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Tacna y Arica: 130 años después

Tacna y Arica representan, en la memoria de los peruanos, las gestas patrióticas más relevantes, las que más recrean los imaginarios del heroísmo y coraje del sujeto colectivo nacional. Ciertamente, la exaltación de mártires y de batallas memorables es esencial en la narración histórica de toda nación moderna.

  • Mag. Daniel Parodi Revoredo

A Tacna, sin embargo, no se le recuerda tanto por su batalla. Tal parece que el esfuerzo de 25 mil hombres que se enfrentaron a cañonazos, balazos y bayonetazos en el Campo de la Alianza, el 26 de mayo de 1880, no fue suficiente para instalar imágenes claras de aquel combate en la posteridad.

A Tacna se le recuerda más por lo que ocurrió después, por sus 49 años de cautiverio, por la resistencia activa y pasiva de su población civil, por el heroísmo de sus mujeres. A Tacna elegimos recordarla por sus efemérides victoriosas: por el «enésimo» año de su reincorporación al Perú.

Arica, en cambio, es la batalla modélica de la Guerra del 79, es la batalla de los héroes gloriosos, de aquellos que alcanzan las palmas del martirio. Arica nos deja frases para la posteridad, así como la pintura del viejo coronel resistente y el idealismo del joven mártir acaudalado. Los héroes de Arica son los que más se asemejan a los héroes clásicos, como a los trescientos de las Termópilas que prefirieron la gloria eterna a los años que les quedaban por vivir.

La paradoja de todo aquello es que la recordación de las dos cautivas está signada por el destino que a cada una le tocó en suerte. Pareciera que en el inconciente colectivo nacional –o en la lucubración de algún político– el tratado de 1929 hubiese determinado no solo de qué manera recordar a Tacna y Arica, sino también de qué manera olvidarlas.

Es así como en la percepción corriente nacional, a la batalla de Arica se le recuerda más que a la de Tacna, cuando en esta última se decidió la campaña terrestre de la Guerra del 79. Ciertamente, la batalla de Tacna –o del Campo de la Alianza– enfrentó a las principales divisiones de los ejércitos de los tres países implicados en el conflicto, y fue el mayor enfrentamiento militar a lo largo de toda la conflagración.

Al contrario, poco se ha investigado y difundido acerca de los esfuerzos resistentes que realizó la población ariqueña entre 1880 y 1929, e incluso después. En general, sabemos de los tarapaqueños repatriados por Leguía en la década de 1920. Sin embargo, parece que cuando se trata de Arica, preferimos que Bolognesi queme eternamente su último cartucho y que Alfonso Ugarte salte a la gloria por toda la eternidad.

Como hemos podido observar, el dilema entre la memoria y olvido influye en la manera como nos representamos el pasado nacional. Por un lado, es claro que nuestros héroes son personajes entrañables que ameritan nuestra recordación. Por el otro, parece impostergable la difusión de nuevas interpretaciones de la Guerra del 79 que posibilite la discusión de antiguas posturas, así como la revisión de los postulados tradicionales de la historia oficial.

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