Opinión

Los nísperos de Luis Loayza

Luis Hernán Castañeda

Luis Hernán Castañeda

Escritor egresado de la PUCP

Empecé a leer a Luis Loayza a principios de los años 2000, cuando era un estudiante de Literatura en la PUCP. Recuerdo mi deslumbramiento ante su prosa, ajena a toda afectación. Desde entonces no he dejado de releerlo. No hay texto de este gran escritor que me haya interpelado más que un cuentito de El avaro, quizá porque llegó a mí a la edad justa. En ese entonces yo tenía los mismos años que el autor cuando lo escribió y que el protagonista, triple identificación que resultó ideal. El cuento carece de título y tiene solo dos páginas. Su narrador es un muchacho que pasa los días en el bosque, jugando en el río y con su propia mente. En ese bosque hay nísperos, fruto que siempre asocié a los Andes: no a sus cumbres sino a la orilla entre el desierto y las alturas, ese territorio ambiguo, inquietante y promisorio que Manolo recorre en bicicleta en el maravilloso cuento de Bryce Echenique.

¿Cómo se llegó hasta esos nísperos en la narrativa peruana? En primer lugar, saliendo del realismo, hazaña infrecuente en la tradición literaria que me enseñaron a llamar nuestra. De la fertilidad vanguardista, rica en esos y otros frutos, se pasó a la relativa esterilidad del “no realismo” durante las siguientes dos décadas. Como señala el crítico Elton Honores, durante los años 30 y 40 coincidieron el auge del indigenismo y la latencia del paradigma no realista, que solo daría señales de vida en los años 50 gracias al crecimiento de Lima y el surgimiento de una nueva narrativa urbana. A mitad del siglo pasado, el realismo habría llegado a coexistir con una saludable y variada literatura fantástica de cuyo esplendor sabemos poco, porque el género circulaba en los periódicos. Según Honores, esa literatura fantástica traduce, así como los cuentos de Vallejo en Escalas melografiadas, un diálogo entre la capital y el interior o, más bien, un desencuentro. Es la época de la gran migración del campo a la ciudad. Un eco de estos desplazamientos lo ofrecería el motivo del doble, que tal vez encerrase una aproximación lateral, tímida, a la otredad de un personaje inédito: el migrante andino extraviado en el espacio urbano.

La metamorfosis del país no solo se entregó a la lupa del realismo, como lo sugieren algunos cuentos fantásticos de Ribeyro y libros como El avaro. Se trata de un conjunto de piezas breves que evocan la prosa de Borges y las parábolas de Kafka. Situados en espacios neutros, algunos de inspiración homérica, los textos se debaten entre dos polos: la ciudad amenazada y el campo liberador, espacios conectados gracias a ciertos personajes. Los títulos hablan de una galería de arquetipos que, en sintonía con el cambiante panorama social de esos años, sirven para cuestionar los valores tradicionales de la burguesía limeña: el avaro, el visitante, la bestia, el compañero, la estatua son, más allá del Perú, personajes universales envueltos en anécdotas densas, primas lejanas de la fábula, que también pueden ofrecer un eco autorreflexivo.

El cuento “El avaro” propone la primacía del deseo sobre la propiedad y, a la vez, cifra una poética del laconismo que anuncia, como una prolepsis, la reticencia de Loayza a publicar. En “La bestia” se privilegian los límites y las afueras, la periferia habitada por el monstruo, antes que los centros urbanos regulados por el orden. En “El héroe” y “Creonte”, se desmitifica el relato oficial del heroísmo: el valor, virtud bélica y económica, resume la ideología de la clase media, devota del capital y enemiga del arte. Un oscuro aprendizaje que no perdurará en la obra de Loayza, como se desliza en el irónico “Palabras del discípulo” y también en “Éxodo”, cierre del volumen. Dejar atrás la ciudad, con sus monumentos y enseñanzas, no es una desgracia sino un placer, la única aventura.

Es por la vía del placer por la que se llega al que es -para mí- el cuento más hermoso del librito, aquel que siempre recuerdo porque su protagonista, un joven estudiante que podría haber sido yo mismo a mis 19 años cuando estudiaba en la PUCP, rechaza la ciudad, la familia y las leyes para darse a la naturaleza, la soledad y los sueños. A las colinas, los bosques y el río, se escapa este joven artista para estar a solas con su cuerpo. Allí se encuentra con una mujer que “mueve los brazos” y, en especial, con esos “amigos invisibles” que lo acompañan mientras anda, canta o arranca ramitas. Cuando vuelve a su casa lo reciben un “padre ceñudo”, una “madre que lo acaricia furtivamente” y unos hermanos cuya “charla estúpida” lo hace reír sin miedo, porque él es el más fuerte. Yo no lo era, pero eso no viene al caso. Qué lo espera más allá, quizá la muerte o la derrota, eso ya no importa mucho. Tal vez se case con la “muchacha color de espiga” y se incorpore a la ciudad, la burguesía como tragedia, pero los nísperos aún son dulces y están por todas partes.