22 de noviembre del 2017

A 100 años de la Revolución, ¿y ahora qué?

Liliana Pérez Miguel

Docente del Departamento de Humanidades

Tal y como Trotsky señala, un tsunami de acontecimientos provocó que, casi de la noche a la mañana, ningún aspecto de la sociedad, economía, política, religión o cultura rusa quedase intacto.

La política oficial del gobierno ha sido tratar de convertirla en un debate academicista entre historiadores, en lugar de una celebración con amplia difusión pública.

“En los dos primeros meses del año 1917, reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después, estaban en el timón los bolcheviques. La historia no registra otro cambio de frente tan radical… Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados”. Así comienza la Historia de la Revolución rusa, escrita por León Trotsky en el destierro, considerada por varios historiadores como una de las obras más relevantes de la historia contemporánea, al ofrecer un relato de uno de los acontecimientos más cruciales de la historia por parte de uno de sus principales protagonistas. Tal y como Trotsky señala, un tsunami de acontecimientos provocó que, casi de la noche a la mañana, ningún aspecto de la sociedad, economía, política, religión o cultura rusa quedase intacto. Tras la doble revolución de 1917, que derribó al régimen zarista, primero, y al gobierno provisional de Alexander Kérensky, después, los bolcheviques tomaron el poder en uno de los países más grandes del mundo.

Pocos acontecimientos históricos han despertado opiniones tan encendidas y encontradas como este. Al día de hoy, ni dentro ni fuera de Rusia hay un acuerdo sobre la naturaleza de este proceso aunque se coincide en su indudable trascendencia e influencia sobre las políticas internacionales del siglo XX. ¿Cómo se ha recibido el centenario de la Revolución en Rusia? En el que fuese escenario de los acontecimientos, la posición oficial es sumamente ambigua. El presidente Vladimir Putin declaraba recientemente que se podían extraer consecuencias “tanto positivas como negativas de la revolución bolchevique”. Por su parte, el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, aseguraba no entender qué es lo que había que festejar. No obstante, si bien desde el Kremlin no se han incentivado las celebraciones y desfiles públicos, tampoco se han prohibido. Más bien, la política oficial del gobierno ha sido tratar de convertirla en un debate academicista entre historiadores, en lugar de una celebración con amplia difusión pública.

Esto no supone ninguna novedad en la Federación Rusa, cuyas autoridades han mostrado, desde hace tiempo, un deseo de alejarse progresivamente de la sombra dela Revolución de Octubre sustituyendo su celebración por otro hecho histórico nacional: la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, evento con el que la gran mayoría de los rusos se identifican, independientemente de sus ideas políticas, lo que no ocurre con la Revolución. Así, desde hace años, el tradicional desfile del 7 de noviembre, que conmemora la victoria bolchevique, ha sido sustituido por otro conmemorativo del Ejército Rojo antes de dirigirse al frente para combatir al ejército nazi.

A pesar de la indudable necesidad de definir una postura sobre la revolución con el objetivo de forjar una identidad postsoviética, en la Federación Rusa prevalece una ambigua postura que, por un lado, trata de ocultar la era de la revolución, pero, por otro, ensalza hechos históricos que convirtieron a la URSS en una gran potencia internacional. Las imágenes que nos ha dejado el centenario ilustran esta contradicción sobre el pasado soviético: la plaza Pushkin de Moscú llena de comunistas de todos los países junto con centenares de imágenes de Lenin y Stalin, a poca distancia del primer McDonald’s que se ha abierto en Moscú.

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