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Lecciones sobre el rescate en Tailandia

El rescate de los niños atrapados en la caverna de Tailandia nos recuerda que la naturaleza de nuestro país no es ajena a un desastre similar. ¿Estamos preparados para un rescate de tal magnitud?

Autor: Yuriko Aquino

Fueron días de angustia para los 12 niños y su entrenador de fútbol desaparecidos en la cueva Tham Luang Nang Non en Tailandia. Los equipos de búsqueda encontraron sus bicicletas en la entrada de la caverna. Sin embargo, dos submarinistas británicos los localizaron vivos días después, hambrientos y demacrados. Los chicos comentaron que, sin avisar a nadie más, decidieron ir en bicicleta a la cueva, una atracción turística local que les encantaba explorar. Una fuerte tormenta ocasionó una inundación que les bloqueó la salida y quedaron atrapados.

El mundo entero siguió de cerca cada movimiento del grupo. El país asiático tuvo que pedir ayuda internacional, pues no tenía ni los elementos ni los conocimientos necesarios para rescatarlos. Es así que llegaron 13 buceadores profesionales de varias nacionalidades, además de logística e implementos modernos, ya que los atrapados se encontraban a más de 3 km de la salida, lo que significaba 11 horas de buceo.

Las formaciones de estas cuevas son de roca caliza y el principal agente de transformación es el agua. Por eso, subsisten en lugares donde son frecuentes las lluvias. El Mg. en Geología y docente de la PUCP, Enrique Guadalupe, sostiene que nuestro territorio tiene muchas zonas calizas. Además, explica que estas son masas de rocas muy grandes, y que por dentro toman diferentes rumbos y curvas que han demorado miles de años en formarse. En la sierra, por ejemplo, los pobladores las conocen comúnmente como ‘tragaderos’, porque las corrientes de agua entran y, al ser tan grandes los espacios, no tienen una aparente salida.

Una de las más conocidas es la Cueva de la Lechuza en el Parque Nacional de Tingo María, reconocida por su abundante fauna, en donde encuentran guácharos y murciélagos. Más al centro, en Tarma, han bautizado a una de las cavernas más profundas de Sudamérica como la Gruta de Huagapo. En su interior, se pueden encontrar estalactitas y estalagmitas, en muchas formas, además de pinturas rupestres de animales y algunas escenas de caza.

Sobre el rescate

Para Guadalupe, la mejor solución fue la que tomaron los rescatistas de sacarlos buceando. Cada niño fue acompañado por dos buzos y una máscara de oxígeno que cubría completamente su rostro, porque muchos de ellos no sabían nadar. La botella de aire era llevada por el buzo de adelante y este se guiaba por una cuerda que colocaron en diferentes tramos con linternas para iluminar.

En el largo recorrido había zonas muy grandes y otras eran angostas. Incluso, había partes en las que era muy complicado pasar el tanque de buceo. “Esto depende de la disolución de la roca. Si la caliza se ha disuelto más, la cueva es más grande. Y si hubo menos disolución, será más estrecha”, asegura Guadalupe. El lodo, la arena y la arcilla dificultaron más caminar y nadar por ahí.

Otro problema persistente fueron las lluvias. Se tuvo que bombear más de 130 millones de agua en la intersección, a un kilómetro de la salida, lo que equivale a 48 piscinas olímpicas. “Fue necesario drenar el agua porque de manera natural hubiera demorado demasiado, y pudo seguir subiendo a tal punto de inundarlo todo y ahogar a los chicos”, asegura el geólogo.

¿Estamos preparados?

La espeleología es la ciencia que estudia el origen y la formación de las cavernas, así como su flora y su fauna. “Lamentablemente, aquí no tenemos estudios completamente acabados. Falta hacer un levantamiento topográfico, evaluar los niveles del agua, comparar la pluviosidad del tiempo, ver la flora y fauna de cada lugar”, advierte Guadalupe. Aunque el Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (Ingemmet) ha hecho algunos intentos, no hay investigaciones detalladas importantes para resolver este tipo de tragedias.

Por ejemplo, el geólogo expone que si Tailandia hubiera tenido un mapa del lugar, la mejor solución hubiera sido perforar la cueva. Al no saber cómo era por dentro, ni dónde estaban los chicos exactamente, resultaba peligroso hacerlo. Otra medida planteada fue esperar que pase la temporada de lluvias, pero esto significaba permanecer meses en la caverna.

Aunque sí es recomendable que cavernas de roca caliza sean turísticas por toda la riqueza y belleza que encierran, es necesario hacer estudios sobre estas, que no solo se limiten a las temporadas de lluvias. Deberían estar bien señalizadas, y tener avisos y advertencias más allá de los 100 metros. La prevención siempre es importante.

 

Ilustraciones: Gabriela Pérez

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