07 de octubre del 2017

“Señores: marinera de Lima”

Jorge Heraud

Director del Instituto de Radioastronomía (INRAS-PUCP)

Mi padre bailaba la marinera desde siempre y me contaba de sus jaranas en los Barrios Altos, de las marineras de competencia y las de 5-3. Pero eso no se hereda.

La marinera es el baile del saludo: la pareja lo hace repetidas. Es indudable también que el ritmo y el compás de la marinera y la resbalosa tienen ese sabor negro que ha enriquecido tanto nuestra música, danza, gastronomía y cultura en general.

A diferencia de la marinera norteña que es más libre, creativa, zalamera, demandante, espectacular, la marinera limeña no parece libre. Riquísima en tradición, tiene un pie forzado que demanda más que destreza, de gracia, elegancia, cultura, conocimiento, salero y aunque contradictorio, de creación e improvisación.

Antes que guitarra llame a cajón, Aldo Borja, el recordado talentoso artista en la peña “La Oficina” de Barranco y tras la señal “Lima” de la extarordinaria Amelia hace poco desaparecida, anunciaba así, con la tradicional e histórica prestancia, el inicio de una “Jarana” y preparamos los pañuelos blancos para bailar.

Quiero contarles mi propia versión de la Marinera, de la marinera limeña. De ella, soy solo un amador, pero siempre sentí curiosidad por saber por qué me fascina tanto su música, su canto y su baile que me mueve los pies al primer bordón y por lo que dejar de bailar es casi un suplicio. Mi padre bailaba la marinera desde siempre y me contaba de sus jaranas en los Barrios Altos, de las marineras de competencia y las de 5-3. Pero eso no se hereda. Tengo la esperanza que al contarles mi apretada historia, descubra un poco más sobre mi afición por el baile nacional del Perú.

La Marinera es una sola, pero reconocemos que la marinera limeña es el origen y el tronco principal de esta danza bailada por todo el Perú, anteriormente llamada Zamacueca, oriunda de Lima, hasta que se le cambia de nombre a  “Marinera” en honor a nuestro Miguel Grau. Nicomedes Santa Cruz, el gran músico y decimista, nos cuenta que la zamacueca deriva de vertientes españolas y africanas, posiblemente viene del Landó, ritmo peruano de contenido africano y de la Sanguaraña, de contenido español. Según Nicomedes, en el Kimbundu, lenguaje africano, semba significa “saludo de ombligo” y cuque “baile” y de Sembacuque el nombre derivó a Zamacueca y mucho después a marinera. En efecto, la marinera es el baile del saludo: la pareja lo hace repetidas. Es indudable también que el ritmo y el compás de la marinera y la resbalosa tienen ese sabor negro que ha enriquecido tanto nuestra música, danza, gastronomía y cultura en general. Históricamente, la zamacueca es llevada después de la independencia desde el Perú a otros países, por las tropas del ejército libertador: argentinos y chilenos al regresar a sus países por los caminos del altiplano del entonces “Alto Perú”. La zamacueca de Lima da así origen a la Samba en el norte argentino y a la Cueca en Bolivia y Chile.

Hoy, la marinera de Lima es la misma zamacueca de los 1700s y 1800s, con las pocas y naturales variaciones adquiridas a lo largo del tiempo. Posteriormente, adopta otra modalidad en el norte del Perú y desde hace más de cincuenta años notoriedad con el Concurso Nacional de Marinera de Trujillo. Se hace andina y suave en Arequipa, Puno, Cusco, Ayacucho y otros lugares mientras otra rama independiente en el norte peruano, proveniente del baile afro-peruano el Lundero, da origen al Tondero, ramal paralelo a la Marinera.

La marinera Limeña es, pues, la primera danza realmente mestiza del Perú y transmite nuestra historia desde hace unos doscientos cincuenta años, aunque algunos, como Nicomedes, dicen que sus inicios culturales vienen del siglo XVI, y conserva nuestras costumbres y cultura. La marinera limeña recoge preciosos versos casi perdidos en el tiempo, fruto de las improvisaciones que los criollos de entonces producían en largas competencias de contrapunto. La mayoría de las marineras no tienen nombre, no tienen autor, solo tienen los amores y ansias de sus cantores, repetidas innumerables veces por sus seguidores y que hoy continuamos cantando y bailando, como “Palmero sube a la palma y dile a la palmerita”.

La marinera y resbalosa limeña es pícara, alegre y sinuosa, como decía Nicomedes “..y de letrillas borrascosas”. Pero también hay letras sentidas, como la de la hermosa marinera de Alicia Maguiña que describe el regalo a su mentor Augusto Ascuez, cuyo cumpleaños, el 7 de Octubre, ha sido inmortalizado en el Día Nacional de la Marinera y otras de profundo contenido:

“De que sirven cerrojos
puertas y llaves
si siguen abiertas
las voluntades”

La marinera de contrapunto se canta entre dos grupos que se alternan en el canto. Un buen ejemplo es la marinera de contrapunto de Victoria Santa Cruz en la que ella “pone” la primera con un antiguo verso español e improvisa la “contestación” de la segunda de jarana y sigue la respuesta en la tercera:

I

“Su dentadura poca
dice de su mucha edad
y es la única verdad
que he visto en vuestra boca.

II

Los dientes que me faltan
anda anotando,
son signos evidentes
que estoy mudando.

III

Anda anotando madre
sigue un consejo,
no mudes sólo dientes
caramba, muda el pellejo”

Una de las comunes disquisiciones sobre la marinera limeña es si esta es “libre”, o no, pero la mejor respuesta es absolutamente visible y transparente: una de las mayores fascinaciones de la marinera limeña es que está encapsulada en la tradición, dictaminada por la costumbre, estampada por la imitación, modificada por la usanza, con distintos matices de los pobladores de los criollos barrios de esta ciudad crisol de culturas, pero a la vez evocativa y tradicional.

Resulta muy difícil cantar o bailar la marinera limeña sin las reglas establecidas por la tradición. El canto parece estar hecho para el baile pues el baile pide señales al canto. A diferencia de la marinera norteña que es más libre, creativa, zalamera, demandante, espectacular, la marinera limeña no parece libre. Riquísima en tradición, tiene un pie forzado que demanda más que destreza, de gracia, elegancia, cultura, conocimiento, salero y aunque contradictorio, de creación e improvisación. Requiere de “eso que no se remeda / que no se cuenta un-dos-tres / es orgánica, sentida, brota del alma del ser…”/ y como termina el poema de Victoria Santa Cruz, “…vívela y a ti me doy”.

Esa forma de ser, ella, ahora comprendo, es la razón de mi pasión por la marinera limeña, la amo, la vivo y por eso me tiene preso, preso en su estructura, como en:

“…los dientes de tu boca
me tienen preso
nunca he visto prisiones
hechas de hueso”

Sí, preso en su aliento que me envuelve y en su ritmo que me mueve, en su cultura, en la necesidad eterna de aprender, preso en el reto de ser creativo dentro de la tradición que es su señuelo y en la elegante magia de su pañuelo.

¡”Para gustos ya está bueno, ya”!

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