Opinión

El Papa Francisco en el Perú

Salomón Lerner Febres

Salomón Lerner Febres

Presidente de IDEHPUCP y ex presidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación

En la perspectiva del cristianismo, el centro de gravedad de la preocupación de la Iglesia está constituido por los más débiles
El Papa Francisco nos plantea un compromiso incondicional con el destino de seres humanos concretos –en particular los más débiles– como expresión de la fe auténtica

Es una alegría para los católicos del Perú la próxima visita del papa Francisco. Se trata de una visita largamente esperada. El Pontificado de Jorge Bergoglio ha renovado las esperanzas de la Iglesia de nuestra región latinoamericana para que, a través de la construcción de una cultura solidaria, nos reafirmemos todos como hermanos, hijos de un mismo Dios. Ello exige que nos comprometamos, animados por la fe y la justicia, en el camino que supone la opción preferencial por los pobres, desarrollada por la Iglesia universal en su magisterio, y discutida conceptualmente por las teologías que han florecido en América Latina y África. En la perspectiva del cristianismo, el centro de gravedad de la preocupación de la Iglesia está constituido por los más débiles: los pobres, aquellos que sufren discriminación y violencia por distintos motivos. Dios está de lado de los débiles, no de las “élites” ni de aquellos que ostentan poder político e influencia económica. El verdadero poder en clave cristiana es el que brota del servicio hacia los más pequeños.

Justamente en esto radica la revolución espiritual iniciada por Jesús de Nazaret. La primacía del amor –la caridad– por sobre cualquier interés y poder humanos. El cuidado del otro más allá de todo cálculo utilitario cimenta la construcción del Reino. Amar hasta el extremo y actuar conforme a ese amor constituye el núcleo moral del cristianismo. Esta perspectiva contrasta con el fetichismo de una sociedad que privilegia el consumo y la acumulación material sobre cualquier otra actividad humana. El Papa destaca el hecho según el cual solo manifestamos genuinamente amor a Dios si amamos a nuestro prójimo. Ello implica, por supuesto, prestar atención al cuidado de la comunidad que habitamos tanto como la salud del mundo natural, espacios en los que la vida se manifiesta.

La preocupación por la condición de los débiles en términos de caridad y justicia constituye el corazón del mensaje evangélico. Se trata de una disposición que concierne a la mente y el corazón para así obedecer a un Dios que espera misericordia y no sacrificios, ejercicio de la caridad y respeto por el otro más que ciega adhesión a un sistema dogmático.

Recogiendo esta tradición profética y evangélica, el Papa Francisco nos plantea un compromiso incondicional con el destino de seres humanos concretos –en particular los más débiles– como expresión de la fe auténtica. Postula la necesidad de una Iglesia dedicada radicalmente al servicio de las personas y exige la entrega de pastores “con olor a oveja”, es decir, religiosos, que se involucren con las vidas de la gente, que conozcan sus inquietudes y aspiraciones, para así saber escuchar y acompañar al pueblo de Dios. El propio Francisco ha asumido esta actitud como un elemento distintivo de su propia prédica. Su ejemplo en este punto resulta necesario, pues la comunidad ha de ver en él, y a través de él, cómo el mensaje evangélico se hace realidad.