09 de abril del 2017

Semana Santa y los damnificados del Perú

P. Juan Bytton, SJ

Director del CAPU

Viviremos una Semana Santa diferente. Los últimos acontecimientos causados por la fuerza de la naturaleza y la falta de prevención humana nos permiten detenernos ante el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús encarnado. La Semana Santa tiene como raíz la celebración de la Pascua hebrea más conocida como pesah, que recuerda y celebra el paso del pueblo de Israel de la esclavitud a la liberación, del sometimiento a la adquisición de una identidad y de un lugar donde vivir.

El paso del mar de los juncos – mal llamado mar rojo – salva porque sana (Exo 14). Tenemos presente todavía la cantidad de compatriotas que han “pasado” de un lugar al otro para salvar sus vidas, aunque sus casas, sus pertenecías y su tranquilidad se las ha llevado el río. Lo que no se va es la fuerza y esperanza por recomenzar. Empieza un tiempo de reconstrucción nacional cuya base ha de ser lo que ya venimos demostrando: la solidaridad de unos con otros.

La conversión – sub en hebreo – a la que se invita en este tiempo no es un acto de superficial “purificación” sino un radical cambio de estilo de vida, definido como el retorno al camino del Dios que nos trasciende porque humaniza la vida y da esperanza a la historia. La conversión es comunitaria cuando se refleja en la solidaridad y las prioridades por recuperar, de–volver,  la dignidad de los más golpeados.

Con Jesús, la Pascua se vuelve proyecto de vida. El kerygma¡Cristo ha resucitado! (Luc 24, 6 y par.) – es la primerísima profesión de fe, sobre la cual se construyen las primeras comunidades cristianas. Una resurrección también en la dinámica de estos hombres y mujeres, discípulos de un Jesús que “pasó haciendo el bien y sanando” (Hch 10, 38). Por eso, con él no hay espacio para la exclusión, la intolerancia o el odio. “En el amor no hay lugar para el temor” (1 Juan 4,18)

Camino a la Cruz, Jesús se encuentra con esa gente que sanó, con la que comió y compartió la vida. Se constata la ironía de la ausencia de los cercanos y la cercanía de los marginados. Así, en la cruz, lugar de los últimos, el misterio de la esperanza alcanza a todos. Por eso la Pascua es una fiesta porque espera la llegada del Mesiah. Es aire fresco, es encuentro y búsqueda a la vez, como el Dios que se manifiesta en Jesús.. Es paso privilegiado de las tinieblas a la luz, que marca el lema y la identidad de nuestra universidad, más aun en este año centenario: καὶ τὸ φῶς ἐν τῇ σκοτίᾳ φαίνει / Y la luz brilla en las tinieblas (Juan 1,5).

Con esta Pascua renovada y renovante somos testigos de la mirada sincera de Jesús a la humanidad. Desde nuestra fragilidad, compartimos la vida de quien sufre. Este es el sentido del caminar, del pasar de una orilla a otra, no dejándose arrastrar por las aguas, sino tomando la mano de una comunidad solidaria y comprometida con el país.  La autenticidad de la buena noticia deja ver lágrimas, deja escuchar el aparente silencio de Dios, deja poner al centro a los que la fuerza de la naturaleza y nuestra comodidad ponen al margen. En esta semana “se hace memoria” (Sal 78,3; Lc 22, 19) y se camina con renovada esperanza, llamada Resurrección. Jesús es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6) pues la vida es camino y la verdad está en el caminar con Jesús hacia a los marginados del mundo.

¡Feliz Pascua de Resurrección a toda la comunidad PUCP en su centenario!

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