07 de octubre del 2016

Plaza Mayor y Plaza de Armas: dos modelos urbanísticos

Gabriel Ramón

Docente del Departamento de Humanidades PUCP

Plaza Mayor y Plaza de Armas son dos conceptos completamente diferentes, cuya distinción es fundamental para comprender la historia de Lima y de las ciudades hispanoamericanas en general.

Si en Lima le pedimos a un taxista que nos lleve a la Plaza Mayor o a la Plaza de Armas nos dejará en el mismo lugar. En google maps sucede algo semejante. Podríamos pensar entonces que son sinónimos. Esta aparente equivalencia fue reforzada hace dos décadas, cuando el alcalde con más éxito en erradicar el comercio ambulante limeño, rebautizó oficialmente ese cuadrilátero central como Plaza Mayor. Alberto Andrade solía manifestar que deseaba devolver a la plaza su prestancia de antaño. Sin embargo, Plaza Mayor y Plaza de Armas son dos conceptos completamente diferentes, cuya distinción es fundamental para comprender la historia de Lima y de las ciudades hispanoamericanas en general. Son términos que aluden a modelos de organización urbana antes que a lugares puntuales.

La mayoría de las ciudades de Hispanoamérica fue originalmente planeada en cuadrícula, con una plaza central. Desde el siglo dieciséis esas plazas fueron el corazón multifuncional de la urbe. Su función más importante fue servir como mercado: eran el punto central de la distribución intraurbana de alimentos y  brindaban considerables ingresos al cabildo (i.e. la municipalidad colonial). La plaza fue también sede de los espectáculos públicos, desde procesiones hasta castigos ejemplarizadores. La difusión informativa (mediante el pregón o las campanas) se realizaba desde esa zona. En ella se situaba el punto más ostentoso del sistema hidráulico urbano. Toda esta serie de funciones articuladas forman parte del modelo urbanístico de Plaza Mayor que caracterizó a Lima colonial temprana.

Desde la segunda mitad del siglo dieciocho, las reformas promovidas por las autoridades borbónicas comenzaron a erosionar ese modelo. Al menos desde 1773, durante el gobierno del virrey Manuel de Amat se introdujeron actividades marciales en la plaza. Esas maniobras interrumpían el normal funcionamiento del mercado, alterando el sistema urbano colonial en conjunto. Modificar la plaza era modificar la ciudad. Por ello la transición fue complicada e implicó una serie de negociaciones entre el encargado de arrendar la plaza, los vendedores, el cabildo, el virrey y las autoridades eclesiásticas durante las últimas tres décadas coloniales.

Luego de declarar la independencia en 1821, José de San Martín también intentó reorganizar el mercado limeño, sin éxito. Fue solo en 1852, con la construcción del mercado central que finalmente se pudo trasladar esa función a un recinto cerrado fuera de la plaza. El cambio del modelo de Plaza Mayor a Plaza de Armas no solo implicaba una modificación funcional, sino una reforma urbanística completa, que fue acompañada por nuevas formas de percibir y representar la ciudad. Si durante el siglo diecisiete diversas pinturas hispanoamericanas mostraban las plazas centrales atestadas de vendedores, desde fines del siglo dieciocho se prefirió representarlas como espacios marciales, despejados, neoclásicos. Urbanismo, política y estética fueron de la mano.

Curiosamente, al erradicar a los ambulantes de los espacios públicos, incluyendo la plaza central, el alcalde Andrade no impulsó una vuelta a la Plaza Mayor, sino a un modelo mas parecido a la propuesta borbónica de tener una plaza central despejada.

Más información en:

  1. Ramón. 2016. Bourbon manoeuvres in the plaza, Urban History
  1. Ramón. 2012. De la Plaza Mayor a la Plaza de Armas, en Contextualizando la ciudad en América Latina, pp.287-327. S. Ramírez & K. Noack (eds.). Quito: Abya Yala.
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