Arquitectura y artes, Publicaciones
Entrevista

“Me interesa la parte de la historia que no se escribe”

Conversamos con Gustavo von Bischoffshausen sobre su último libro Teatro Popular en Lima. Sainetes, zarzuelas y revistas (1890-1945), antes de su presentación en la Feria Internacional del Libro de Santiago (Chile).

Autor: Suny Sime|Fotos: Valeria Ramos
Gustavo von Bischoffshausen

Gustavo von Bischoffshausen

Bibliotecólogo PUCP

¿Cuáles fueron sus principales motivaciones para investigar sobre el teatro peruano de fines del XIX e inicios del XX?
Además de que siempre me gustó el teatro, tuve la oportunidad de trabajar la gran cantidad de material que el señor Guillermo Ugarte Chamorro, quien fue director del Teatro Universitario de San Marcos, recopiló durante 40 años. Cuando fui director de la Biblioteca España de las Artes (del Centro Cultural de San Marcos), la colección cambió de lugar. Pasó del local del Jirón Lampa (donde funciona el Teatro Universitario de San Marcos) a la Casona (Centro Cultural de San Marcos), donde yo trabajaba. A partir de ese momento, me encargué de clasificarla e ingresarla a la biblioteca, que era el sitio más idóneo. Mientras llevaba la maestría en Historia en San Marcos, me di cuenta de que ahí había un material que muy poco se había tratado en la historiografía del teatro peruano.

Pero en su libro se centra en el popular, ¿por qué?
Me interesa la parte de la historia que no se escribe. Es un teatro que prácticamente desapareció y volvió a surgir en los 70, con los café-teatros, y posteriormente, con “Los chistosos” de la radio. Me interesa la subalternidad, los que no tienen voz. Muchas de las obras de este teatro eran muy sencillas o simplemente se perdieron. Ya nadie las escenifica, porque tenían un significado y carga de humor solo en ese momento, pero eso también es historia. Tuvieron una repercusión muy grande en su tiempo. Había mucha gente que iba. Es importante ver la historia cotidiana de Lima, la historia del pueblo. No solo la historia de lo escrito, del teatro culto, de las óperas, sino de este teatro que es efímero.

Además, usted menciona que estas manifestaciones son el reflejo de una sociedad. Dice: “Cada sistema teatral nace de una sociedad concreta y a ella se dirige”. ¿De qué Lima hablamos?
A inicios del siglo pasado, el Perú de Pardo y Leguía era una república aristocrática. Ahí hay unos valores hegemónicos que priman en el tipo de público, sus actividades y gustos. Allí se puede hacer una diferenciación entre teatro culto y teatro popular, sin ningún tipo de valoración a priori. Simplemente cada uno tiene su público y una explicación de por qué la gente lo prefiere y se ríe. Esto viene del teatro griego: las tragedias y las comedias. Y acá hay una preponderancia del teatro de comedia, de las cosas cotidianas, que tienen que ver más con la burla. Nos ha gustado mucho siempre ese teatro. Los grandes dramaturgos de finales del XIX y el XX son comediantes. Y dentro de la comedia costumbrista, destacan Segura y Yerovi.

En el libro, usted menciona que una de las razones principales por la que el género popular fue desapareciendo, fue la institucionalización del teatro. ¿Qué otros factores influyeron?
Bueno, cambian los gustos. También influyó la aparición del cine. Este teatro tenía cierto tipo de actores que se formaban en escena. O sea que si la gente aplaudía un montón a un actor, se quedaba. Y era un teatro estereotipado. Sus obras se basaban en problemas cotidianos, acompañados de un poco de música, cosas graciosas, un final feliz y nada más. Así, estos actores fueron desapareciendo. En 1945, con el gobierno de Bustamante y Rivero, se institucionalizó el teatro. El Estado implementó una política teatral que incluía la creación de una Compañía Nacional de Comedias, una compañía de gente contratada de manera permanente para hacer temporadas anuales de teatro. También se creó la Escuela Nacional de Arte Escénico (ENAE), dedicada a la formación e investigación; y un Consejo Nacional del Teatro. Eso funcionó hasta 1958. Por falta de presupuesto e interés, se disolvió. Y las promociones de actores y actrices que se educaron empezaron a escenificar obras clásicas y modernas, como las de Shakespeare o Beckett.

Y sobre la exposición que va a presentar el próximo año y nace de esta colección. ¿De qué trata? ¿Qué podremos encontrar en ella?
Guillermo Ugarte Chamorro fue el que coleccionó este archivo cuando era director del Teatro Universitario de San Marcos. Antes había sido director de la Escuela Nacional de Arte Escénico (ENAE). La colección está compuesta por acuarelas, fotos, diapositivas, carteles, programas de mano, libretos, volantes, folletos, manuscritos tipeados, registros sonoros, recortes, revistas y libros. Cuando llegó de Jirón Lampa, estaba todo en cajas. Entonces, comenzamos a ordenar el material con un equipo de bibliotecólogos. Hicimos un trabajo de puesta en valor. Ahí me di cuenta de que tenía que hacer una investigación. Durante diez años más o menos he ordenado todo el archivo. Y el año pasado se presentó la oportunidad de participar en la Convocatoria Infoartes, del Ministerio de Cultura. Esto me empujó a sistematizar el estudio del sistema teatral y utilizar un enfoque metodológico que me permitiera un acercamiento a la historiografía del teatro. Además, ganar este concurso me permitió ver que, a partir de lo sistematizado, esta colección se podía mostrar en una exposición.

¿De cuántas piezas consta esta exposición?
Son carteles en su mayoría. Hemos escogido unos 80 carteles de teatro de los 1400 que son en total. También vamos a trabajar con acuarelas de, por ejemplo, Fernando De Szyszlo, Juan Manuel Ugarte Eléspuru o Santiago Ontañón. Con estas acuarelas, se hacía el vestuario de las obras. También habrá fotos de las puestas en escena, programas de mano, folletos, cancioneros y recortes de periódico. Esta va a ser una exposición interactiva, de bastante contacto con la gente. La idea es que las personas se vean reflejadas de manera individual y como país. Y acá hay que hablar de la importancia de los archivos en la recuperación de nuestra historia. La importancia de trabajarlos, de respetarlos como espacio de investigación y de invertir en ellos. Si Ugarte Chamorro no hubiera guardado todo este material, después habría sido desechado, se habría perdido.