Opinión

Papa Francisco, pastor y profeta

Edmundo Alarcón

Edmundo Alarcón

Director del Centro de Asesoría Pastoral Universitaria (CAPU)

Al más puro estilo de los dos apóstoles, el papa Francisco se está encargando de recordarle a la Iglesia el rostro humano, materno y cercano que debe mantener».

La solemnidad de San Pedro y San Pablo es una celebración conjunta de estos dos apóstoles y mártires de la fe. La tradición los asocia a la Iglesia de Roma de la que son columna y fundamento, esta Iglesia nuestra que tiene más de dos mil años y hoy está magníficamente representada por el papa Francisco. En este día del papa, es necesario delinear algunos rasgos de su pontificado.

Del papa Francisco podemos decir, en primer lugar, que es el papa de todos, pero especialmente el de los pobres. Es verdad que sus predecesores han mostrado su preocupación por los más pobres y vulnerables, pero el papa Francisco es el más explícito en su cercanía con quienes sufren. Es ya bien conocida su frase “cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”. Por eso, al más puro estilo de los dos apóstoles, se está encargando de recordarle a la Iglesia el rostro humano, materno y cercano que debe vivir y mantener.

En él podemos descubrir aquella “parresia” (audacia del Espíritu) que caracterizó a los apóstoles de la primera hora. Esto nos empuja a decir que la suya es una “espiritualidad de los ojos abiertos”, porque sabe mirar la realidad con ojos de fe y por eso puede discernir e interpelar al grande y al pequeño, al poderoso y al débil, al propio y al extraño.

Esa clarividencia para decir lo justo en el momento preciso le viene de su capacidad de escuchar y mirar con sagacidad los tiempos que corren».

Testigo y profeta de nuestro tiempo, el papa Francisco, en cualquier foro -como Pablo en el areópago-, dice su palabra a tiempo y destiempo. En su preocupación por los pobres, esa audacia y valentía lo han llevado a denunciar con toda claridad esa economía “que mata”, ese mundo que ha puesto en el centro al “dios dinero”, esta humanidad de lo provisional que “descarta cosas y personas” porque no sirven a la lógica imperante. Nadie queda indiferente frente a su mensaje, sea por devoción, curiosidad, expectación o asombro.

En efecto, nadie queda indiferente frente a sus palabras, es un hacedor de frases sutiles, expresiones que calan y quedan clavadas en la memoria. Frases como “quiero que hagan lío”, “el corazón no se puede photoshopear”, “Jesús no quiere reporteros del Espíritu ni cristianos de fachada», “quien acaricia a los pobres toca la carne de Cristo”, “un poco de misericordia cambia el mundo, lo hace menos frío y más justo”. Esa clarividencia para decir lo justo en el momento preciso le viene de su capacidad de escuchar y mirar con sagacidad los tiempos que corren.

En este día del papa, especialmente, es necesario que toda la Iglesia eleve una plegaria por su salud, por su ministerio, y porque Dios le permita una larga vida pastoreando y guiando nuestra Iglesia».

Por eso, en este tiempo de pandemia, hemos sentido su cercanía y preocupación por la humanidad. Su voz resonó en medio de la plaza de San Pedro, clara, firme y segura. Nos ha alertado contra el riesgo de contagiarnos de «un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente”. Por eso, su llamado para reconocer que “es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad”. Y, frente al miedo que todos sentimos, su palabra ha sido reconfortante, esperanzadora y motivante: “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar”.

En este día del papa, especialmente, es necesario que toda la Iglesia eleve una plegaria por su salud, por su ministerio, y porque Dios le permita una larga vida pastoreando y guiando nuestra Iglesia. Reza por nosotros, papa Francisco, que nosotros rezamos por ti.