08 de septiembre del 2016

¡Viva Juan Gabriel!

Alex Huerta-Mercado

Docente del Departamento de Sociales

Juan Gabriel llamó la atención por dos aspectos claves, una era su forma de presentarse ante el público, como un niño desprotegido y melancólico y al mismo tiempo desfachatado, audaz y lúdico.

Los ochentas eran frenéticos, se esperaba con ansias las apariciones de long plays de bandas de metal y pop que religiosamente devolvían a los héroes del rock a primera plana, Gerardo Manuel presentaba puntualmente en la tarde de cada día en un mítico programa llamado “Disco Club” los videoclips que comenzaban a ser espectaculares y la radio era una máquina de primicias rockeras. Los jóvenes peruanos acababan de salir de un régimen militar de más de una década donde se había anulado consumo global y recién a mediados de los ochentas, con el apoyo de bandas locales, recién se vivía una revolución sexual y un hipismo con una década de atraso. En las letras de los grupos rockeros que hablaban como “después de tiempo me la encontré la otra vez y me la llevé a pasear” o sugerían a sus parejas en música, “no hace falta que sonrías, hace falta lo demás…” Esa década vio a la música como un portal de nuevas formas de vida, sea rock, chicha, balada o salsa. Todo era frenético, irreverente y contestatario.

Es en este ambiente que aparece un video particular, es un ambiente oscuro interrumpido por innumerables candelabros dando la sensación de espacio sagrado que es nuevamente interrumpido por un cantante con chompa roja cantando de forma bastante endulcorada una balada que hablaba de una querida. Haciendo una protesta amorosa bastante original y hasta lúdica, al exclamar, “mira mi soledad…que no me sienta nada bien”. Obvio que rápido en Risas y Salsa, Adolfo Chuiman lo imitó burlándose de sus movimientos y en los Detectilocos Ricky Tosso hacía lo propio. En Trampolín a la Fama, Augusto Ferrando pedía a sus asistentes que bailaran “Querida” como lo hacía ese personaje que recién conquistaba la televisión a color y se convertiría casi en un mito en nuestro medio, el gran Juan Gabriel.

Juan Gabriel llamó la atención por dos aspectos claves, una era su forma de presentarse ante el público, como un niño desprotegido y melancólico y al mismo tiempo desfachatado, audaz y lúdico. Esa inocencia asociada a lo popular se veía complementada por el segundo aspecto, una letra que no reprimía el desgarrador lamento o la desbordante ternura hacia la figura de la madre, la amada que nos rechaza, la pareja que transforma la vida en dolor, o la queja de la fatalidad del azar en el amor (“yo no nací para amar, nadie nació para mí” dice una de sus canciones emblemáticas).

Mientras escribo estas líneas en México se esperan las cenizas del divo, en Perú se han hecho todo tipo de homenajes y varios jefes de estado han compartido su pesar. Los grandes rockeros de los ochentas siguen siendo míticos, ¡Cómo no!, pero a algunos los veo llegando de vez en cuando a Perú para tocar en recintos pequeños como música del recuerdo y otros son leyendas (¡lo son!) inalcanzables. Juan Gabriel es un amigo de la casa, siempre va a estar ahí siempre va a fluir como esa parte nuestra melodramática, sentimental, dulce como chocolate sublime. Esas ganas que tenemos de pasar por alto todas nuestras posesy triunfar sobre la represión que nos obliga a ser sobrios e intelectuales. Es el chocolate que compramos en el kiosko, la gaseosa endulcorada que amamos, las cucharadas de azúcar que nos dan energía y que todos parecen criticar.

Tal vez eso sea lo que nos guste de Juan Gabriel, el simple hecho de ser, de protestar de cantar: Pero qué necesidad / Para qué tanto problema / No hay como la libertad de ser, de estar, de ir /De amar, de hacer, de hablar / De andar así sin penas.

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