Opinión

Gutiérrez en el Vaticano

Rosa Alayza

Rosa Alayza

Docente del Departamento de Ciencias Sociales

Hacerse prójimo implica no conocer al otro, no saber mucho o nada de su condición, pero si descubrir, en medio de la necesidad, a una persona
El sentido de la iglesia samaritana está justificado en la opción preferencial por los pobres como una opción evangélica, es decir hecha por el propio Jesús

La reciente presencia del padre Gustavo Gutiérrez en Roma durante la presentación del libro “Pobre por los pobres. La misión de la Iglesia”, escrito por el cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de Comisión de la Doctrina de la Fe, constituye una clara demostración de que la Teología de la Liberación sigue dentro de la Iglesia y que ahora recibe un reconocimiento expreso de las autoridades del Vaticano. El libro tiene un prefacio del papa Francisco, contribuciones del cardenal hondureño Óscar Rodríguez Madariaga, asesor del Papa y miembro de la Comisión de Reforma de la Curia, y también dos contribuciones del padre Gutiérrez. Esta es la segunda vez en poco tiempo que Gutiérrez aparece en una actividad pública del Vaticano. Entonces, van quedando claras las grandes coincidencias entre las afirmaciones de la Teología de la Liberación sobre el sentido de ser cristiano y el quehacer de la iglesia con las enunciadas por el Papa Francisco. Gestos y palabras van en una misma dirección, contra lo que se afanan en decirnos los detractores de esta teología.

Ha sido muy elocuente la reflexión de Gutiérrez, en la presentación del libro, sobre cómo la Iglesia de hoy está llamada a ser una Iglesia samaritana. Tomando el texto bíblico del samaritano, reflexionó sobre quién es nuestro prójimo. Señala que contrariamente a lo que podríamos pensar, nuestro prójimo no es el que está cerca de nosotros, más bien Gutiérrez nos invita a pensar que prójimo es aquel al que nos aproximamos, y por tanto no conocemos, pero nos hacemos prójimos. No es una condición dada, es un proceso de acercamiento que se hace en la historia en la vida. Hacerse prójimo implica no conocer al otro, no saber mucho o nada de su condición, pero si descubrir, en medio de la necesidad, a una persona. Como en el texto del samaritano, el hombre estaba herido al borde del camino y varios pasan indiferentes y lo dejan allí. Solo el samaritano se detiene y lo atiende. Se hace prójimo de un desconocido.

Las enseñanzas del papa Francisco sobre el quehacer la iglesia Católica han puesto énfasis en la necesidad de que ella sea una tienda de campaña en medio de la gente; que se acerque a las periferias; que se atreva a salir de sus seguridades institucionales. Pero no solo ha sido la prédica, también las acciones del papa Francisco van en la misma línea, cuando, por ejemplo, dejó el edificio Vaticano y se fue a Lampedusa y reclamó indignado pidiendo que no se dejara morir a esos inmigrantes africanos, que la ley no puede estar en contra de las personas.

El sentido de la Iglesia samaritana está justificado en la opción preferencial por los pobres como una opción evangélica, es decir hecha por el propio Jesús. Esta afirmación ha sido adoptada por la Iglesia latinoamericana desde sus primeras reuniones de obispos en los años sesenta. También ha sido ratificada y enriquecida en Aparecida (Brasil, 2007) donde se han reconocidos los rostros de los pobres de hoy: los migrantes, las mujeres que sufren violencia, los jóvenes sin acceso a la educación y empleo, personas viviendo con VIH Sida, etc. El papa Francisco se inscribe dentro de esta trayectoria y la hace resonar desde Roma como parte del anuncio del quehacer de la Iglesia universal. Gutiérrez y la Teología de la Liberación desde un inicio son parte de este proceso, por eso, no sorprende encontrar en estos tiempos al padre Gutiérrez junto a autoridades vaticanas dialogando sobre los retos de la Iglesia universal y la necesidad urgente de cambiar los viejos estilos y prácticas que se afirman en sus privilegios, que no quieren salir de la sacristía y que justifican su autoridad como si fueran los dueños de la verdad.