19 de julio del 2017

Una vida dedicada a la PUCP

El Ing. Enrique Quevedo deja la jefatura del Banco del Libro luego de 51 años trabajando en nuestra casa de estudios. Nos contó qué siente por la PUCP y también sobre sus motivaciones.

Cuando Enrique Quevedo Aldecoa empezó a trabajar en la PUCP, apenas superaba las dos décadas de vida. “Tal vez ingresé balbuceando y vacilante”, dice, al recordar aquella época. Hoy, luego de 51 años de labor en nuestra casa de estudios, asegura sentirse –además de mucho más seguro– orgulloso y satisfecho por todo aquello que aportó a la Universidad, y feliz por todo aquello que esta le impulsó a lograr. Desde su entrada a la Oficina de Ingreso hasta su designación como jefe del Banco del Libro.

“Yo comencé a trabajar en la Universidad, a tiempo parcial,  en enero del año 1966 en lo que entonces era la Oficina de Ingreso, que funcionaba en el centro de Lima, en el Jr. Huancavelica”, cuenta Quevedo. “Fueron las tareas y responsabilidades desempeñadas, durante más o menos 32 años, en la Oficina de Ingreso las que más enriquecieron mis vivencias en mi paso por la PUCP”, añade.

En paralelo –explica Quevedo– apoyaba la labor de los Servicios Universitarios (dirigidos por Rogelio Llerena), como es el caso del Servicio Médico, Deportes, Danzas, el Banco del Libro o la supervisión de cafeterías. “Cada uno de estos servicios era una vertiente de trabajo interminable, porque había mucho por hacer. Ahora la Universidad ha crecido mucho, pero por entonces era una comunidad pequeña que impulsaba a hacer cosas por su bienestar”, afirma.

La responsabilidad que asumía en cada una de estas funciones lo animó a buscar la actualización constante. Quevedo, ingeniero zootecnista egresado de la Universidad Nacional Agraria La Molina, empleó toda esta motivación para crecer profesional y técnicamente: estudió una maestría en planeamiento universitario en la PUCP; administración deportiva en Cuba; pedagogía universitaria en la Universidad de Lima; gestión educativa y calidad, a distancia (Argentina); y metodología para calcular indicadores de costos universitarios en la CAEM, Argentina. “No podía trabajar en deportes, por ejemplo, si no tenía una base teórica. No podía trabajar en la Oficina de Ingreso, como lo hice en algún momento, si no tenía claro los elementos pedagógicos que se manejan en las evaluaciones”, explica.

“¿Qué es lo que más destacaría de su labor en la PUCP?”, le preguntamos y sin dudarlo responde: “Cuando trabajaba en la Oficina de Ingreso publiqué varios libros sobre el rendimiento de los estudiantes en Estudios Generales y de los colegios en los exámenes de ingreso. En deportes, con el apoyo de la Facultad de Educación, creé una Diplomatura de Educación Física. Respecto a las cafeterías, se me ocurrió la idea de publicar boletines, con la ayuda de los nutricionistas, sobre requerimientos nutritivos y formas para mantenerse bien alimentado. Ofrecimos cursos de nutrición sin valor curricular que fueron tan bien acogidos que, incluso, los padres preguntaban por ellos”, declara.

Bajo su jefatura, Quevedo asegura que el Banco del Libro trató siempre de promocionar el uso del libro en la PUCP como, por ejemplo, a través de concursos dirigidos a alumnos, egresados y profesores; o el club del Banco del Libro –accesible mediante la página web del servicio– en el que los usuarios pueden sugerir textos para leer, así como hacer comentarios y preguntas.

“¿Qué significa la PUCP para usted?”, le preguntamos. Esta vez hace una pausa y contesta: “Me he sentido contento de dedicar mi vida a la Universidad”. “Se puede decir que esta es una institución que forma a los alumnos y los prepara para la vida, pero es más que eso. La PUCP integra a las personas, forma ciudadanos. Es una isla en el Perú donde la gente respeta a los demás, donde se mantienen valores formativos, educativos y éticos. Esta es una comunidad donde uno se identifica plenamente con la institución”, apunta. Quevedo, finalmente, sonríe y señala: “Es difícil alejarse de una institución donde se encontró sentido al trabajo, pero ha llegado el momento de retirarme. Yo trabajaba diez, doce horas al día porque me gustaba. Extraño eso, pero la vida nos obliga a seguir adelante”.

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