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Opinión

El resucitado es el crucificado

  • Edmundo Alarcón
    Director del Centro de Asesoría Pastoral Universitaria (CAPU)

Más de dos milenios han pasado desde el evento histórico de Jesús crucificado, de su vida entregada en fidelidad al Padre y al proyecto del Reino. Más de dos milenios desde aquella petición de perdón para quienes lo torturaban, más de dos milenios desde aquella muerte injusta, pero también más de dos milenios desde la resurrección de aquel crucificado, dato central y esencial de nuestra fe. Y es que la resurrección de Jesús expresa la victoria de la vida sobre la muerte, de la esperanza contra toda desesperanza, del amor sobre el odio.

[La pandemia] está dejando multitud de caídos y crucificados en el camino. Ellos son los que no tienen oxígeno, los que no tienen el alimento esencial, los que perdieron el trabajo, los que perdieron a un familiar".

Mirar al resucitado implica redirigir la mirada al crucificado, porque el resucitado es el crucificado y viceversa. Estos datos, uno histórico y otro de fe, son cruciales para entender la magnitud del misterio de fe que se nos ha revelado. El resucitado no se puede entender plenamente sin el crucificado, que murió así, crucificado injustamente, expoliado y despojado; porque vivió dando vida, esperanza, justicia y dignidad a los sufrientes de su tiempo.

Ilustración: Augusto Patiño

Mirar al crucificado exige volver nuestra atención al espíritu que animó su estilo de vida, su servicio al proyecto del Reino, su oferta de amor para todos, principalmente, para los pobres. Esta es la exigencia radical para el creyente: vivir al estilo de Jesús en todo tiempo y momento. Y, aunque cualquier tiempo es bueno para dirigir la mirada a Dios, esta Semana Santa es diferente, está marcada por el sufrimiento generalizado a causa de la pandemia, que ha puesto al mundo también en un largo “vía crucis”, y está dejando multitud de caídos, heridos y crucificados en el camino. Ellos son los que no tienen oxígeno para respirar, los que no pueden “quedarse en casa”, los que no tienen el alimento esencial, los que perdieron el trabajo, los que están en la calle, los pobres, los que perdieron a un familiar. Estos y tantos más son los crucificados de hoy.

Este tiempo nos ofrece la oportunidad de reconocer las huellas del Nazareno en los médicos, enfermeras, técnicos de salud, en policías, bomberos y personal de serenazgo; en la solidaridad de las ollas comunes".

Este tiempo nos ofrece también la oportunidad de reconocer las huellas y rasgos del Nazareno en los médicos, enfermeras, técnicos de salud que están en primera línea; en policías, bomberos y serenazgos que están en la calle; en la solidaridad de las ollas comunes, en las manos solidarias de las comunidades de fe que las proveen; en los maestros creativos; en proyectos de vida como Resucita Perú, Respira Perú, entre tantos otros. Es momento de redirigir nuestra mirada a todos ellos que, con sus manos, acciones y solicitud generosa, son los samaritanos de nuestro tiempo, que preocupados por los heridos del camino, aun a riesgo de sus vidas, están allí dando su tiempo y servicio.

Si tuviéramos que definir con una palabra este tiempo de Semana Santa, esa sería el amor. Amor solidario con los crucificados de la historia; amor eterno, tan divino y humano, como el que nos ofrece el resucitado de la historia".

Por eso, si tuviéramos que definir con una palabra este tiempo de Semana Santa, esa sería el amor. Amor incondicional, simple y llanamente; amor fraterno por la familia humana; amor que perdona, a pesar del dolor y de la traición del amigo; amor solidario con los crucificados de la historia; amor, en fin, eterno, tan divino y humano, como el que nos ofrece el resucitado de la historia.

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