17 de abril del 2017

Informe PuntoEdu: Lecciones a propósito de El Niño costero

El fenómeno de el niño que afecta nuestras costas este año ha dejado grandes daños a nivel de infraestructura y una cantidad considerable de damnificados. Especialistas de nuestra universidad analizan el panorama que se abre ante la reconstrucción.

El Perú se encuentra en una zona del planeta donde encontramos una serie de fenómenos naturales cíclicos. Sequías, temblores, terremotos, lluvias intensas -por citar algunos ejemplos- se repiten con cierta periodicidad. Aunque la mayoría de estos fenómenos no se puede prever, sabemos que nuestro territorio es proclive a ellos. Por esa razón, nuestras ciudades deberían estar planificadas y preparadas para resistir estos fenómenos o hacerles frente con el menor número de daños posible.

Sin embargo, como señala el Dr. Ronald Gutiérrez, docente e investigador del Departamento de Ingeniería, “lo que hemos visto los últimos meses ha puesto en evidencia nuestras limitaciones: no estamos planificando de manera adecuada y los pobladores están asentados en lugares equivocados”. Y añade: “Se ha construido sin pensar en las particularidades de nuestro contexto. No es que los ingenieros no sean competentes, sino que trabajan con información de otros contextos geográficos porque no hay mediciones exactas del nuestro”.

Pero El Niño de este año no solo ha puesto en evidencia fallas en la planificación y la construcción de la infraestructura, sino también el alto nivel de vulnerabilidad social que existe en nuestro país. En ese sentido, el Dr. Jorge Vargas, docente del Departamento de Ingeniería y coordinador del Grupo para el Manejo de Crisis y Desastres, considera que “si no sucedía este evento, no se habría visibilizado esa vulnerabilidad que para muchos es normalidad: construcciones informales, gente expuesta por la ubicación de sus casas, características de densidad poblacional, estado de pobreza, educación limitada, por ejemplo”.

Fuerza natural

Pero si la vulnerabilidad existe, la resiliencia es lo que se construye producto del aprendizaje. A decir del Dr. Vargas, no se puede hablar de vulnerabilidad sin hablar de resiliencia, es decir, de la capacidad de la persona para superar circunstancias traumáticas. “Para reducir el impacto de fenómenos como El Niño, debes reducir la vulnerabilidad y aumentar la resiliencia, y esto tiene que ser simultáneo. Si la resiliencia no evoluciona a un estadio superior de madurez, no va a servir de mucho reducir la vulnerabilidad. Las personas deben desarrollar los elementos que les permitan decir que son parte de una comunidad, que son ciudadanos con deberes y derechos y que pueden integrarse a la naturaleza”, refiere.

Vargas hace énfasis en esto último, pues destaca que no se puede ver la naturaleza solo como un recurso que hay que explotar. Coincide con él la Dra. Nicole Bernex, docente del Departamento de Humanidades y directora académica del Centro de Investigación en Geografía Aplicada (CIGA): “Ocupamos anárquicamente nuestras cuencas, olvidamos las reglas de buena convivencia con la naturaleza y pagamos el precio de la inacción. Todos somos actores del territorio y de la gestión del agua. Todos necesitamos de nuestras aguas y de nuestros territorios para vivir bien”, dice.

En esta relación con la naturaleza, lo político también tiene un papel importante que cumplir, como bien anota la Dra. Nicole Bernex: “Una gestión eficiente y sostenible de los recursos hídricos y de los territorios significa pleno diálogo entre actores públicos, privados, sociedad civil, a múltiple escala (nacional, subnacional, local). Exige una participación interactiva, informada y responsable, el respeto de las leyes como la Ley Orgánica de Municipalidades (238553), que señala (Título III de la función municipal, Cap. I Art. 64) que “los documentos normativos de las acciones de acondicionamiento territorial en cada municipio son los planes urbanos respectivos que, en lo correspondiente al uso de tierras y a la regulación de las áreas urbanas, deben delimitar: [Inciso.6] las áreas inhabilitables de seguridad por su demostrado peligro, solo dedicables a áreas verdes o forestales”.

