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Noticia

Sobre el Concilio Vaticano II

Hace 50 años, se inició el Concilio Vaticano II (1962-1965), que transformó a la Iglesia Católica al adaptarla al mundo moderno. Este jueves 3 de mayo se realizó una conferencia, en Estudios Generales Letras. El evento organizado por el padre Klaiber y el decano de dicha unidad académica, Pablo Quintanilla, abordó cómo se planteó, en ese momento, la relación entre la Iglesia católica y la modernidad.

  • Texto:
    Carlos Franco

Un giro de 360 grados dio la Iglesia Católica el 25 de enero de 1959, cuando el papa Juan XXIII proclamó el aggiornamento o ‘puesta al día’ del cristianismo frente a los desafíos del mundo moderno. La celebración del Concilio Vaticano II tenía ese objetivo, y su anuncio removió los cimientos de la curia romana. “La decisión de convocar a concilio ecuménico tomó por sorpresa no solo a los cardenalesmás cercanos al Papa, sino a todo el mundo”, cuenta el padre Jeffrey Klaiber S.J., profesor principal del Departamento de Humanidades.

El Concilio Vaticano II es sinónimo de cambio, de renovación de fe, y de acercamiento e interrelación a las religiones no católicas. Romper con un esquema que la Iglesia había adoptado por años no fue fácil de asimilar para muchos obispos y cardenales provenientes del mismo Vaticano. “El cambio fue chocante”, acota el padre Klaiber. Y añade: “Hubo tensión en el Concilio porque muchos no querían cambiar; sin embargo, la mayoría votó a favor de los cambios. Uno de ellos tuvo relación directa con la celebración de la liturgia.

Hasta antes del Concilio Vaticano II, la misa se realizaba en latín; luego de este, el sacerdote pasó a estar frente al pueblo y hablar en el idioma de los creyentes presentes. Se estableció así porque la gente a veces no sabía qué hacer durante la misa. Fue un cambio sustancial”. Klaiber cuenta que el tema de la libertad religiosa fue otro de los cambios que se dieron en el Concilio Vaticano II. “Este es, más bien, de orden político. La Iglesia siempre había hablado de la libertad de la Iglesia católica, pero no de otros. Los sacerdotes estadounidenses, por ejemplo, decían que la libertad religiosa era muy buena: ‘Somos católicos en un país protestante y nos han tratado bien’. Esa premisa fue importante porque significó un cambio de mentalidad en la Iglesia católica, era parte de la nueva mentalidad de mirar a los no católicos como hermanos”, afirma.

El Concilio Vaticano II duró tres años, del 11 de octubre de 1962 al 8 de diciembre de 1965. Sus principales objetivos fueron promover el desarrollo de la fe católica, lograr una renovación moral de la vida cristiana de los fieles, adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de nuestro tiempo, y lograr una mejor interrelación con las demás religiones.

En la asamblea participaron 2,450 obispos de todo el mundo. De ese grueso, 300 eran de América Latina. Del Perú, el cardenal Juan Landázuri Ricketts también participó del Concilio, uno de los eventos históricos más importantes del siglo que pasó. “El impacto que tuvo el evento fue muy grande en todo el mundo católico. La gente pensaba que la Iglesia no podía cambiar y, de repente, cambió. Pero el impacto también fue grande entre los no católicos. Había un teólogo protestan te alemán que decía que finalmente, después de 400 años, tenemos un pastor en Roma. Los protestantes amaban a Juan XXIII, lo veían como un pastor universal”, sostiene Klaiber.

El Concilio Vaticano II fue el más grande realizado en cuanto a cantidad y catolicidad. Fue llamativa la asistencia de un gran número de obispos no europeos. Participaron también abades de grandes congregaciones, como franciscanos, conventuales y dominicanos. “Esto ayudó a que la Iglesia diera definiciones de sí misma, y trató de romper con los esquemas generalizados de una Iglesia jerarquizada y monárquica”, señala Klaiber.

El trabajo deliberativo entre los líderes de la Iglesia se dio a través de grandes sesiones. Otro factor clave del evento fue el protagonismo y la influencia que tuvo el Papa para su puesta en marcha. “La influencia de Juan XXIII fue enorme. De vez en cuando enviaba pequeños mensajes llamando a la gente a seguir dialogando. Por eso la mayoría sentía en el fondo que el Papa los apoyaba. No solamente eran sus ideas, sino también su personalidad. Cayó muy bien en el mundo”, cuenta Klaiber.

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