06 de septiembre del 2017

Coliseo global: sobre Mayweather vs McGregor

Alex Huerta-Mercado

Docente del Departamento de Sociales

Hace poco, en un bar tipo irlandés, vi junto con varias personas paradas, con vaso en mano, una pantalla que transmitía un combate de gladiadores más caro que el organizado por Julio César.

Dinero aparte, vimos dos guerreros que, al final, se abrazaron sonrientes y nos enseñaron que los millones de dólares ganados, los insultos proferidos y las sospechas de mafia en los arreglos de la pelea no anulan la gloria de ver a dos atletas dar lo mejor de sí al interior del universo de cuatro esquinas.

En el año 65 antes de Cristo, Julio César, cuando era edil de Roma, organizó los juegos romanos e hizo pelear un número nunca visto de gladiadores premunidos con armaduras de plata, tan primorosamente labradas que luego fueron exhibidas para un público que premió a César al hacerlo sumamente popular, muy a pesar de la aristocracia romana que veía esto con temor.

Dos milenios después se sigue invirtiendo en gladiadores para entretener pero no para ganar popularidad y poder, sino para ganar distintos espacios en la economía de mercado global. Ya no es el coliseo, sino la televisión o la internet la que nos arranca de la cotidianidad, y nos brinda un mundo mucho más digerible; esto ha hecho que la evolución tecnológica haya ido por el lado de las comunicaciones que, en cierta forma, nos da un asiento en el nuevo circo romano.

Hace poco, en un bar tipo irlandés, vi junto con varias personas paradas, con vaso en mano, una pantalla que transmitía un combate de gladiadores más caro que el organizado por Julio César; esta vez no por poder político sino que se desarrolló al interior de una estructura de poder económico a cargo de distintas empresas, que apela a nuestro gusto por experimentar la agresividad. Esa que nos caracteriza como especie y que se nos reprime a través de la convención cultural que ha buscado, desde la Edad Media, controlar nuestra conducta pública, al generar espacios de higiene social a través del deporte y los espectáculos vigilados. Así la pelea callejera está sancionada por la ley, pero no la práctica deportiva del box o de las artes marciales, que cada vez han cedido su concepción taoísta o zen de integración con la energía del macrocosmos, y se han convertido en disciplinas deportivas con reglas y cinturones.

Vimos el combate en el que un boxeador famoso por su trayectoria invicta (Floyd Mayweather), y su gusto por el dinero y vida disipada, enfrentó a un irlandés carismático y excelente luchador de artes marciales (Conor McGregor), cuyo historial lo ha hecho un héroe irlandés que tiene ganas de incursionar en el negocio del whisky. Ambos han roto una tradición occidental: por más que el dinero sea la motivación de una acción, usualmente, todos disimulamos esto aduciendo razones tan románticas, como “dar lo mejor de uno mismo”, “hacerlo por amor a un público” o tantas otras razones que siempre se esgrimen y nunca creemos. Aquí ambos han admitido que los mueve, en primer lugar, el dinero. Y claro que este circo romano es armado con y para el dinero que supera cualquier cifra alcanzada anteriormente por un evento de peleas, y que se verá incrementado por los fondos obtenidos por las transmisiones pagadas.

Nosotros vimos un buen espectáculo de combate, la ciencia del box, esa de soportar, de cansar al rival, aprovechar sus errores y optimizar la energía del cuerpo, y, al mismo tiempo, vimos una alegoría de un clásico peleador irlandés que aceptó el reto de pelear con un campeón fuera de su arena y de sus propias reglas. Dinero aparte, vimos dos guerreros que, al final, se abrazaron sonrientes y nos enseñaron que los millones de dólares ganados, los insultos proferidos y las sospechas de mafia en los arreglos de la pelea no anulan la gloria de ver a dos atletas dar lo mejor de sí al interior del universo de cuatro esquinas.

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