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Opinión

Hierro de Madera

  • Raúl Gutiérrez
    Docente del Departamento de Humanidades de la PUCP.

Se hace posible concebir a Cristo como unidad de Dios y hombre

¿Es posible reflexionar filosóficamente sobre la Semana Santa? En principio, sí, pues la filosofía debería poder convertir cualquier objeto en tema de reflexión. Solo que en este caso se nos invita a reflexionar sobre un hierro de madera, sobre algo evidentemente contradictorio. Pues, en primer lugar, el Dios del cristianismo es un Dios que se ha hecho hombre. ¡Hierro de madera! Y, en segundo lugar, el acto fundacional del cristianismo, la prédica de Jesucristo, anuncia la eminente llegada del Reino de los Cielos, un reino de amor, paz y justicia. Anuncio este que no solo no se ha hecho realidad, sino que, en su lugar, el mismo Jesucristo, la encarnación perfecta de la justicia, fue injustamente condenado a muerte. ¡Otro hierro de madera! Pues, si Dios muestra su santidad por su justicia (Is 5,16), su plan de salvación no puede permitir que se imponga la injusticia. Aquí podría concluir mi reflexión, cuyo límite estaría dado por la constatación de dos flagrantes contradicciones. Más aún, a la muerte del hombre Jesús le sigue la resurrección, es decir, un muerto viviente, una contradicción más. Pero, finalmente, el giro decisivo, Jesús se presenta él mismo en medio de sus discípulos, no estos ante él, y les dice: “La paz” —el Reino de los Cielos—“sea con vosotros” (Jn 20, 11 ss.). Así se cumple lo que él mismo anunciaba, y, de ese modo, se da a conocer como sujeto agente del plan de salvación, él mismo, Dios. Es y aparece como absoluta Autorreflexión.

Jesucristo, Dios y hombre. Una contradicción. Filosóficamente se puede reflexionar sobre la condición de su posibilidad. Y la historia de la filosofía conoce un principio, la Unidad absolutamente simple, que, inaccesible en sí mismo al pensamiento, solo puede reconocerse como condición necesaria de toda multiplicidad, incluso del principio de no contradicción (Plotino, Enéada III 8. 9, 37 ss. y otros). Como tal, la Unidad no se rige por este principio, antes bien, todos los opuestos se resuelven en su infinita simplicidad. Siendo infinita —y no “algo” infinito—, no admite ningún opuesto a su lado, pues ya no sería realmente infinita. Así se hace posible concebir a Cristo como unidad de Dios y hombre. Y su vida y su muerte, la segunda contradicción, sirven de ejemplo y modelo para acceder a una presencia en ese Dios de la fe cristiana.

Cristo en la cruz muestra la reconciliación de los opuestos, la abolición de la oposición y su reducción a la diferencia. Es un símbolo de paz y amor. Y, sin embargo, la ideologización e instrumentalización de la religión es causa de innumerables conflictos. En contra de ello: “Hágase tu voluntad.” La suya infinita, no la mía finita. Cristo muestra una praxis por imitar. Su realización requiere del completo recogimiento de la propia voluntad, un ideal del amor también entre los hombres. La voluntad tiene esa posibilidad, no querer lo que quiere, no quererse incluso a sí misma, dejando así abierta la posibilidad de abrirse al otro y acogerlo en sí mismo. Lo que nos muestra Cristo es un ideal y una praxis común a todas las religiones, y posibilita la presencia en la Unidad misma como principio de religión en general, aun cuando cada religión entiende de diferente manera la relación de esa unidad con el mundo y construye así su propio principio. Ese es tema de la reflexión al interior de cada religión. En cambio, el ejercicio de esa praxis común —el recogimiento de la propia voluntad para superar la oposición conservando la diferencia— contribuiría a la paz y reconciliación entre todos los hombres.

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