Arquitectura y artes
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Natalia Iguiñiz: ser individual, ser social

La artista, egresada de nuestra Universidad, pasó de pintarse a sí misma a retratar las vivencias que les pasan a todos. Su retrospectiva "Energías sociales/Fuerzas vitales", reúne obras de sus 25 años de trayectoria, que tienen en común mostrar y tratar de cambiar aquellos problemas urgentes que la atraviesan como mujer.

Autor: Oscar García | Fotos: Alex Fernandez

En la oscura habitación solo se ven fotos de una mujer sentada. Entre sus piernas aparece una ropa interior blanca. Por los audífonos, ubicados al lado de cada imagen, se escuchan voces de diversas mujeres que narran la ansiedad de no saber si están embarazadas. El nombre de esta instalación es “La espera” y Natalia Iguiñiz, su creadora, la presentó en la Bienal de Lima allá por 1998. Se trata del autorretrato de sus piernas en diversos baños –el de su casa, de un bar, de nuestra Universidad– acompañado de testimonios de chicas que fue recopilando. Veinte años después, la instalación es parte de Energías sociales/Fuerzas vitales, una muestra antológica que reúne la producción de Iguiñiz en los últimos 25 años.

“La espera” destaca no solo por ser el primer trabajo que la artista expuso después de egresar de pintura de la PUCP, sino también por el cambio que experimentaba su obra. Pasó de enfocarse en la subjetividad y experiencia personal a mostrar las vivencias de las demás. “Siempre haciendo hincapié en que somos seres tanto individuales como sociales”, añade la artista.

Años en la PUCP

Mientras Natalia estudiaba en la Facultad de Arte de nuestra Universidad, el país se encontraba en pleno conflicto armado. La inestabilidad y violencia de los primeros años de los noventa hizo que, al igual que buena parte de su generación, se encerrara en sí misma. Valerse del autorretrato le daba la posibilidad de imaginar quién era dentro de esa convulsionada situación.

Después de terminar la PUCP, Natalia notó que lo que vivía no solo le pasaba a ella. “Tenía un correlato con la sociedad y situaciones más estructurales como el patriarcado, el racismo y la falta de acceso a la mujeres a cargos de decisión”, comenta. De su inicial ensimismamiento pasó a interesarse por saber qué pensaban otras mujeres de aquellas situaciones que las violentaban. “Las luchas que surgen de experiencias personales hacen eco de demandas de colectividades más amplias”, dice el curador de la muestra Miguel López.  Iguiñiz añade: “Mi trabajo tiene sentido en la medida en que exploro en esas contradicciones que yo misma encarno, que vivo y que ejerzo. Así tengo la posibilidad de mirarlas de frente”.

 

En la sala Germán Krüger del ICPNA, que acoge su retrospectiva, hay pinturas, fotografías, instalaciones, afiches, collages y videos. Debido a la diversidad de formatos, el curador optó por organizar la antología mediante los ejes transversales que circulan por los trabajos de Iguiñiz.

 

Energías sociales / Fuerzas vitales

“En mi obra hay más preguntas que respuestas sobre la sexualidad, el mundo del trabajo doméstico, la maternidad, la participación política, los derechos humanos, los procesos corporales y la enfermedad”, dice la artista.

Un recorrido por la galería nos muestra cómo Iguiñiz ha hecho énfasis en poner luz en territorios que no son claros, o que aún no han sido representados. “El arte, como forma de conocimiento, implica dar una opinión o mirada en aquellos imaginarios que nos someten y violentan” añade.

Un ejemplo, de 1999: Lima se despierta empapelada con afiches de estética chicha y estilo publicitario. Pero el contenido no anunciaba grupos de cumbia o productos. Al leerlo se veían frases como “si caminas por la calle y te dicen perra tienen razón, porque te pusiste una falda muy corta y traicionera”; “si tu ex te dice perra está en su derecho, está dolido porque lo dejaste” o “si dos chicos dicen que eres una perra, tú te lo has buscado por calentar a uno de ellos o a los dos”. Esas gráficas que llamaban a la acción eran parte de perra habla, una de las tantas propuestas artísticas de Iguiñiz. Su trabajo continúo explorando las fronteras de lo individual y lo social.

Un recorrido por la galería nos muestra cómo Iguiñiz ha hecho énfasis en poner luz en territorios que no son claros, o que aún no han sido representados.

Retrospectiva

La sala del ICPNA alberga los hitos más importantes de la trayectoria artística de Natalia, pero su activismo político también ha estado presente fuera de las galerías. El caso más reciente ha sido el de Ni una menos, movimiento del cual ella fue una de las principales impulsoras. Si bien las marchas que convocó este colectivo fueron multitudinarias, logrando que haya más visibilidad sobre la violencia que viven las mujeres, a la par surgieron  agrupaciones que demuestran que aún hay mucha resistencia, entre ellas. “El feminismo es difícil porque implica una transformación no solo propia sino social. Sé que los cambios van a venir, pero quizás será más lento de lo que quisiéramos”, señala Iguiñiz.

Mientras recorremos su retrospectiva, no son pocos los que se acercan a consultarle qué quiso decir en ese poster que muestra la silueta de una mujer con la frase consumidora o consumida. O le interrogan por el afiche que reza “mi cuerpo no es un campo de batalla”. Ella se detiene, les cuenta y los interroga con genuina curiosidad, como si la otra persona fuera la artista.

¿Crees que el arte que has realizado en estos 25 años ha contribuido a mejorar la sociedad?, le preguntamos. “Ojalá, ojalá”, contesta con cierto rubor. Segundos después, añade: “Es una ilusión, al igual que luego ver una película o leer un libro ya no puedes mirar la vida igual. Pero si algo pequeño se transforma en alguna persona, entonces mi trabajo ha tenido sentido”.

 

Más información:

Energías sociales / fuerzas vitales. Natalia Iguiñiz: arte, activismo, feminismo (1994-2018)
Galería Germán Krüger Espantoso
28 de febrero – 8 de abril
Ingreso libre