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Opinión

José de la Riva Agüero: 75 años

  • Félix Reátegui
    Investigador y asesor del IDEHPUCP

El 25 de octubre se cumplieron 75 años desde el fallecimiento de José de la Riva Agüero. Es innegable que, en ese lapso, su presencia en el espacio intelectual peruano ha sido cada vez más tenue, a pesar de la evidente calidad intelectual y estética de sus escritos. Es necesario que esa obra sea releída y revalorada paulatinamente. Ello es aún más factible ahora que el Instituto Riva-Agüero casi ha terminado de editar sus obras completas.

El lugar de Riva Agüero en nuestra tradición intelectual está señalado sobre todo por tres libros. En Carácter de la Literatura del Perú Independiente, de 1905, abrió el camino a la lectura de la literatura como un proceso. La Historia en el Perú, su tesis de 1910, fundó la crítica de la escritura de la historia en el Perú. Los textos de Paisajes Peruanos, una soterrada y certera crítica liberal a la formación de la República, fueron redactados hacia 1912. Hablamos de tres libros cruciales escritos antes de cumplir los treinta años.

Más allá de resaltar esa temprana madurez, cabe preguntarse qué problemas centrales fueron planteados en esos escritos y por qué hay que contar con ellos todavía. Tiene especial significación el problema de la sociedad peruana como realidad escindida, no integrada, incluso como realidad parcialmente postiza. La mirada crítica que recorre esos tres primeros libros ha estado presente desde entonces en nuestro pensamiento social. La vertiente de las ciencias sociales la asimiló a través de Mariátegui y los indigenismos para teorizarla en términos de conflicto, tensión y heterogeneidad. La vertiente que tomaría la forma de filosofía social la pensaría, a través de Belaúnde, en términos de mestizaje o, en su versión más conservadora, de síntesis cultural comandada por el catolicismo. El problema de la integración del sistema social peruano es todavía un tema irresuelto y recurrente.

Otro aniversario viene a cuento. Hace un siglo se inició el Oncenio autoritario de Leguía. Fueron años de alejamiento para escritores de dos generaciones y no se ha escrito suficientemente sobre lo que ese periodo significó para nuestra tradición ideológica. En esos años, Mariátegui, un brillante analista cultural, se encuentra con el marxismo. Víctor Andrés Belaúnde, el inconformista de Meditaciones Peruanas, desarrolla una lectura doctrinaria y católica del país. Y en sus idas y venidas por Europa, Riva Agüero se acerca al fascismo y hace de la tradición el eje de su pensamiento político.

El tránsito ideológico de Riva Agüero siempre será un problema interesante porque dice tanto de él como del medio que lo rodeó. Ese tránsito habla, quizá, del invencible aislamiento del intelectual liberal en una sociedad plutocrática, una soledad que termina confinándolo en el silencio o la defección. Como fuere, al momento de su muerte, Riva Agüero dejaba tres libros fundamentales y una promesa latente. Lo que legó fueron numerosos opúsculos ensayos, discursos, conferencias, homenajes. Alguien podría decir que estos son solo fragmentos de una gran obra inacabada, la síntesis histórica que sus discípulos esperaban. Pero, entre esos fragmentos figuran algunos de los momentos más altos de la erudición y de la prosa en el Perú. No es poco. Es mucho, en realidad.

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