Opinión

Francisco y la misericordia

Luis Fernando Crespo

Luis Fernando Crespo

Profesor principal del Departamento de Teología de la PUCP

Esa cualidad misericordiosa del amor de Dios, de Dios mismo, constituye para Francisco la raíz y el fundamento de su propuesta pastoral
La indignación y la protesta ante las diversas situaciones de injusticia social son pasos previos para la acción y el compromiso personal y organizado

A la espera de la visita del papa Francisco es bueno acercarse a las líneas maestras de su pensamiento y de su programa pastoral para la comunidad de los cristianos y para todas las personas inquietas por escuchar propuestas para una sociedad más humana, fraterna y feliz.

Es notable que dos de sus escritos programáticos, las “Exhortaciones postsinodales”, incluyan en su título la palabra alegría: “La alegría del evangelio” (2013) y “La alegría del amor” (2016). La alegría responde a la experiencia fundante de Dios como fuente de vida y de amor. Un amor que es todo gratuidad, incondicionado, compasivo y misericordioso.

Esa cualidad misericordiosa del amor de Dios, de Dios mismo, constituye para Francisco la raíz y el fundamento de su propuesta pastoral: “Una Iglesia pobre y para los pobres”, “una Iglesia en salida”, una Iglesia samaritana y acogedora. Y en una realidad humana donde descubre tanto sufrimiento injusto e inhumano, tantas vidas magulladas y rotas, una Iglesia que sea más “un hospital de campaña” que una institución rígida, reglamentada y normativa.

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Así comienza la Bula en la que convocaba a vivir el año 2016 como un “Jubileo” de la misericordia. Las inolvidables parábolas del “padre misericordioso” (Lucas 15) y los reiterados gestos de Jesús acercándose, misericordioso y compasivo, al leproso social y religiosamente despreciado, que prefiere quedar legalmente impuro por tocarlo y reconocerlo hermano (Marcos 1,40-45), a la mujer viuda desconsolada por haber perdido a su hijo único (Lucas 7,11-17 ), a la muchedumbre vejada y abatida por la dominación romana (Mateo 9,36), a la multitud hambrienta en el desierto (Marcos 6,34) son expresiones de una opción de vida inspirada en su experiencia del Dios compasivo y misericordioso.

Nuestras palabras misericordia y compasión han sufrido el desgaste del tiempo y corren el riesgo de no expresar la hondura y la fuerza transformadora que tenían en el lenguaje bíblico (hebreo y griego), tanto del antiguo como del nuevo Testamento. Los vocablos originales derivaban de raíces que designaban las “entrañas” de la mujer, lo más íntimo y profundo y a la vez fuente de una vida humana nueva. De ahí que impliquen un amor “entrañable”, y una capacidad humanizadora y liberadora.

Misericordia –amor entrañable hecho acción solidaria y eficaz– es lo que propone Jesús al escriba de entonces y a quien se interese hoy por precisar lo del amor al prójimo (Lucas 10,29-37). El prójimo es cualquier persona o colectivo que se encuentra en situación de necesidad o abandono y lo que hay que hacer es acercarse, tener compasión y encontrar los medios eficaces para hacer frente a su situación inhumana.

En nuestra situación histórica, la misericordia que se inspira en el actuar de Jesús debe retomar su capacidad de indignación ante el maltrato (Marcos 1,41) y ante la indiferencia (Marcos 3,5). La indignación y la protesta ante las diversas situaciones de injusticia social son pasos previos para la acción y el compromiso personal y organizado, capaces de cambiar situaciones inhumanas de hermanas y hermanos que siguen siendo indignas e intolerables. La misericordia es inseparable de la justicia.