25 de abril del 2016

Orígenes de la delincuencia

Drogas, disfuncionalidad y criminalidad van de la mano en el Perú, un país que no termina de asumir la prevención como medio para mejorar las condiciones de vida de quienes se muestran propensos a asumir el camino delictivo como la única vía posible.

Cuando el Grupo de Investigación en Drogas, Seguridad y Convivencia Ciudadana, del Departamento de Psicología, empezó a elaborar el perfil de adolescentes infractores, a la primera conclusión que llegó fue que todos estos eran consumidores de drogas.

La relación entre el consumo de drogas y delincuencia no es nueva, pues diversos estudios y diagnósticos han mostrado ya el vínculo entre ambas problemáticas, y así lo percibe la gente. Por ejemplo, una encuesta realizada recientemente por el Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (Cedro), muestra que el 45.3% de entrevistados considera que el uso de drogas incrementa la inseguridad ciudadana.

A tomar en cuenta

Si bien la Dra. Cecilia Chau, docente del Departamento de Psicología y jefa del grupo de investigación mencionado, apoya esta afirmación, también considera que no es un prerrequisito haber consumido drogas para delinquir, y que hay otros factores que se deben de tomar en cuenta en el análisis, sobre todo si hablamos de jóvenes y adolescentes.

“No podemos dejar de ver a los adolescentes infractores como adolescentes. Centrarnos solamente en la infracción o en el consumo hace que perdamos la perspectiva de lo que hay alrededor, pues al hablar de adolescentes nos referimos a un grupo que está evolucionando de cierta manera, que se enfrenta a cambios y está pasando por un periodo por el cual estas conductas de consumo pueden ser también temporales. Hay un análisis importante que hacer al evaluar si un consumidor va a prevalecer como tal o si se trata de conductas periódicas”, explica.

El Mg. Hugo Morales, docente del Departamento de Psicología y especialista en delincuencia juvenil, añade que los adolescentes experimentan transformaciones neurológicas, cambios en el comportamiento social y no siempre tienen la capacidad de asimilar los cambios. “Los adolescentes se muestran impulsivos y poco reflexivos porque el cerebro les pide que tengan hambre de experiencias, por lo que los cambios propios de esta edad favorecen este tipo de búsqueda. Cuando se es niño, se busca el porqué a todo; y cuando se va creciendo, se necesita testear, experimentar lo aprendido, hacer sus tareas evolutivas. Pero cuando los chicos no tienen ayuda y soporte, la forma en la que se enfrentan a esas necesidades o cambios no es adaptativa, y afrontan las situaciones de forma equivocada”, explica Morales.

La doctora Chau considera que dejar de lado el factor adolescencia ayuda a no enfrentar adecuadamente el problema: “Creo que es importante también ver al infractor como tal, como adolescente, no hay que satanizarlo. Esto va a sonar discrepante con algunas posiciones, pues la sociedad los ve como personas que ya delinquieron, por lo que ya no hay que ocuparse de ellos, y eso los marca de por vida”.

Al respecto Milton Rojas, especialista de Cedro, considera que el tema de la violencia no es solo resultado de las drogas, es también un tema de salud mental. “A la gente no le pasa por la cabeza que el problema de la delincuencia tiene que ver con la salud mental. El presupuesto que los gobiernos le asignan a salud mental es bajísimo y la importancia que se le da al tema es casi invisible, aunque esté contemplado dentro del plan antidrogas”, señala.

Entornos condicionantes

Es aquí donde entra a tallar la importancia del entorno. ¿Qué hace que un típico chico adolescente se inserte en círculos infractores? La Dra. Chau desmenuza los factores de riesgo: “Por ejemplo, el estar en una comunidad donde están más expuestos a comportamientos delictivos es condicionante: que los padres tengan una carrera de comportamientos antisociales o vivir en una barrio donde hay microcomercialización de drogas. No quiero generalizar, pero sin influencias positivas es muy difícil que los chicos salgan de estos entornos sin mayores problemas”.

El profesor Morales añade que consumir sustancias ilícitas es un factor de riesgo adicional a la exposición de comportamientos antisociales, pues “hay algunos adolescentes que tienen ambientes de riesgo en el barrio y la familia, además de experiencias de maltrato, y esos son factores de complejos, independientemente de la experiencia de drogas. Por ejemplo, ante el maltrato o el contacto constante con ambientes delictivos, la figura de los padres o cuidadores se puede convertir en una figura ansiógena”, dice.

“Nadie se acuesta una noche y amanece delincuente al día siguiente. Hay una trayectoria vital que las políticas públicas no gestionan de manera adecuada”, enfatiza Morales. Y añade: “En criminología, hablamos de factores de riesgo criminógenos, que son las situaciones traumáticas que propician relaciones inapropiadas, y hay un binomio entre el problema del maltrato infantil y la violencia juvenil. En casos como estos, las drogas suman un factor de riesgo adicional a quienes ya tienen dificultades en el comportamiento social”.

Un reciente estudio del Banco Mundial aborda otra arista de un entorno complejo: se trata de los nini. Se llama ‘nini’ a jóvenes que ni estudian ni trabajan. El estudio define a los nini como individuos entre los 15 y los 24 años que no están matriculados en la educación formal (pública o privada) y tampoco trabajan en el momento de ser encuestados. En el Perú, según este estudio, los nini suman el 10.9% de la población joven.

