Opinión

El Cosmos de Neil deGrasse Tyson: redescubriendo nuestra capacidad de asombro

Mauricio Bustamante

Mauricio Bustamante

PhD en Física. Center for Cosmology and AstroParticle Physics, The Ohio State University.

Épica. Es la única forma de describir con justicia la crónica de la aventura del descubrimiento del Universo, nuestra ciencia. Penetrar en los secretos del Universo requiere que quien lo hace retenga la curiosidad y la capacidad de asombro que tenemos todos de niños, cuando el mundo es nuevo para nosotros y no sabemos aún qué causa precede a qué efecto. A medida que crecemos, nos volvemos complacientes, aceptando como ordinarios los fenómenos que nos rodean y, como producto del hábito, la repetición y la prolongada exposición a ellos, dejamos de preguntarnos por su fundamental naturaleza. La luz eléctrica, por ejemplo, rápidamente se reduce a simplemente aquello que sucede cuando accionamos un interruptor en la pared, manejamos carros y usamos la Internet sin preguntarnos sobre cómo funcionan, y hasta llegamos a olvidarnos de los puntos brillantes en el cielo nocturno y de lo maravillosamente extraño que es el fenómeno de la vida y de que, como parte de ella, existamos nosotros, seres con la capacidad de estudiarla y de cuestionarse a sí mismos.

La serie documental “Cosmos: una odisea espaciotemporal” es un intento por hacernos recordar nuestro lugar en el Universo como exploradores e inquisidores. Presentada por el conocido astrofísico y comunicador científico estadounidense Neil deGrasse Tyson y producida, entre otros, por Seth MacFarlane -el creador de las populares series animadas “Family Guy” y “American Dad” y de la película “Ted”- “Cosmos” consiste en trece episodios de alrededor de cuarenta minutos. Cual desfibrilador cardíaco, cada episodio es el equivalente a un shock eléctrico, cuidadosamente planeado en guión y acompañamiento musical para ser un instrumento que vuelva a despertar en nosotros el sentimiento de fascinación por el mundo. El “Cosmos” del 2014 de deGrasse Tyson es el heredero del documental homónimo emitido originalmente en 1980 y presentado por el igualmente famoso astrofísico, autor y divugador Carl Sagan, que muchos tuvimos oportunidad de ver en televisión local. De hecho, hacia el final del primer episodio del nuevo “Cosmos”, deGrasse Tyson relata cómo, siendo adolescente, un encuentro con Sagan determinó que más adelante se convirtiera en astrofísico.

¿Qué es lo que hace a “Cosmos” tan especial? Es cierto que las animaciones por computadora son impresionantes y que el contenido científico es preciso, tanto en exactitud como en el nivel de presentación empleado para hacerlo divulgativo. Pero lo que hace de “Cosmos” único entre los documentales científicos es que presenta a la ciencia como lo que es: una aventura esencialmente humana. A lo largo del documental descubrimos que los actores de esta historia muchas veces tuvieron que sobreponerse a la adversidad, la pobreza, la envidia profesional y la enfermedad para poder alumbrar su particular rincón del Universo.

En el siglo XVII, por ejemplo, Robert Hooke, director de la Royal Society de Londres, la sociedad científica más prestigiosa de la época, descubriría muchas de las leyes de la mecánica; los estudiantes de ciencia recordarán que la ley de Hooke describe la fuerza en un resorte. Como científico, fue brillante. Como persona, no lo fue tanto. Cuando un joven Isaac Newton, quizás uno de los más grandes genios científicos que ha producido la humanidad, presentó su ley de gravitación universal, que explicaba, entre muchos otros fenómenos, el movimiento de los planetas, Hooke trató de tomar crédito por su descubrimiento. Finalmente, Newton fue reconocido y ocupa merecidamente el puesto de Hooke, pero esto solo demuestra que la ciencia es una actividad humana. “Cosmos” presenta a los más grandes científicos -Edmond Halley, Robert Hooke, Isaac Newton, Michael Faraday, James Clerk Maxwell, entre otros- como personas reales y no solo como figuras históricas, cada uno con virtudes y debilidades. El documental no deja de lado también a otros, igualmente importantes, cuyos nombres la historia ha relegado en ocasiones a un segundo plano, como James Patterson, quien a mediados del siglo XX por primera vez determinó la edad de la Tierra (4500 millones de años) a través de la medición del contenido de hierro en meteoritos, y Cecilia Payne, quien descubrió, estudiando los espectros de luz de medio millón de estrellas clasificados, a mano, por Annie Jump Cannon, que las estrellas están compuestas principalmente de hidrógeno y helio. De las historias individuales emerge la realidad de la ciencia: un andamiaje en el que los nuevos descubrimientos se construyen sobre los previos; no por nada Newton dijo: “si he visto más lejos es porque me he parado en los hombros de gigantes”, refiriéndose a sus predecesores.

En una época en la que nos cuesta cada vez más reaccionar y sorprendernos, actitud tan típica en la generación meh, “Cosmos” intenta devolvernos a nuestras raíces como exploradores de lo que nos rodea. Después de todo, no debemos olvidar que somos esencialmente monos desnudos, conscientes de nuestra propia existencia y provistos de una curiosidad indómita, caminando sobre una esfera de agua y tierra que orbita un globo de hidrógeno en constante y furiosa combustión nuclear que se traslada a setenta mil kilómetros por hora inmerso en una colección de miles de millones de otras esferas luminosas que llamamos Vía Láctea. ¿Siguen pensando que esto no es algo por lo que asombrarse?