08 de mayo del 2017

Mes de mayo: mujer, María e Iglesia

P. Juan Bytton, SJ

Director del CAPU

Este mes también es tiempo para recordar con especial cariño la presencia de María, la madre de Dios, en la vida y en la historia de la humanidad.

Mayo es siempre un mes especial, lo tenemos presente porque es dedicado a las madres. El segundo domingo de mayo es su día. Un día que es una eternidad como la vida misma, vida que es realidad porque se genera desde el seno materno.

Este mes también es tiempo para recordar con especial cariño la presencia de María, la madre de Dios, en la vida y en la historia de la humanidad. María –nos lo relata el Nuevo Testamento– ha permanecido con su hijo hasta el final (Juan 19, 26). Ella que permitió a Dios hacerse carne y cercanía es ejemplo de madre, mujer e Iglesia. En María, podemos encontrar las tres efes: fe, firmeza y futuro. La fe de una mujer capaz de cambiar el rumbo de la historia, porque supo escuchar un llamado y hacer de su vida respuesta (Lucas 1,38). Una fe que la llevó a vivir con firmeza los diversos avatares que le tocó enfrentar desde un inicio, como la migración y el refugio en Egipto a la espera de condiciones que garanticen la vida de su familia (Mateo 2,14). Al mismo tiempo, construyó un entorno de relaciones profundamente humanas (Juan 2,3), pues se puso al servicio de los demás, en especial de aquellos que pasaban mayor necesidad (Lucas 1,39 ss). Finalmente, fue la mujer de primera hora al momento de constituir la Iglesia de Jesús (Hechos 2), aquella comunidad llamada a construir el Reino bajo los principios del amor, la justicia y la fraternidad (Hechos 4,32).

En esta interacción entre lo humano y lo divino no existe competencias, sino complemento. Este es el resultado que nos reflejan las Escrituras, no obstante el fuerte carácter patriarcal de la cultura hebrea, una de las fuentes de las que bebe el cristianismo. En las Escrituras, la historia de un pueblo se hilvana con el fragor constante de la presencia femenina: Sara, Tamar, Débora, Rut, Judit, Isabel, María… Historias de mujeres que vale la pena recorrer con más detenimiento, porque en todas y en cada una de ellas se descubre el rostro del Dios que camina con su gente en sus alegrías y penas, en sus gozos y tristezas, garantiza una presencia eterna que se hace Iglesia-comunión. Ese espacio sagrado de encuentro, acogida y envío. Espacio vital cuando se trata de hacer de la vida esperanza.

Por ello, de María, mujer de Galilea, podemos aprender todos los seres humanos. Hoy más que nunca es que encontramos y agradecemos los ejemplos de mujeres comprometidas con el desarrollo humano, desde las muestras de valentía, como la de Evangelina Chamorro, o de compromiso social como lo ocurrido en octubre del 2016 en Israel, donde miles de mujeres cristianas, judías y musulmanas salieron a las calles para marchar juntas con un solo objetivo: la paz.

En el espacio público va ganando espacio el rol protagónico de la mujer, pero aún no es suficiente como nos lo recuerda el papa Francisco en su participación en la Asamblea del Pontificio Consejo para la Cultura del año 2015, cuyo tema fue Las culturas femeninas: igualdad y diferencia. Allí, Francisco nos urgía a “estudiar criterios y modalidades nuevas para que las mujeres no se sientan invitadas sino participantes a título pleno en los distintos ámbitos de la vida social y eclesial. Este desafío no se puede retrasar más”.

En este mes, junto con el saludo y admiración, se refuerza esta invitación y el deseo que la comunidad PUCP, en su centenario, celebre de modo especial a las madres que hacen de su misión cotidiana un renacer 100pre.

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