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Opinión

Luis Jaime

  • Dr. Carlos Garatea Grau
    Rector de la PUCP

*Texto publicado originalmente en Alerta Archivística PUCP Nº 221, p. 24

Nunca dejé de saludarlo por su cumpleaños. Muchas veces lo visité en su casa para darle el abrazo de rigor; en otras, cuando la distancia se interpuso, confié a una rápida llamada telefónica o a una carta el saludo que no podía dar en persona. Por esos años, el mail y el WhatsApp eran impensables. Las cartas eran a mano, lentas como un buque, y la llamada dependía muchas veces del humor de la telefonista. Pero tenían un encanto y una dimensión personal que tomaban un tiempo que la velocidad contemporánea nos ha quitado. Acompañado de cientos de recuerdos escribo hoy a pocos días del 28 de mayo en que Luis Jaime cumple cien años. Es una bonita manera de extenderle el abrazo que renueva mis afectos, y reitera la amistad y el agradecimiento eternos.

El cariño y el enorme afecto que llena su nombre, en momentos distintos y con personas distintas, son el mejor ejemplo de la huella que puede dejar un maestro en sus alumnos y discípulos. Es una manera sabia y hermosa de vencer el olvido. Es gratitud".

Desde enero del 2011 lo he recordado muchas veces con amigos y colegas. Con algunos de ellos bastan unos pocos minutos para que en algún momento irrumpa Luis Jaime en la conversación. Me sucede con frecuencia con Alonso Cueto, Mario Montalbetti y Pedro Guibovich. Con ellos avanzo la charla y aparece Luis Jaime con su ironía, con sus juegos verbales que descarrilan la sonrisa, con el dato erudito, la generosidad, la amistad y el infinito Aleph, una y otra vez, el Aleph. Para quienes tuvimos la suerte de oír su lectura del texto de Borges, fue asistir a una clase magistral. No exagero. En ella, cadencia, ritmo y voz adquirían la belleza que deslumbra la conciencia y enriquece de por vida el alma.

Luis Jaime Cisneros en su biblioteca con libros de fondo

No es sencillo escribir sobre Luis Jaime. Tiene muchas facetas, cientos de anécdotas, y se suceden con rapidez los ejemplos, las palabras y las imágenes que hacen de él un auténtico maestro. El cariño y el enorme afecto que llena su nombre, en momentos distintos y con personas distintas, son el mejor ejemplo de la huella que puede dejar un maestro en sus alumnos y discípulos. Es una manera sabia y hermosa de vencer el olvido. Es gratitud. Si Luis Jaime no se va, es porque lo hemos retenido con nosotros. Lo hacemos espontáneamente, lejos del acartonado protocolo. Lo hacemos esforzándonos para que las teclas de su máquina de escribir conserven la velocidad de un sonido ahora inexistente. Lo hacemos en señal de respeto y agradecimiento. Lo hacemos como homenaje al maestro.

Es responsabilidad de quienes nos dedicamos a la docencia y de quienes creemos con firmeza en formar personas íntegras mantener vivo el ejemplo y la orientación que nos dio Luis Jaime".

Luis Jaime puso siempre por delante su vocación docente. No fue el docente apresurado que vemos salir del aula con puntualidad suiza. Fue el profesor que entregó su tiempo y su erudición a sus alumnos. Sabía escuchar; sabía afilar las palabras; sabía cómo ayudar al estudiante a emprender con valentía el descubrimiento de su mundo interior y de su vocación. Ahora podría dar la impresión de que estamos ante un modelo lejano. La velocidad y la competencia actuales envuelven esta referencia en un mundo que parece haber concluido. No lo creo. Por el contrario, el ejemplo de Luis Jaime es hoy más importante que nunca. Debemos afirmarlo sin temor e insistir en ello con sencillez. No para
quedarnos en el plano declarativo, sino para inyectar la energía y la decisión que exige cumplir con la tarea. Es responsabilidad de quienes nos dedicamos a la docencia y de quienes creemos con firmeza en formar personas íntegras mantener vivo el ejemplo y la orientación que nos dio Luis Jaime.

De todas las lecciones que pueden enumerarse en torno a Luis Jaime quiero mencionar una antes de concluir. Con él no solo aprendimos qué era el signo lingüístico, ni quiénes fueron Saussure, Vossler o Amado Alonso. Luis Jaime también nos enseñó a no temer de los sentimientos ni de las emociones. Nos enseñó a vivirlos con intensidad y cordura, y a reconocer en ellos a la persona que somos. Gran lección. Mientras que otros frenan, tapan y se esfuerzan, en aras de la objetividad y el recato, en silenciar el hervidero de afectos que lleva un muchacho a donde vaya, Luis Jaime buscaba que cada uno se oiga, descubra y converse consigo mismo, sin temor y con la sinceridad que impone el silencio. Hay que sentirse y oírse. Hoy sé que en ello consiste el primer paso a la libertad.

Cuando decimos que nos sentimos orgullosos de nuestra Universidad expresamos nuestro reconocimiento y nuestra gratitud a profesores como Luis Jaime Cisneros. Si hoy somos una gran comunidad universitaria se debe a personalidades como él. Admitirlo y decirlo una y otra vez es mantener a Cisneros con nosotros; y es, sin duda, afirmar nuestra identidad institucional y, por qué no, es también ocasión para que cada uno de sus discípulos y amigos sienta la huella y oiga la voz que dejó en nuestro interior.

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Caridad Hamann

Emotivas palabras de un destacado alumno al Marstro

Elinor Quevedo Guevara

Me encantó este hermoso reconocimiento que enaltece al gran maestro y al que lo escribe. Cuando se deja huella, se deja una inspiración y una senda imborrables. Felicitaciones, Carlos Garatea, la gratitud es la memoria del corazón.

Cecilia Cisneros Hamann

Gracias, Carlos, muchas gracias por el gran cariño y amistad con mi padre. En casa, todos somos testigos de esas largas tardes de trabajo, tertulias y complicidad.