16 de julio del 2017

Alegría subversiva

Alex Huerta-Mercado

Docente del Departamento de Sociales

Un horrible día de hace dos mil años se quemó la biblioteca de Alejandría y la verdad es que el conocimiento que había hasta entonces se volvió cenizas. En lo particular, siempre pienso en la falta que nos hace un segundo libro de Poética de Aristóteles. Se supone que, en aquel texto, se hablaría de la comedia en el primer tomo. Aristóteles ve todo lo relacionado con la risa como un género menor, propio para determinar la inferioridad a través de la humillación de unos, a través de la burla de otros. Poco o casi nada más dice y, tal vez, por eso la risa ha tenido que esperar muchos siglos para ser estudiada “seriamente” por la academia.

Mi amiga, la socióloga Martha Pacheco, me recordó que el segundo libro de poética apareció en un monasterio en la deslumbrante novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa.  En el siglo XIV, a un convento de los Apeninos suizos, llegó un monje franciscano que, en realidad, era un Sherlock Holmes de la época: Guillermo de  Baskerville, cuya principal arma era la lógica recién (re)descubierta de –adivinen– Aristóteles. Guillermo se constituye en el hombre correcto en el lugar correcto en la situación equivocada, puesto que su estadía coincide con una serie de asesinatos que el invidente exbibliotecario Jorge de Burgos atribuye a señales apocalípticas. Es clásica la discusión entre Guillermo y Jorge, quien sostiene que la risa es algo peligroso: “Los hombres no deben reír, ya que ese acto deforma la cara de los hombres y los convierte en monos”.

El arte moderno parece hacer eco de esta perspectiva del arte en galería, donde toda obra deber ser arcana y difícil de entender, y debe formar parte de un corpus seleccionado ideológicamente, pero, como en El nombre de la Rosa, esas posiciones ideológicas llevan a fundamentalismos insospechados.

En las artes audiovisuales, se privilegia reflejar la miseria y la tragedia humana como formas de expiar las culpas del autor y de sus seguidores.  Todo un paquete crítico que privilegia una forma de pensar y que considera frívolo aquello que es alegre o brilloso (y que solo sirve para la publicidad). Dicha mirada forma parte de las estructuras de pensamiento con las que, parece, venimos formándonos en el mundo intelectual.

Por ello, llama la atención las críticas severas que han recibido, por ejemplo, las tesis relacionadas con programas de televisión locales o espacios en el Instagram PUCP, donde, voluntariamente, profesores y alumnos lucen su forma de vestir.  En este sentido, parece que el capital simbólico estaría reservado, para variar, a los mismos productos visuales extranjeros. Se puede analizar Breaking Bad y no Al fondo hay sitio (que solo serviría para memes). Y las muchas imágenes donde Frida Kahlo o Susan Sontag miran a la cámara, o al espectador, son apreciadas y valoradas más que las de un alumno o un profesor de la Universidad, quienes dan, al igual que Frida o Susan, un testimonio de su ser a través de sus preferencias en el vestir.

Y, bien, todos tenemos derecho a opinar; por ello, opino: ojalá no se nos quite el derecho a discrepar, a ser divertidos y tener un visión optimista de la vida, a aceptar marchar solo por lo que queremos y no sentirnos traidores o marginados por lo que hacemos -o no­­-, a usar pañuelos y cortes de pelo y tintes, y poder compartirlo en un espacio que no quita nada y, sobre todo, que nos da la posibilidad de salir del “monasterio” y reírnos de nosotros mismos.

Si hay algo que hemos aprendido de la cultura popular, es que todo tiene un momento, y hay momento para el triunfo sobre la represión y también para compartir lo que a uno le gusta. Recuperemos nuestro castigado derecho a la frivolidad y a la diversión en un mundo académico cada vez más cerrado y, curiosamente, vigilante.

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