13 de junio del 2017

La felicidad: para qué nos sirve

El miedo nos protege, pero la felicidad ¿qué hace? Conversamos con Jorge Yamamoto, docente del Departamento de Psicología de la PUCP, sobre el sentido de la felicidad y cómo esta se justifica desde un punto de vista evolutivo.

Tu equipo favorito hace un gol y, por escasos segundos, tu alegría –mezclada con otras emociones– alcanza su pico más alto del día. Abres un correo con una respuesta positiva: ganaste aquella beca a la que postulaste hace meses. Contemplas la sonrisa de tu hijo. Te embarcas en un viaje soñado. Te encuentras con tus amigos más queridos. Eres, simplemente, feliz por un tiempo determinado y así avanzas hacia nuevos retos o experiencias, pues la vida continúa.

Ahora bien, ¿qué ganamos siendo felices (más allá de la mera emoción)? Se sabe que el miedo, por ejemplo, sirve para sobrevivir. Se trata de un mecanismo adaptativo que alerta y permite reaccionar rápidamente ante alguna amenaza. En contraste, ¿qué utilidad ha tenido la felicidad para el ser humano? “Funciona para generar fortaleza”, señala el Dr. Jorge Yamamoto, docente del Departamento de Psicología de la PUCP y coordinador del grupo Bienestar, Cultura y Desarrollo (BCD). “A diferencia de otras especies, el ser humano tuvo que evolucionar en pequeños grupos tribales en donde la familia y amigos se apoyaban para protegerse de los depredadores u otras tribus; de ahí que la violencia esté inserta en nosotros, así como la solidaridad”, añade.

Alegría y estrés

Según el especialista, se ha comprobado que el cerebro de una persona emite una “alerta máxima” cuando se siente excluido, la cual se conecta con el sistema de dolor físico. “Por eso, en todas las culturas, existen metáforas para el rechazo como ‘tengo el corazón partido’ o ‘me han apuñalado por la espalda’”, indica. En ese sentido, BCD plantea que la inclusión en un grupo activa los “mecanismos de la felicidad”. “Puede decirse que, desde un punto de vista evolucionista, la felicidad sirvió para mantener unida a la tribu. Entonces, ahora, cuando tienes un problema en el mundo moderno, tu cerebro ancestral activa el estrés”, explica.

Con el estrés activo, y el aumento de cortisol y adrenalina en el cuerpo, el organismo se apoya en la oxitocina para revertir la situación, una hormona implicada en comportamientos sociales, como la formación de vínculos, el apego, la empatía y el comportamiento maternal y paternal, así como en la habilidad para reconocer un individuo del mismo grupo. “La oxitocina hace que busques la ayuda de los amigos y, si la encuentras, te baja el cortisol. Esta es una droga natural antiestrés”, explica Yamamoto.

Gracias a los estudios desarrollados por BCD, que han cubierto cuatro continentes –afirma el docente–, se ha planteado la pregunta sobre cuáles fueron los momentos más felices en la vida de ciudadanos de, por ejemplo, Bangladesh, Etiopía, Cuba, Alemania o Sudamérica. Las respuestas están relacionadas con la familia. “Lo más feliz para muchos es el nacimiento de un hijo, mientras que lo más infeliz es la muerte de un familiar. Esto coincide con estudios de biología evolucionista realizados en diversas especies vivas, que indican que su objetivo primordial es la reproducción exitosa y la continuación fuerte del linaje. La meta superordinada que encontramos es poder fortalecer el linaje en el sentido de legado”, asegura el coordinador del grupo.

¿Cómo se es feliz?

Para Yamamoto, existe, hoy en día, una idea equivocada sobre la felicidad. “Se asume que esta es ver siempre la mitad del vaso lleno e incluso hay una fobia a la infelicidad. Lo que nuestro grupo de investigación sistemáticamente ha encontrado es que, primero, la felicidad y la infelicidad son dos cosas indesligables. La felicidad no es el fin supremo de la existencia, como propone la filosofía clásica, ni el fin supremo de la sociedad, como plantea las Naciones Unidas, sino que es un potente indicador de una meta superior. Si se trabaja sobre un problema (que genere infelicidad) y, poco a poco, se resuelve, como consecuencia superarás el ‘bajoneo’ y serás feliz. Esto quiere decir, desde un punto de vista evolucionista, que habrás incrementado tu fortaleza”, apunta.

“Otra conclusión a la que llegamos indica que el exceso de felicidad también deprime. La felicidad y la infelicidad están diseñadas para convertirse en momentos de guía. Son como un semáforo. Trata de llevar una vida como un cuento de Disney y te vas a deprimir en 15 días, porque tu cerebro se sobrecargará con los neurotransmisores de la felicidad y tratará de equilibrar eso. Paradójicamente, las culturas consumistas tienden a ser más infelices. Esto no quiere decir que la plata sea mala, porque es buena como recurso, mas no como valor de vida. Te puedas comprar una buena cámara como medio para tu expresión artística, pero si te la compras para llenar un vacío, no valdrá la pena. Esto es tan tonto como tapar la luz roja del aceite del carro con un antidepresivo. Vas a caminar feliz unos cuentos kilómetros hasta que el motor reviente. Hay que usar la infelicidad como una palanca”, dice el docente del Departamento de Psicología de la PUCP.

Finalmente, Yamamoto insiste en la importancia de la familia y de los amigos como base para una vida feliz. “América Latina es la región más feliz del mundo, porque tenemos problemas reales y permanente ayuda de los amigos y la familia. Países como Dinamarca, Suecia o Suiza tienen reportes de infelicidad mucho más altos porque tienen sociedades tan sólidas que no tienen problemas, y tan individualistas que no hay concepto de familia y los amigos no generan redes muy fuertes, por lo que estas son las mayores fuentes de felicidad”, comenta. Según el coordinador de BCD, hay dos caminos para ajustarse a la realidad de manera feliz: aumentar los recursos o bajar las expectativas (sin llegar a renunciar a mejorar). La felicidad, en todo caso, se obtiene a partir del contexto en el que uno se encuentre. La idea es siempre buscar dar un paso hacia adelante, pues, incluso en las condiciones más duras de vida, la gente encuentra la felicidad, ya sea por una puesta de sol, la llegada de un hijo o un gol de media cancha.

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