Lecciones del niño

Todos los fenómenos naturales nos dejan lecciones que, al ser cuantificadas, ayudan a mejorar la planificación. En este caso, una primera lección, a decir de Nicole Bernex, es que cada Niño es distinto, incluido los “Meganiños”, como los de 1925, 1983, 1998 y 2017; y “debemos prestar una especial atención a los sectores productivos, de salud e infraestructura. Una segunda lección: si observamos con lupa el territorio, es que el agua tiene memoria, reencuentra siempre su cauce, aunque lo anulemos cubriendo laderas, terrazas o fajas marginales con infraestructuras, viviendas, parcelas y construyamos diques de protección. Todos nuestros territorios son territorios de agua y el agua es libre”.

El fenómeno de El Niño de este año ha dejado, hasta el momento, 991,700 personas afectadas, 106 fallecidos y 215,691 viviendas afectadas. La reconstrucción brinda una oportunidad única para, por ejemplo, la mejor planificación en la ubicación de las viviendas de los pobladores. En ese sentido, el profesor Vargas considera importantísima la intervención política. “Para nosotros, estas reflexiones no son difíciles, pero para personas que están en extrema pobreza, donde la preocupación del día a día es encontrar alimento, estas reflexiones son extremadamente alejadas de ellas. Entonces, decirles que no pueden colocarse en determinado espacio libre, pues se exponen, no va a tener sentido para ellos si no tienen otras alternativas. Todo lo mencionado es totalmente válido: se exponen, suman a la vulnerabilidad, tienen baja resiliencia y, por lo tanto, hay un fuerte impacto, pero el problema debe tocar a la sociedad en su conjunto”, dice.

El buen manejo de lo que implica preparar, reconstruir y apostar la adecuada planificación de nuestras ciudades y sus habitantes depende, según el Dr. Ronald Gutiérrez, de la investigación, y, para ello, se debe recurrir a la sinergia entre los profesionales de Ciencias Sociales y los de Ciencias Básicas. “Los ingenieros y científicos ven los aspectos de cálculos, infraestructura, etc.; mientras los científicos sociales ven los aspectos sociológicos, legales y antropológicos, lo que afecta a la población”, dice.

En ese sentido, Gutiérrez destaca que la Universidad se ha comprado el pleito de la investigación y que los esfuerzos por acercar este trabajo al Estado se están dando. “Tenemos conversaciones para empezar a trabajar con algunos ministerios. No puede haber una desconexión entre la academia y las instituciones públicas, porque si se avanza en un campo, se debe avanzar en el otro o el trabajo queda desperdiciado. El producto de todas las investigaciones debe convertirse en conocimiento público usado por las autoridades como referente validado que ha pasado por un control técnico importante”, dice. A pesar de este acercamiento de la academia al Estado, es urgente que este invierta en investigación, pues, a decir del profesor Gutiérrez, “estamos siendo golpeados por un enemigo al que conocemos muy poco”, añade. Entonces, el trabajo está en que ese entorno natural, convertido ahora en enemigo, se convierta, otra vez, en nuestro amigo. Un amigo al que debemos aprender a tratar.

La importancia de la gestión de suelos

El problema que generan las lluvias depende no solo de las precipitaciones, sino también del lugar en el que ocurren y la condición del suelo de dicho territorio. La Mg. en Ingeniería Civil por la PUCP, Miluska Rosas, explica que la lluvia es uno de los factores claves para accionar los procesos erosivos. “El aumento de las precipitaciones satura el suelo, y si hablamos de una zona de pendientes empinadas, como nuestra cordillera, es muy probable que ocasione grandes deslizamientos o fallas en el terreno, principalmente, en la parte alta. Estas precipitaciones aumentan el caudal de los ríos y acrecientan así la fuerza de arrastre, por lo que las masas de sedimentos y lodo pueden ser fácilmente transportadas aguas abajo por la corriente de los ríos y provocar lo que hemos visto en las imágenes de los últimos meses”, explica Rosas.

