversidad y las narrativas que se han generado sobre los lugares que ocupan las diferentes personas en el mundo

Se ha puesto de moda hablar del bullying. La verdad es que no se trata de un fenómeno nuevo sino de una palabra distinta para denominar algo ya conocido: el acoso, hostigamiento o intimidación escolar. El concepto nació con el nombre de mobbing, que es el término usado en los países nórdicos, y que luego se transformó en bullying en los países de habla inglesa. Pero más allá del nombre, bullying alude a una realidad que ha estado presente en las escuelas desde siempre.

Se llama bullying al acoso permanente y sistemático de un estudiante o un grupo de estudiantes a un compañero o grupo, lo que entraña siempre una asimetría de poder. Por supuesto, el bullying existe en las instituciones educativas, pero hay que recordar que no es solo propio de ellas: aunque se le llama distinto, también ocurre en contextos laborales, en las Fuerzas Armadas o en el ciberespacio, donde toma el nombre de cyberbullying. Dado que se trata de un fenómeno transcultural, este adquiere características distintivas según el contexto en el que ocurra.

En el Perú, los medios de comunicación tratan el tema a la ligera y, desde mi punto de vista, no contribuyen a que la población se informe y entienda de mejor manera el problema. Todo lo contrario. Para empezar, se ha desvirtuado el concepto pues se llama bullying a cualquier maltrato o acto de violencia, aunque este sea esporádico (por ejemplo, se han empezado a difundir noticias de maestros que hacen “bullying” a sus alumnos, cuando en realidad de lo que se trata es de maltrato escolar). Además, y esto es aún más preocupante, los medios refuerzan ideas erróneas del sentido común al presentar el bullying como un problema individual o psicológico de los estudiantes o de sus familias y, con esta creencias, proponen como “medidas” el castigo o el endurecimiento de la legislación.

En realidad, el bullying tiene que ver con las relaciones de poder en la sociedad, con el racismo, la intolerancia, la discriminación, la negación de la diversidad y las narrativas que se han generado sobre los lugares que ocupan las diferentes personas en el mundo; con el aprendizaje social (lo que ven los niños por la TV, por ejemplo) y con una serie de procesos internos de los propios individuos, tanto víctimas como perpetradores, que los limitan para predecir sus estados emocionales y los de la otra persona, desear ser personas justas y buenas o tener empatía con el sufrimiento ajeno. En este sentido, la mejor aproximación para esta problemática debería ser preventiva y apuntar a fortalecer todos aquellos factores que se sabe están en la base de un comportamiento justo, inclusivo, empático y saludable. La mano dura, las posturas de judicialización y penalización a los adolescentes o las leyes antibullying solo lograrán acrecentar el carácter ya autoritario de las instituciones educativas, lo que sería un efecto indeseado muy lamentable.

Harían bien los medios en cumplir una labor más pedagógica y difundir información veraz y científica sobre el tema (lo científico no está reñido con lo mediático) en lugar de reforzar estereotipos y falacias, y contribuir así a desinformar a las personas.

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