Opinión

Un sentido para la docencia

Julio del Valle

Julio del Valle

Director del Instituto de Docencia Universitaria (IDU)

Pensar la Universidad en abstracto es un fascinante reto teórico; pensar nuestra Universidad y el futuro que tiene en un escenario social y económico, complejo y cambiante como el nuestro es una necesidad; una necesidad práctica, política y académica. La tarea no es fácil, pues el panorama que tenemos externamente es que en este momento existen varios tipos de universidades: universidades de pregrado (de enseñanza) masivas, de posgrado e investigación, de innovación o emprendedoras; top research universities para la élite de la élite; profesionalizantes de pregrado y posgrado (modelo francés en sentido histórico; modelo de lucro en sentido criollo); universidades confesionales de todo tipo; universidades corporativas (Samsung, MacDonalds, Telefónica, etc.); universidades indígenas, virtuales, difuminadas, líquidas, terapéuticas, ecológicas, por usar distintas maneras de referirse a esta enorme variedad.

Esta diversidad se refleja, como un microcosmos, en nuestro campus. En la PUCP, coexisten también, sin apenas darnos cuenta, varios modelos de universidad (el de las ingenierías; el de las ciencias administrativas y económicas, sociales y contables; el de las humanidades y las ciencias básicas; el de la arquitectura, las artes y la educación), el de la universidad abierta, y pronto, a su vez, el de las ciencias hospitalarias. El reto para nosotros es que mientras en el mundo pueden existir diversos modelos de universidad que no tienen que armonizar necesariamente; nosotros, en cambio, debemos encontrar un acuerdo, un mínimo común, que aspiremos todos a conseguir, sea cual sea la visión de universidad que nos inspire. No lo tenemos plenamente logrado aún y es un reto por conseguir; un reto que considero necesario asumir. Menciono dos acuerdos, entre otros posibles, que me parecen cruciales asegurar y que están entrelazados, pues uno no se consigue sin el otro: el sentido de la formación integral y el de una docencia estratégica, creativa, orientada al servicio de los estudiantes.

El sentido formativo de los estudios generales no puede verse amenazado por las necesidades de capacitación profesionalizante de las facultades. Debe cuidarse y preservarse un equilibrio entre el todo y la parte, entre el modelo educativo o sello distintivo de nuestra Universidad y las necesidades de una educación orientada al logro de las competencias necesarias para la profesión (el siempre delicado equilibrio entre el saber y la instrucción). También es altamente aconsejable que se cuide el sentido y el valor de la docencia. Nadie duda del valor de los investigadores para una universidad de prestigio, pero el valor de la enseñanza no puede estar subordinado al de la investigación en un país como el nuestro (que necesita ciudadanos y profesionales competentes y comprometidos); es, además, una mala ficción que una universidad privilegie solamente la investigación, pues sin una docencia creativa y retadora no se aprende a hacer buenas preguntas y tampoco, por lo tanto, se forma a futuros investigadores. Si encontramos la manera de alcanzar estos dos acuerdos (saber e instrucción; investigación y docencia), si alcanzamos estos dos equilibrios, estaremos, como universidad plural y diversa, mucho más preparados para cumplir otro siglo más y seguir siendo relevantes para el país.