12 de julio del 2017

Un efecto disfrazado de causa: nuestra pobre inversión en investigación y desarrollo

Francisco De Zela

Docente del Departamento de Física de la PUCP

Si nuestra inversión gubernamental en investigación y desarrollo (I+D) resulta ser muy pequeña en comparación con la de otros países, ello seguramente es reflejo de la poca importancia que la sociedad peruana atribuye a esos rubros.

Lo que claramente observamos en la sociedad peruana es que esta asigna un mínimo valor –social y económico- a la producción intelectual, en general, y a la científica, en particular.

Al enterarnos, meses atrás, de que Gisella Orjeda había renunciado a la presidencia de Concytec, cuando faltaban pocos meses para concluir su mandato, la obvia conjetura que varios hicimos fue que su renuncia se debía a fuertes discrepancias con el actual gobierno y no a los continuos ataques que venía sufriendo, provenientes de la bancada fujimorista en el Congreso. La entrevista que Orjeda concedió a PuntoEdu, semanas después de su renuncia, confirmó la anterior suposición. Esa entrevista, así como la reciente designación de Fabiola León-Velarde como nueva presidenta de Concytec, motiva una serie de reflexiones sobre la importancia que le atribuyen nuestros gobiernos al desarrollo científico del país.

Es cierto que las decisiones que se toman desde las esferas del poder pueden llegar a tener un impacto decisivo -positivo o negativo- en la comunidad que se ha sometido a dicho poder, ya sea por la vía democrática o porque no tuvo otra opción. Sin embargo, a veces tendemos a sobrestimar el impacto que tienen las decisiones gubernamentales, o de índole similar, en los fenómenos colectivos. Ocurre más bien que las decisiones tomadas desde las esferas del poder, comúnmente, no hacen otra cosa que reflejar lo que, de antemano, ya venía impuesto por una corriente de opinión o un sentir generalizado; es decir, algo que quienes ostentan el poder materializan mediante medidas específicas. Por lo general, quienes integran un círculo de poder han llegado a él, democráticamente o no, porque son los que mejor encarnan las expectativas y el perfil que el sentir colectivo ha ido definiendo como su ideal.

Si nuestra inversión gubernamental en investigación y desarrollo (I+D) resulta ser muy pequeña en comparación con la de otros países, ello seguramente es reflejo de la poca importancia que la sociedad peruana atribuye a esos rubros. Normalmente, se requiere que un amplio e influyente sector de la comunidad asigne un valor especial a rubros como I+D, para que recién entonces un gobierno dé pasos a la inversión estatal correspondiente y para que la misma resulte realmente fructífera. Esa asignación de valor es también un fenómeno colectivo, que difícilmente lo puede desencadenar el liderazgo de una persona, por más carismática que esta sea, y menos aún puede ser el producto de un diseño de escritorio, elucubrado por un grupo de ideólogos convencidos de tener poderes que, en realidad, solo existen en su imaginación. Pesan mucho más la historia, la cultura, la tradición y similares categorías, todas ellas de carácter colectivo.

Lo que claramente observamos en la sociedad peruana es que esta asigna un mínimo valor –social y económico- a la producción intelectual, en general, y a la científica, en particular. Evidencias al respecto las tenemos incluso al interior de aquellas instituciones que nominalmente son el bastión más representativo de la intelectualidad: las universidades. Salta a la vista el contraste entre lo que realmente se valora en la universidad peruana y lo que se valora en aquellas donde la producción intelectual se ha constituido en su auténtica razón de ser. “Publicar o morir” es un lema característico de estas últimas, un lema que refleja el valor que ahí se asigna a la producción intelectual. Independientemente de que pudiera haber ocurrido o no, ello ocasiona que lo que una vez fue instrumento al servicio de un fin se haya convertido, a la postre, en un fin por sí mismo. En contraste con lo anterior, la universidad peruana expresa los valores que rigen en el sector social que le dio origen. Este último no es un sector que integre el carácter multicultural de la sociedad peruana, sino que es de raigambre exclusivamente hispana (europea), no anglosajona, francófona o germana. Al nutrirse de esos valores que fueron propios de la antigua tradición hispana, y que ponían únicamente a quienes desempeñaban labores de gestión y administración en la punta de la pirámide social, la universidad peruana establece una jerarquía que se orienta, incluso hoy, según dichos valores, y que marca la pauta de todo su quehacer. Esto se ve claramente en la gran efervescencia que se vive en tiempos de elecciones, cuando se compite por ocupar algún puesto de la extensa jerarquía administrativa. Nada parecido se da en torno a la producción intelectual.

Al señalar la baja inversión relativa que se hace en el Perú para fomentar actividades de I+D, parece querer implicarse que esa es la causa de nuestra baja producción en dichos rubros y que no es, más bien, el efecto del escaso valor real que nuestra sociedad les asigna. Mientras la universidad peruana siga estableciendo sus jerarquías internas en función de las labores de gestión y administración, se seguirá reflejando, y cimentando, esa anacrónica escala de valores que es propia de un gran sector de nuestra sociedad y de la cual se deriva nuestra, casi, total dependencia del conocimiento generado por otras sociedades. En estas, la producción intelectual y la generación de conocimiento han llegado a ser tan altamente valoradas que ahora son vistas como su “materia prima”, la que da sustento y solidez a su continuo progreso.

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