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Opinión

“La novela era el género privilegiado para dar cuenta de las transformaciones de la ciudad”

Cuando Peter Elmore empezó a trabajar este libro de ensayos, en el que analiza siete novelas peruanas y su relación con nuestra capital, pensó en historias que tratasen sobre un espacio físico. “En verdad, cuando hablamos de la ciudad, nos referimos a un tipo particular de experiencias a las cuales las novelas se incorporan”, nos dice ahora. La semana pasada, Elmore presentó la nueva edición de Los muros invisibles. Lima y la modernidad en la novela del siglo XX en el CCPUCP, que incluye un prólogo en el que analiza los cambios ocurridos desde su primera edición.

  • Peter Elmore
    Egresado de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas

¿Qué relación existe entre las novelas analizadas y la ciudad de Lima?

Las novelas no reproducen la ciudad ni repiten algo que les es externo, sino que se convierten en parte de la experiencia urbana. Eso es lo más significativo en el corpus que estudié: desde La casa de cartón y Duque, en los años 20, pasando por Yawar fiesta y El mundo es ancho y ajeno, hasta Los geniecillos dominicales, Conversación en la catedral y Un mundo para Julius. Uno de los puntos de partida de mi libro es un artículo que Julio Ramón Ribeyro publicó en 1953: “Lima, ciudad sin novela”. Y a pesar de que es inexacto que Lima no tuviera novela, no había una que fuera moderna, crítica y compleja sobre la experiencia limeña, salvo excepciones, como La casa de cartón o Duque. Ciertamente, las novelas indigenistas no tratan principalmente sobre Lima, sino que la sitúan en relación con el mundo rural, el vínculo campo-ciudad.

¿Cómo era Lima entonces?

Hasta el siglo XX, Lima pasó 250 años sin crecer. Pensamos en Lima como una ciudad que crece vertiginosamente, pero eso es algo relativamente moderno. Ese cambio del espacio, la trama urbana y la población, ocurre porque hay un proceso acelerado de modernización. Los vanguardistas y los realistas críticos sienten que ese cambio es lento, que Lima era una ciudad cansina, casi estática, pero al investigar me di cuenta de que su impaciencia era un efecto de que la ciudad sí estaba cambiando.

¿Por qué centrarse en novelas realistas?

La novela es de origen urbano, con gran cantidad de personajes y proliferación de voces. Como tal, era el género privilegiado para dar cuenta de las transformaciones de la ciudad y ofrecer modelos de lo que estaba sucediendo con la experiencia urbana en el Perú, entre los años veinte y setenta.

¿Hay una visión o inquietud compartida por los autores analizados?

Hay diferencias entre las décadas, pero lo que une a todos es un ánimo disidente. Ninguna de ellas es celebratoria. En años pasados se contextualizaba más las acciones en Lima como espacio concreto. Totalmente. En el nuevo prólogo menciono que La tía Julia y el escribidor es una novela poderosamente urbana: hay una descripción y representación muy rica del ambiente limeño de esos años, de la trama de relaciones sociales y la influencia de los medios de comunicación en la vida colectiva. Si se le compara con La disciplina de la vanidad, del 2000, ambas tratan sobre la vocación del escritor, pero lo que las diferencia es que, en una, Lima es un argumento central del mundo representado, mientras que en la otra, no.

¿Por dónde pasa esta despersonalización de la ciudad?

Tiene que ver con el cambio de lugar de la literatura en la sociedad peruana. Los novelistas sentían que esta (la ciudad) tenía un papel que cumplir para lograr entender al Perú en su complejidad. Eso cambia y en los novelistas de hoy ya no está presente.

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