El estudio también muestra que una incidencia de nini más alta en los hogares pobres y vulnerables exacerba las desigualdades existentes, obstruye la movilidad social y la reducción de la pobreza a largo plazo. Es decir, constituye un entorno desfavorable para el desarrollo de jóvenes y adolescentes, y crea las condiciones para la frustración, la búsqueda de rutas de escape, la drogadicción, la delincuencia y la violencia.

Al respecto, Milton Rojas considera que si analizamos las diversas aristas de desocupación, el ocio resulta ser un factor de riesgo para diversas patologías. “En un entorno de alto riesgo, con un problema de desocupación y de falta de oportunidades, es muy probable que una cantidad importante de jóvenes que no hagan uso productivo de su tiempo libre pueden asumir la frustración y la violencia como un estilo de vida. Nosotros somos conscientes de que la improductividad, la falta de oportunidades, las frustraciones, la patología familiar, la oferta y la demanda de drogas son un caldo de cultivo para la violencia”, dice.

En ese sentido, Hugo Morales reafirma que “el nivel de criminalidad tiene que ver con situaciones de carencia acumulada y la falta de construcción de una identidad”. ¿Cómo combate el Estado esta situación para evitar que degenere en conductas delictivas? La baja apuesta en políticas de prevención de la violencia o de uso de drogas y alcohol nos pinta un panorama sin mayores cambios a la vista.

¿Políticas de prevención?

La Dra. Chau explica que hay diferentes tipos de prevención: “La primaria es cuando el problema no se ha presentado. Ahí se estudian los factores protectores y se trata de fortalecerlos al buscar amigos y comunidades saludables, así como una buena relación con los padres. El problema con los chicos infractores es que vienen de familias disfuncionales. Ya se han hecho programas, como Familia Fuerte, donde se trabaja mucho el tema y buscan intervenir en nivel primario. Los chicos necesitan un marco referencial. Por otro lado, la prevención secundaria necesita un trabajo más específico. Hay que identificar los casos que ya tienen posibles marcadores de riesgos, como aquellos chicos que faltan al colegio, alguien que baja sus notas, que se escapa de su casa, etc. Ahí, es necesario trabajar estos factores de riesgo y buscar revertirlos. La prevención terciaria es cuando el problema está identificado y existe. En esta etapa, tenemos programas, como el sistema abierto al adolescente infractor. La mirada del infractor en un sistema abierto y no cerrado puede ser más efectiva porque se trabaja con la familia, se fortalece sus habilidades y se le da estrategias para insertarse en su trabajo”, dice Chau.

Por su parte, Milton Rojas señala que “una política de prevención va más allá de dar charlas, pues es un proceso educativo más que informativo, y eso se debe trabajar tanto en los colegios como en las familias y en los espacios de socialización”.

Estado de emergencia

Una referencia en donde los índices de consumo de droga, criminalidad y disfuncionalidad son altos es el Callao, ahí se ha establecido el estado de emergencia desde diciembre del año pasado con el propósito de combatir esta situación. Sin embargo, los especialistas consideran que esto no es suficiente.

“El estado de emergencia solo suspende garantías a costa de la seguridad. El gran problema de esos métodos es que se logra reducir la oportunidad delictiva a través de lo situacional, pero no ves el nivel de vida, confianza y crianza, no analizas el entorno completo”, dice Hugo Morales. Y añade: “El Estado reduce oportunidades para el delito, pero no atacamos sus causas. Tenemos una política que se ocupa de los síntomas, no de las causas. Los delincuentes no llevan en la sangre la delincuencia: quienes adquieren un estilo de vida criminal son personas que han experimentado una vida compleja. Un delincuente sabe lo que es un fiscal, un magistrado y un policía, pero no sabe qué es un pediatra, un buen maestro, un control de niño sano. Las verdaderas causas de la delincuencia tienen que ver con la ausencia de políticas públicas preventivas, la falta del fortalecimiento de la familia y una serie de políticas sociales que son las que mejor previenen la delincuencia”, añade.

Entonces, ¿en qué deberían enfocarse las políticas públicas preventivas? El profesor Morales explica que con abrir más cárceles o comprar más patrulleros no se va a solucionar la delincuencia. “Aun cuando haya garantías y establezcamos toques de queda, las personas van a seguir creciendo bajo las condiciones que hemos hablado. Las políticas tienen que enfocarse, por ejemplo, en reforzar las capacidades de los adultos para fortalecer y saber criar a los niños. Tenemos muy pocos recursos invertidos y muy pocas políticas públicas en ello”, señala.

“El enfoque debería ser más integral y evaluar qué hacer con las familias, jóvenes y niños afectados. Hay que hacer un trabajo de prevención de la ira y de comportamientos agresivos y de riesgo, desarrollar la práctica de deporte, fortalecer actividades sociales y comunitarias, invertir en salud mental”, dice Milton Rojas.

Finalmente, la Dra. Chau señala que mientras más crecemos económicamente, más parece que el país se empeña en poner debajo de la alfombra las desigualdades, y todo aquello que resta a la imagen de desarrollo y bonanza que se quiere sostener. La ausencia de políticas efectivas de prevención parece darle la razón.

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