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Opinión

Desinventando y reinventando la diversidad lingüística y cultural

  • Foto en blanco y negro de la profesora Virginia Zavala
  • Virginia Zavala
    Docente del Departamento de Humanidades

La diversidad cultural y lingüística siempre ha incomodado al discurso oficial y a los sectores dominantes en el país. Desde el inicio de la República, la diversidad jamás se contempló como un recurso que podía enriquecer el funcionamiento de la nación, sino como un problema que había que «solucionar» a veces de la peor manera. Más aún, por lo general, las políticas a favor de la diversidad cultural y lingüística se han presentado como un conjunto de iniciativas aisladas que han revelado la falta de una visión democrática, de un verdadero compromiso republicano y de un proyecto político a largo plazo. Luego de doscientos años de vida republicana, lo que ciertamente ha atravesado la historia última es la inercia y la absoluta incapacidad de casi todos los gobiernos para generar cambios sustanciales.

En la práctica, las principales dinámicas siguen excluyendo a sectores de hablantes de lenguas originarias y a aquellos grupos con proyectos vitales (ecológicos) situados al margen del extractivismo".

Como se ha repetido muchas veces, el Perú independiente reprodujo muchas prácticas coloniales que siguen estructurando el funcionamiento del país hasta el día de hoy1. El proyecto liberal del siglo XIX se construyó sobre un nacionalismo criollo que intentaba moldear la identidad nacional sobre la base de los intereses de una minoría dominante y que no incorporaba a amplios sectores del país. Desde principios del siglo XX, el llamado «impulso educativo» tuvo como objetivo convertir al indígena en un ciudadano que hablara español y que asumiera los valores occidentales. Esta opción por «integrar» a la población indígena apostó por la aculturación y el «blanqueamiento» de las poblaciones originarias y se enmarcó en una visión fundamentalmente occidentalizante2.

2021. Las elecciones y el bicentenario

Este es uno de los 32 artículos de especialistas PUCP que incluye el libro 2021. Las elecciones y el bicentenario. ¿Oportunidades desperdiciadas o aprovechadas?, editado por el Dr. Martín Tanaka, director de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas PUCP, y publicado por el Fondo Editorial de la PUCP.

REVISA AQUÍ un extracto de estos artículos o descarga la publicación completa.

Solo la dictadura de Juan Velasco Alvarado interrumpe este relato y se constituye como un verdadero intento por construir políticas a favor de la diversidad cultural y lingüística. Por primera vez, la apuesta por la diversidad cultural y lingüística no solo supuso un reconocimiento de los grupos históricamente marginados, sino una serie de transformaciones socioeconómicas a su favor. A diferencia del frívolo multiculturalismo actual, en ese entonces, pensar la diversidad implicaba actuar a favor de una justicia social y económica: la oficialización del quechua se sostendría en la reforma agraria y otras políticas socioeconómicas. Sin embargo, como sabemos, la cultura militar que caracterizaba al gobierno terminó imponiéndose y trayendo consigo múltiples contradicciones, y prácticas tutelares y autoritarias.

Las pocas políticas que existen se enmarcan en un multiculturalismo celebratorio funcional a la nueva economía globalizada y a la formación de una subjetividad neoliberal emprendedora".

Hoy, el discurso oficial del país fomenta una visión favorable a la diversidad cultural y lingüística, pero lo hace desde una perspectiva funcional y despolitizada, y a partir de un claro modelo de desarrollo neoliberal. Hoy, la diversidad no sirve para cuestionar el modelo hegemónico de desarrollo, para subvertir las relaciones de poder inequitativas o para apuntar a cambios estructurales en las relaciones económicas. Se trata de un discurso que ya no busca «la integración nacional» desde una ideología asimilacionista y aculturadora; sin embargo, en la práctica, las principales dinámicas siguen excluyendo a sectores de hablantes de lenguas originarias y a aquellos grupos con proyectos vitales (ecológicos) situados al margen del extractivismo. Es cierto que ahora contamos con un Ministerio de Cultura, con una Dirección de Lenguas Indígenas y con un frondoso marco legal favorable a la diversidad, pero también constatamos que las pocas políticas que existen se enmarcan en un multiculturalismo celebratorio funcional a la nueva economía globalizada y a la formación de una subjetividad neoliberal emprendedora. Esta forma de entender la diversidad (como simple y pura «marca país») no ofrece verdaderos cambios y algunos la interpretan como una nueva forma de colonialidad3.

La educación intercultural bilingüe (EIB) no ha dejado de concebirse como una simple «compensación» o un remedio frente a un supuesto «problema» que tienen los niños y niñas vernáculo hablantes de zonas rurales".

En todo caso, el Estado ha pasado de rechazar la diversidad durante décadas a «aceptarla» meramente en el plano declarativo y a no querer llevarla a la práctica como un verdadero proyecto de reinvención de la nación4. El manejo de la diversidad lingüística en la educación pública constituye un claro ejemplo de la falta de voluntad política. A pesar de que hay marcos legales e iniciativas favorables a que esta diversidad se trabaje en todos los niveles educativos y se vea como un recurso o una riqueza, la educación intercultural bilingüe (EIB) no ha dejado de concebirse como una simple «compensación» o un remedio frente a un supuesto «problema» que tienen los niños y niñas vernáculo hablantes de zonas rurales. Desde ese paradigma, la educación intercultural bilingüe no se ve como necesaria en escuelas de zonas urbanas y en niveles educativos que vayan más allá de la primaria, a pesar de que los hablantes de lenguas originarias con diversas trayectorias de bilingüismo están por todo el Perú.