El Ing. Joel Fernández, investigador PUCP, estudia la erosión en las riberas del río Rímac, donde el tramo urbano presenta un crecimiento sostenido de poblaciones usualmente agrupadas en viviendas precarias. “La erosión pone en peligro la seguridad de dicha población y limita el funcionamiento de la infraestructura civil. El proceso erosivo comienza con la socavación del talud, que deja grandes masas de tierra sin soporte, las cuales se van desprendiendo en bloques cuando hay aumento de caudal, se crea así una zona crítica”, dice Fernández.

En los últimos años, la capacidad de erosión y transporte de materiales sólidos se ha visto incrementada, por lo que el Ing. Fernández propone acudir a técnicas de bioingeniería o fitorremediación para controlar la erosión en esta zona. Una técnica desarrollada durante los años ochenta por el Banco Mundial, para el control de la erosión y conservación de suelos y agua, es el uso del vetiver, planta de sistema radicular profundo, masivo y denso, capaz de perforar capas compactas de suelo y roca, además de soportar largos períodos de sequía. Presenta tallos altos, erguidos y rígidos que pueden crecer hasta 3 metros en condiciones favorables y es capaz de mejorar la resistencia del suelo hasta en un 40%, pues sus raíces funcionan como anclajes de refuerzo.

En ese marco, Fernández está perfeccionando un trabajo donde analiza la restauración del tramo urbano del río Rímac, mediante el uso de la planta vetiver en los márgenes del río, con el objetivo de reducir la velocidad de flujo y su efecto erosivo, así como mejorar la estabilidad de las laderas. Un prometedor proyecto que puede tener una respuesta a uno de los más duros problemas ribereños.

Ordenamiento territorial y gestión de riesgos

“Ordenar el territorio es ordenar lo que está desordenado cuando encontramos que todas las actividades que se han venido haciendo no ocupan los lugares apropiados en términos, por ejemplo, de seguridad. En este caso, de seguridad ambiental”, explica el Dr. Hildegardo Córdova Aguilar, director ejecutivo del Centro de Investigación en Geografía Aplicada (CIGA) y docente del Departamento de Humanidades.

La costa peruana es un ejemplo de desorden territorial y sus consecuencias las hemos visto tras El Niño de este año. “Hemos usado el territorio en desorden, nos acomodamos como podemos sin pensar que el ambiente tiene ciertas reglas y que debemos actuar según ellas. Por ejemplo, sabemos que no podemos construir en los cursos de agua, aun cuando están secos, pues que exista una huella de que por ahí pasó agua quiere decir que se puede repetir”, añade. Córdova señala que, a esta ocupación sin ninguna racionalidad, se suma la mala gestión de las autoridades que, por cálculo político, suelen permitir eso. “Se deja el problema para la siguiente autoridad y esa tendencia que tenemos de dejar el problema para que otro lo resuelva es lo que nos lleva al fracaso”, dice. Pero también reconoce la otra parte, la parte institucional, de quienes se encargan de hacer cumplir la ley que a veces se basan en leguleyadas para aprobar una situación insostenible.

La reconstrucción, sin embargo, presenta una esperanza para mejorar el ordenamiento territorial y la gestión de riesgos. Hildegardo Córdova considera que ahora que se va a reconstruir hay que ver qué zonas van a ser habilitadas y cuáles son zonas de riesgo para no ocuparlas. “Eso puede implicar reubicar poblaciones, pero es mejor hacerlo ahora que después o construir contingentes, como muros, puentes curvos, entre otros”, puntualiza.

Fotos: Andina

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