06 de diciembre del 2017

Francisco y la misericordia

Luis Fernando Crespo

Profesor principal del Departamento de Teología de la PUCP

"Esa cualidad misericordiosa del amor de Dios, de Dios mismo, constituye para Francisco la raíz y el fundamento de su propuesta pastoral".

"La indignación y la protesta ante las diversas situaciones de injusticia social son pasos previos para la acción y el compromiso personal y organizado".

A la espera de la visita del papa Francisco es bueno acercarse a las líneas maestras de su pensamiento y de su programa pastoral para la comunidad de los cristianos y para todas las personas inquietas por escuchar propuestas para una sociedad más humana, fraterna y feliz.

Es notable que dos de sus escritos programáticos, las “Exhortaciones postsinodales” incluyan en su título la palabra alegría: “La alegría del evangelio” (2013) y “La alegría del amor” (2016). La alegría responde a la experiencia fundante de Dios como fuente de vida y de amor. Un amor que es todo gratuidad, incondicionado, compasivo y misericordioso.

Esa cualidad misericordiosa del amor de Dios, de Dios mismo, constituye para Francisco la raíz y el fundamento de su propuesta pastoral: “Una Iglesia pobre y para los pobres”, “una Iglesia en salida”, una Iglesia samaritana y acogedora. Y en una realidad humana donde descubre tanto sufrimiento injusto e inhumano, tantas vidas magulladas y rotas, una iglesia que sea más “un hospital de campaña” que una institución rígida, reglamentada y normativa.

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Así comienza la Bula en la que convocaba a vivir el año 2016 como un “Jubileo” de la misericordia. Las inolvidables parábolas del “padre misericordioso” (Lucas 15) y los reiterados gestos de Jesús acercándose, misericordioso y compasivo, al leproso social y religiosamente despreciado, prefiriendo quedar legalmente impuro por tocarlo y reconocerlo hermano (Marcos 1,40-45), a la mujer viuda desconsolada por haber perdido a su hijo único (Lucas 7,11-17 ), a la muchedumbre vejada y abatida por la dominación romana (Mateo 9,36), a la multitud hambrienta en el desierto (Marcos 6,34) son expresiones de una opción de vida inspirada en su experiencia del Dios compasivo y misericordioso.

Nuestras palabras misericordia y compasión han sufrido el desgaste del tiempo y corren el riesgo de no expresar la hondura y la fuerza transformadora que tenían en el lenguaje bíblico (hebreo y griego), tanto del antiguo como del nuevo Testamento. Los vocablos originales derivaban de raíces que designaban las “entrañas” de la mujer, lo más íntimo y profundo y a la vez fuente de una vida humana nueva. De ahí que impliquen un amor “entrañable” y una capacidad humanizadora y liberadora.

Misericordia –amor entrañable hecho acción solidaria y eficaz– es lo que propone Jesús al escriba de entonces y a quien se interese hoy por precisar lo del amor al prójimo (Lucas 10,29-37). El prójimo es cualquier persona o colectivo que se encuentra en situación de necesidad o abandono y lo que hay que hacer es acercarse, tener compasión y encontrar los medios eficaces para hacer frente a su situación inhumana.

En nuestra situación histórica, la misericordia que se inspira en el actuar de Jesús debe retomar su capacidad de indignación ante el maltrato (Marcos 1,41) y ante la indiferencia (Marcos 3,5). La indignación y la protesta ante las diversas situaciones de injusticia social son pasos previos para la acción y el compromiso personal y organizado, capaces de cambiar situaciones inhumanas de hermanas y hermanos que siguen siendo indignas e intolerables. La misericordia es inseparable de la justicia.

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