Opinión

José Agustín de la Puente Candamo (1922-2020) y la PUCP

Dr. José de la Puente Brunke

Dr. José de la Puente Brunke

Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas PUCP

Han pasado cuatro meses desde que el Dr. José Agustín de la Puente Candamo, querido profesor de nuestra casa de estudios, nos dejó. Su hijo, el Dr. José de la Puente Brunke, lo recuerda con un repaso de su vida y el estrecho vínculo que lo unió, desde la cuna, a nuestra Universidad.

Mi padre estuvo vinculado a la PUCP casi desde la cuna. Mis abuelos –José de la Puente Olavegoya y Virginia Candamo Álvarez Calderón– eran amigos del padre Jorge Dintilhac, fundador de la Universidad. Tan cercana era esa amistad que, cuando en 1939 murió, a los 18 años de edad, la única hermana de mi padre, el padre Jorge se desplazó diariamente desde Lima a la Magdalena Vieja para celebrar misa cada uno de los 30 días posteriores a su muerte.

Para mi padre, la PUCP no era un centro de trabajo: era su casa. Gozaba con sus avances, vibraba con todo lo que le ocurría y sufría cuando había problemas. Se le iluminaba la cara cuando decía que el Perú del siglo XX no podía entenderse sin la contribución de la Universidad».

Durante la secundaria, mi padre fue su alumno en el colegio de la Recoleta, en los cursos de Inglés y de Economía Política. Además, con sus compañeros de la Recoleta, solía asistir a algunas ceremonias de la Universidad, ya que prácticamente compartían local. Así, cuando ingresó a nuestra casa de estudios en 1940, estaba plenamente identificado con ella. Ha muerto exactamente 80 años después de su ingreso como alumno. Y fueron 68 sus años de profesor: desde 1947 hasta 2015. Tras su fallecimiento, ya no hay nadie en la PUCP que haya conocido y tratado cercanamente al P. Dintilhac.

Para mi padre, la PUCP no era un centro de trabajo: era su casa. Gozaba con sus avances, vibraba con todo lo que le ocurría y sufría cuando había problemas. Se le iluminaba la cara cuando decía que el Perú del siglo XX no podía entenderse sin la contribución de la PUCP. Y a la vez tenía siempre presente la preocupación apostólica que movió al padre Jorge en su fundación. Fue un hombre de profunda fe, inculcada originalmente por su madre y por sus dos tías religiosas: Teresa y María Candamo, fundadoras de las Canonesas de la Cruz.

Como docente, tuvo una clara predilección por los Estudios Generales. Auténtico maestro, gozaba hablando del pasado peruano, y transmitiendo amor por nuestro país a los chicos y chicas que acababan de ingresar a la PUCP».

Se esforzó por practicar las virtudes cristianas y muy en especial la caridad. Precisamente, su afán por vivir el amor al prójimo lo llevaba al frecuente uso de eufemismos como una forma delicada de no enturbiar la fama de los demás. Nunca habló mal de nadie, en actitud que lo honra, pero que a la vez –debo confesar– con frecuencia nos desesperaba a mis hermanos y a mí. Nos frustraba el que evitara contarnos historias “enjundiosas” sobre muchas personas conocidas, sobre todo cuando queríamos confirmar algún rumor malévolo o aclarar alguna duda surgida a partir de un chisme… Incluso cuando le decíamos que al haber muerto determinada persona ya podía contarnos algún chisme “sustancioso”, replicaba que “los muertos también tienen fama”. Por su discreción fue confidente de muchas personas. Nos decía que con frecuencia lo que las personas necesitaban no era una ayuda material, sino simplemente que alguien tuviera la paciencia de escucharlas. No exagero si afirmo que mi padre está entre quienes más secretos se han llevado a la tumba.

En su dimensión de gestor y de investigador, su gran amor en la PUCP fue el Instituto Riva-Agüero, que ayudó a fundar en 1947, y que dirigió durante muchos años. Allí formó y dirigió el Seminario de Historia desde la década de 1950 e introdujo a muchísimos estudiantes en la metodología de la investigación».

Como docente, tuvo una clara predilección por los Estudios Generales. Auténtico maestro, gozaba hablando del pasado peruano, y transmitiendo amor por nuestro país a los chicos y chicas que acababan de ingresar a la PUCP. Y en la casa gozábamos con él cuando al final de cada semestre recibía una carta del vicerrector académico felicitándolo por estar entre los profesores que habían obtenido los más altos puntajes en las encuestas. Recuerdo que cuando estaba por cumplir 90 años, varias personas le aconsejamos que, en razón de su edad, dictara solo un curso. Yo mismo le sugerí quedarse con su curso de Fuentes Históricas Peruanas en el pregrado de Historia, que tenía pocos alumnos. Pero él prefirió su curso de Estudios Generales.

En su dimensión de gestor y de investigador, su gran amor en la PUCP fue el Instituto Riva-Agüero, que ayudó a fundar en 1947, y que dirigió durante muchos años. Allí formó y dirigió el Seminario de Historia desde la década de 1950 e introdujo a muchísimos estudiantes en la metodología de la investigación. Mi padre solía decir que “los papeles se rompen solos”. En consecuencia, nos ha dejado un archivo personal interesantísimo, que incluye un muy amplio epistolario, con cartas que durante décadas intercambió con muchos de sus colegas y alumnos. En buena medida, allí está la historia del Instituto Riva-Agüero y de la propia PUCP.

En estas líneas no me he referido a su obra intelectual, sino sobre todo al ejemplo que dio con sus virtudes personales. En mi casa, estamos muy orgullosos de la huella fructífera que nuestro padre ha dejado como hombre de fe, amante del Perú, maestro de generaciones».

Los testimonios que sobre mi padre estamos recibiendo en estos meses insisten en que fue valorado sobre todo por su ejemplo de vida. Fue absolutamente coherente entre lo que pensaba, decía y hacía. Estuvo lejos de la frivolidad y de los devaneos de quienes gustan decir a cada uno lo que quiere escuchar. Por eso, en estas líneas, no me he referido a su obra intelectual, sino sobre todo al ejemplo que dio con sus virtudes personales. En mi casa, estamos muy orgullosos de la huella fructífera que nuestro padre ha dejado como hombre de fe, amante del Perú, maestro de generaciones.