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Construyendo el espacio público

Salir a la calle y conquistar los espacios públicos es casi una necesidad para una sociedad que quiere construir ciudadanía. ¿Lima es una ciudad encaminada a promover y revalorizar la construcción de estos lugares de encuentro y vida urbana?

Autor: Akira Maeshiro | Fotos: Alonso Chero

El crecimiento desmesurado de Lima parece haber olvidado al ciudadano: calles enrejadas, playas que ceden terreno a negocios, parques convertidos en atracciones temáticas y áreas verdes que se van reduciendo ante la violenta arremetida del boom inmobiliario. El espacio público asoma como un valor que se va perdiendo con el tiempo. ¿Estamos sucumbiendo a esa tendencia autoritaria de lo privado?

“Un espacio público es aquel espacio urbano en el que los ciudadanos desarrollan actividades que fomentan el valor de lo público, entendido como una apuesta por los fundamentos básicos de lo que llamamos sociedad moderna: democracia, fraternidad, libertad, igualdad, tolerancia y convivencia ciudadana plena”, señala el Dr. Wiley Ludeña, docente del Departamento de Arquitectura.

Modelo de ciudad

El Parque de la Exposición y el de la Reserva, el Campo de Marte y las grandes avenidas –como Grau, Brasil, Alfonso Ugarte y Paseo Colón– forman parte de un gran modelo de ciudad de grandes calles, bulevares, veredas anchas para el paseo urbano, parques públicos enormes y una serie de espacios que, según Ludeña, “teatralizan la vida urbana y el pasante urbano se convierte en el personaje fundamental de la gran metrópolis”.

Para el docente, esa tendencia no se ha vuelto a repetir nunca más en Lima después de la década de los 50. “Cuando he argumentado ese tipo de información, me dicen: ‘¿y los parques zonales?’ Esos son parques deportivos para una actividad recreativa masiva, no son espacios cívicos donde la gente pueda ir, convivir, sentarse y mirar el paisaje. No son esos espacios públicos donde la gente da rienda suelta a este desafío humano de construir ciudadanía en conjunto”, comenta.

Además, para Ludeña, las veredas son una señal fundamental para entender cuán civilizados somos como ciudad y, en ese sentido, el escenario que muestra Lima no es nada alentador. “Cuando vemos avenidas como Benavides o la Marina, construidas entre los últimos 30 o 40 años, con veredas para caminar en fila india, estamos hablando de un proceso de degradación de los espacios públicos”, comenta.

“Ciudades sin espacios públicos son ciudades premodernas”, sentencia el docente. Es allí donde asoma la autocracia, donde las necesidades
y los derechos de los habitantes quedan suprimidos. “La ciudad se convierte en una prolongación de los intereses privados de las autoridades, una chacra personal de sujetos que lo único que hacen es demostrar una suerte de despotismo sobre cómo manejar la ciudad, y los habitantes son seres subordinados a esta lógica”, dice.

Para el Dr. Pablo Vega-Centeno, docente del Departamento de Arquitectura y miembro del Observatorio Ciudadano Lima Cómo Vamos, en Lima también hay un problema de concepción de los espacios públicos. “Hay una tendencia a asociarlos con espacios recreativos. Toda la política se ha centrado en el tratamiento de parques y algunas plazas emblemáticas, pero el principal espacio público en la ciudad son las calles, donde transitamos y nos encontramos. Es allí donde es importante evaluar qué pasa en la ciudad, ese es el excelente indicador que nos va a mostrar la calidad de nuestra ciudad”, señala. Y agrega que, en la experiencia cotidiana, la calle no la sentimos nuestra. “Sentimos que somos marginales, por eso es que es tan normal, para muchos habitantes, tirar basura en la calle porque, finalmente, no es nuestra”, señala.

Calles de movimiento

Calles que se cierran e impiden el tránsito libre y parques restringidos al uso exclusivo de los vecinos que lo rodean. Las rejas y las trancas se han convertido en esos elementos que materializan nuestra desconfianza y el sentirnos amenazados por el otro. “Es un tema delicado porque, en términos de socialización, ¿cómo aprendemos a convivir? Si pierdo oportunidades de encontrarme con extraños, pierdo la oportunidad de comprometerme con otras personas según las normas. Termina todo centrado solo en mis intereses personales y familiares. Todos se vuelven tribus de propietarios de terrenos y enclaves. La única posibilidad de integrarnos como ciudad y sociedad es tener los espacios de encuentro que han definido a la ciudad”, señala Vega-Centeno.

Por su parte, Ludeña indica que, en Lima, también hay algunos buenos ejemplos que contradicen esa tendencia de límites que se viene extendiendo y a la que nos estamos acostumbrando. “Tener edificios multifamiliares con un primer piso comercial, que enriquece la vida urbana y le da sentido a la vereda, hace más divertida su relación con la ciudad y, aunque parezca paradójico, en ese tipo de soluciones, hay menos delitos que en el caso de los condominios amurallados”, asegura. Romper el paradigma que divide al residente del visitante es uno de los desafíos que tiene que afrontar la sociedad.

Sentarse en el parque a ver una película, la existencia de bioferias, las presentaciones artísticas al aire libre. En varios distritos de Lima están apareciendo diferentes iniciativas que buscan valorar el espacio público como lugares de encuentro. “Hay una política de animar a la gente a que salga porque estamos en una situación absurda donde todo se ha replegado al hogar y las empresas inmobiliarias tienen como slogan: ‘Disfruta sin salir de casa’. Lo importante es alentar a la gente para que sepa que lo interesante está afuera”, señala Vega-Centeno, quien indica que estas iniciativas interesantes se necesitan integrar a otras políticas que, por ahora, parecen lejanas.

Quizá sea allí donde tendría que empezar a prevalecer el concepto de movilidad sostenible, que estructure la ciudad a través de una visión de proximidad de diferentes actividades para sus habitantes. “Al articular la ciudad caminando, recuperamos animación hacia las calles y el espacio público gana fuerza. Y no solo se trata de que la gente vaya y venga, sino también de que haya diálogo con actividades comerciales y con diferentes expresiones culturales que pueden darse en el espacio”, comenta Vega-Centeno.

Para Ludeña, el espacio público, en una pequeña o gran escala, desde un jardín urbano hasta un parque, demuestra cuán desarrollada y civilizada es una sociedad. “La ciudad es una extraordinaria escuela de convivencia múltiple y diversa. Aquellas sociedades que no pueden manejar este tipo de desafío social no están entrenadas en las lógicas de la modernidad”, sentencia. Animar a la gente a que salga a la calle y la conquiste es todavía una respuesta democrática pendiente.

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