Opinión

Avivar fuegos para sembrar esperanza

Elizabeth Flores

Elizabeth Flores

Profesora del Departamento de Educación e integrante de la Comisión de Fe y Cultura

Nuestras instituciones deben permitir el acceso al saber y al conocimiento, y esto es posible con el esfuerzo que une mentes y corazones para hacerlo posible
Se nos pide llegar a las periferias humanas, se nos pide que entremos con valentía en el areópago de las culturas actuales y dialoguemos conscientes del don que cada una tiene para ofrecer a todos

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó que había contemplado, desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso- reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”. Así expresa Eduardo Galeano “El Mundo” en el Libro de Los abrazos.

Este microrrelato me permite responder, en parte, al título con el que empiezo esta comunicación, es una respuesta a ese sueño de una educación que empodere a todos y que a la vez deje a cada uno ser uno mismo. Las instituciones educativas, entre ellas la universidad, tiene un objetivo principal: humanizar la educación. Todos estamos llamados a colaborar para que el mundo sea “un mar de fueguitos”.

Como ha expresado el papa en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, la universidad es un ámbito privilegiado para pensar, desarrollar y ofrecer horizontes abiertos a la trascendencia. Cada una/o de nosotras/os con profesionalidad y con la riqueza de humanidad de la que somos portadores puede apoyar en esa construcción con los jóvenes. Cada una/o tiene un “fuego” diferente y juntas/os podemos ser constructores de un mundo más solidario y pacífico.

Nuestras instituciones deben permitir el acceso al saber y al conocimiento, y esto es posible con el esfuerzo que une mentes y corazones para hacerlo posible. Al mismo tiempo, se nos pide la capacidad de estar entre los jóvenes con estilo pedagógico, de promover su crecimiento humano y espiritual.

El papa ha hecho hincapié a lo largo de sus mensajes del valor del diálogo, de articular fuerzas. Siguiendo a Galeano, diría que tenemos proyectos, unos brillan con luz propia entre y con todos las demás. No hay dos fuegos iguales. Eso sí, todos “arden”. Con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear y quien se acerca se enciende. Fomentemos esos proyectos que permitan responder a las necesidades de nuestro país. No habrá dos “fuegos” iguales, pero juntos arden.

Tengamos la capacidad de unir fuerzas, los jóvenes precisan también valores no solo enunciados. Creo que es un año donde se pide salir de nuestra zona de confort para realizar propuestas, y vivirlas con audacia y lucidez.

Audacia y lucidez que piden dirección, “avivar el fuego”, la pasión por una educación transformadora, en diálogo constante con los desafíos actuales ofreciendo respuestas creadoras y audaces. “Un mar de fueguitos” que llevan en sí un germen de contracultura y profecía, con capacidad para abrir y potenciar nuevos caminos de plenitud de lo humano. Se nos pide llegar a las periferias humanas, se nos pide que entremos con valentía en el areópago de las culturas actuales y dialoguemos conscientes del don que cada una tiene para ofrecer a todos.