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Opinión

"Osvaldo Cattone hizo que miles de personas se aproximaran a las tablas"

  • Alex Huerta-Mercado
    Docente del Departamento de Ciencias Sociales

Si tuviera que hablarles de Osvaldo Cattone a mis alumnos les contaría que, cuando era lo suficientemente niño como para ir con mis padres y hermanos a una obra de teatro, quedé deslumbrado con el musical El diluvio que viene. Vi fascinado cómo el escenario giraba para cambiar de ambiente, se construía un barco frente a nosotros y se simulaba una inundación. Como si fuera poco, Dios aparecía en escena a través de un rayo de luz por el cual descendía una hermosa paloma amaestrada. La trama giraba en torno a un nuevo diluvio que un mensajero de Dios, el padre Silvestre, intentaba evitar, rompiendo esquemas sobre lo esperable de un sacerdote e intentando argumentar con Dios, sin perder la humildad ni la locura.

Eran épocas de violencia, apagones, paros y crisis económica que nos mantenían en vilo y ese espectáculo estaba ahí, diciéndonos que, apretujados, todos nos salvaríamos porque, como se cantaba en la obra, siempre hay “un nuevo sitio a disponer para un amigo más”. Ningún musical de los muchos que he visto, dentro y fuera del país, me ha dado esa impresión de niño, de ver esa magia que traslucía esfuerzo, especialmente por parte de Cattone, que dirigía, producía y hacía acrobacias en el escenario con esa pasión que tanto lo caracterizó.

Osvaldo Cattone hizo un teatro comercial y, como consecuencia, hizo que miles de personas se aproximaran a las tablas, que descubrieran el gusto tanto en la platea como en el escenario. Convirtió el viejo cine Marsano en una suerte de templo teatral donde se respiraba tradición y optimismo«.

Les contaría a mis alumnos que, una vez que ingresé a la Universidad, Cattone pasó a representar “lo popular” y eran frecuentes las críticas negativas hacia su perspectiva comercial del teatro, consistente en musicales deslumbrantes o comedias picarescas que no coincidían con los ideales que íbamos aprendiendo. Era cierto, Osvaldo Cattone hizo un teatro comercial y, como consecuencia, hizo que miles de personas se aproximaran a las tablas, que descubrieran el gusto tanto en la platea como en el escenario. Convirtió el viejo cine Marsano en una suerte de templo teatral donde se respiraba tradición y optimismo.

Una vez en la Universidad, fuimos casi por curiosidad a ver cómo Cattone llevaba a cabo El hombre de la Mancha. Lo volví a ver, esta vez en la piel de un Miguel de Cervantes preso, rodeado de convictos que pretendían arrebatarle una obra que está escribiendo. Cervantes los convence de narrarles el manuscrito e incluso los invita a que cada uno interprete un papel. Ante nuestros ojos, Cattone se convertía en El Quijote y, junto a los demás prisioneros, recreaba la historia del ingenioso hidalgo e iba discutiendo posibles finales. Creo que allí Cattone no estaba actuando, era un idealista que no creía en las causas perdidas, y un caballero que se había dado cuenta de que los gigantes eran solo molinos de viento y que podía arriesgarse a seguir poniendo obras e inventado el teatro para un gran público.

Creo que allí Cattone no estaba actuando, era un idealista que no creía en las causas perdidas, y un caballero que se había dado cuenta de que los gigantes eran solo molinos de viento y que podía arriesgarse a seguir poniendo obras e inventado el teatro para un gran público«.

Les contaría a mis estudiantes que de Osvaldo Cattone podríamos aprender que las cosas se hacen con mucho aplomo y, sobre todo, trabajo duro, que no puede ser reemplazado por la inspiración ni el talento.

Si tuviera que contarles algo más sobre Osvaldo Cattone, diría que recuerdo las críticas a las que él era sometido y que, en el fondo, eran un reconocimiento a su increíble alcance, su forma de querer llegar a un público más amplio. Diría que fue una gran inspiración tanto para sus detractores, que encontraron valiosos caminos alternativos, como para sus admiradores, que sabían que había razones de sobra para gozar de tanta popularidad y cariño.

Antes que el telón cierre en El hombre de la Mancha, Cervantes es llamado a declarar ante la peligrosa Inquisición española. Resignado, sube las escaleras despidiéndose de sus conmovidos compañeros de celda, quienes entonan la canción final como dándole voz al sentir del autor y al ideal del actor que lo interpretó, de corazón, Osvaldo Cattone:

“Y será este mundo mejor
porque no me rendí
en buscar mi sueño imposible”.

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