Por su parte, las políticas del Ministerio de Cultura que buscan fomentar el uso de las lenguas originarias en espacios públicos se han alineado con la perspectiva compensatoria y tutelar del Ministerio de Educación. Así, por ejemplo, el fuerte trabajo con funcionarios públicos de zonas quechua hablantes es lamentablemente entendido, por muchos funcionarios, desde esta misma lógica: hablar quechua en las entidades del Estado es importante pero solo para atender a los campesinos que viven en las alturas y no saben castellano. Hasta el programa estatal de TV en quechua Ñuqanchik, que fue lanzado al aire en 2016 y está cumpliendo un rol fundamental, funciona siguiendo el mismo tipo de razonamiento correctivo, al proponerse incorporar a todos los peruanos que todavía no hablan castellano. El intento por adelantar el programa a las cuatro de la mañana es precisamente una muestra de esta ideología. Una política para el uso de las lenguas originarias en espacios públicos debe distanciarse de este paradigma que las asocia con espacios rurales y conceptualiza a sus hablantes desde un discurso de la carencia.

Las políticas educativas y culturales existentes sustraen de sí mismas toda reflexión sobre las relaciones de poder en la sociedad y han optado por un enfoque decorativo y a veces mercantilizado".

El gran problema es que, en el discurso oficial, el significante de «diversidad» no se concibe articulado al de justicia social, desigualdad, racismo, discriminación o construcción de ciudadanía. Más aún, la falta de precisión sobre los conceptos de «cultura» e «identidad», en los que se sustentan los de interculturalidad y educación intercultural, ha traído consigo que muchas de las intervenciones desarrolladas por el Estado se basen en enfoques estáticos de la cultura, que la desvinculan de las otras dimensiones de la vida social. Esto suele generar tensiones y ambigüedades en las políticas, que celebran la diversidad pero no se preguntan por la discriminación y —menos aún— por la redistribución socioeconómica. Las políticas educativas y culturales existentes sustraen de sí mismas toda reflexión sobre las relaciones de poder en la sociedad y han optado por un enfoque decorativo y a veces mercantilizado.

No sirve defender la lengua si no se hace nada para revertir la situación de opresión y de marginalidad de sus hablantes".

Sin embargo, frente a las prácticas del Estado y de un mercado que siempre termina por imponerse, existen múltiples colectivos de la sociedad civil que desarrollan iniciativas alternativas para promover la diversidad lingüística (y cultural) desde otros paradigmas y en el marco de negociaciones incansables con el Estado y el mercado. Así, por ejemplo, el colectivo de jóvenes «Quechua para Todos» viene enseñando la lengua originaria en múltiples espacios de la ciudad de Lima (como la Biblioteca Nacional y algunas municipalidades), con una acogida inmensa y a partir de representaciones más incluyentes del quechua y de lo quechua. Otros jóvenes difusores de la lengua originaria (a través de la música, de las nuevas tecnologías y también de la enseñanza) están insertando la lucha por el quechua al interior de muchas otras luchas contra la desigualdad (como el racismo, el daño al medio ambiente, el machismo o las políticas económicas del sistema neoliberal), lo que evidencia que no sirve defender la lengua si no se hace nada para revertir la situación de opresión y de marginalidad de sus hablantes5.

El reto de hoy consiste en volver a «inventar» la nación (y lo que entendemos por «diversidad») desde un paradigma que garantice, no la celebración banal, no el respeto mercantilizado, sino la igualdad de condiciones para todos los peruanos".

Es lamentable que, en lugar de recoger estas prácticas e integrarlas en políticas sostenibles, el Estado las tienda a instrumentalizar desde lógicas despolitizadas, como parte de un sistema económico que lo absorbe todo para convertirlo en un simple simulacro o en una simple imagen decorativa. Luego de doscientos años de vida republicana, seguimos necesitando políticas educativas y culturales que busquen la formación de ciudadanos que no solo puedan «reconocer» y «valorar» la diversidad, sino que tengan capacidades para proponer y crear nuevos estilos de vida, nuevos modelos económicos, nuevas formas de consumo responsable, mucho más capaces de compatibilizar el interés particular con el bien común. El reto de hoy consiste en volver a «inventar» la nación (y lo que entendemos por «diversidad») desde un paradigma que garantice, no la celebración banal, no el respeto mercantilizado, sino la igualdad de condiciones para todos los peruanos.

  1. Cotler, Julio (1978). Clases, Estado y nación en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
  2. Portocarrero, Gonzalo (1992). Educación e identidad nacional: de la propuesta etnocida al nacionalismo andino. Debates en Sociología, 17, 9-29.
  3. Cánepa, Gisela & Félix Lossio (eds.) (2019). La nación celebrada: marca país y ciudadanías en disputa. Lima: Fondo Editorial de la Universidad del Pacífico.
  4. Degregori, Carlos Iván & Ludwig Huber (2007). Cultura, poder y desarrollo rural. Lima: SEPIA.
  5. Zavala, Virginia (2020). Juventud, activismo y repolitización del quechua en el siglo XXI. En Patricia Oliart (ed.), Pedagogías de la disidencia en América Latina (pp. 89-124). Lima: La Siniestra Ensayos.

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Rodolfo Marcial

Perfectamente de acuerdo con la crítica del enfoque puramente decorativo,exotista y mercantilizado de nuestras políticas de EBI, instrumentado por los ministerios de Educación y Cultura!