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Opinión

Gaudeamus igitur

  • Luis Jaime Cisneros Vizquerra
    Profesor principal del Departamento de Humanidades

Estas palabras están pensadas para quienes acaban de ingresar en la universidad. Implican el inicio de un diálogo infinito. El diálogo es el arma esencial de un universitario. Los verdaderos arquitectos de una universidad somos los profesores y los estudiantes; y cuanto más estudiantes seamos los profesores, la universidad será más universidad. Porque la universidad es ambiente de constante intercomunicación, donde todos hacemos de la curiosidad el motor indispensable para abrir caminos y fortalecer la experiencia heredada de quienes nos precedieron. Esta es la aclaración más urgente que debemos precisar en el umbral de la vida universitaria.

Una segunda aclaración: el estudiante no es acá un receptor pasivo del conocimiento. Es un agente. Tiene que estar comprometido, desde la hora primera, con la tarea por realizar, y es responsable, junto con nosotros, de la implementación de las distintas estrategias de aprendizaje. No se trata de que avancemos por nuestro lado los profesores: la ciencia se reclama de enseñanza y aprendizaje simultánea y recíprocamente compartidos. Los muchachos no vienen a recibir instrucciones sino a recibir formación (es decir, experiencias de vida, modelos de actuación, propuestas y modos diversos de problematizar el conocimiento). Ése es el desideratum de la tarea por emprender. La universidad no impone el conocimiento, ni lo traslada de uno a otro individuo, sino que estimula la curiosidad y, al avivarla, va humanizando el aprendizaje y provocando el riesgo y la aventura del conocimiento. El conocimiento implica una aventura creadora. El conocimiento es revelador de nuestra facultad individual. Para almacenar información, no hay que venir a la universidad; basta con que compremos una computadora.

Desde hoy debemos aprender a adquirir (y a veces, sólo a perfeccionar) algunas costumbres. Acabamos de ingresar en un modus vivendi y en un modus agendi muy distintos a los de la vida escolar. A partir de ahora estaremos sumidos para siempre en una actividad de estudio y reflexión. Antes de graduarnos, después de graduados, durante toda la vida profesional, estaremos obligados a estudiar. La vida del universitario implica estudio, investigación y perfeccionamiento. Por eso debemos aprender a cultivar la dimensión interior y a descubrir el valor de nuestros anhelos y pasiones, de nuestros sentimientos y de nuestra esfera creadora. Las prácticas, la biblioteca, el debate en grupos de estudio, la duda y la confrontación (serena y apasionada) de nuestros juicios y de nuestras observaciones, la admisión del error propio y del acierto ajeno: todo ese conjunto de situaciones debemos esperarlos y recibirlos con el necesario entusiasmo y al ardor esperable porque servirán para revelarnos los secretos, las esperanzas, los premios secretos de la vida universitaria. Y así descubriremos que el trabajo universitario reclama una vida de esfuerzo personal y colectivo, de coparticipación en el empeño de buscar el conocimiento con alegría y con fe, sin que los esperables obstáculos enerven el ritmo impetuoso que a la juventud distingue y tonifica.

A esa vida de trabajo honesto y alegre los convocamos. A esa vida les decimos bienvenidos. Y entonamos el himno: Gaudeamus, igitur!

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