26 de junio del 2017

Informe PuntoEdu: Educación autoritaria vs. Autonomía de los niños

El último boletín del IOP-PUCP destaca que, en el país, se considera importante promover la obediencia en la infancia en lugar del pensamiento autónomo. Expertas analizan este escenario.

Si había una frase común en la época escolar de nuestros abuelos (bisabuelos y tatarabuelos), era “la letra con sangre entra”. Se trataba de la normalización de una educación agresiva, donde el profesor tenía potestad de “educar” y usaba, incluso, el castigo físico. Los tiempos, felizmente, han cambiado y los maestros ya no son dueños de los cuerpos de los alumnos. Los padres, sin embargo, sí.

El último boletín del Instituto de Opinión Pública de la Universidad (IOP – PUCP) muestra que el 86% de los peruanos entrevistados está a favor de promover la obediencia en los niños, en lugar de la responsabilidad de las propias acciones. Así, también, el 90% está a favor de la obediencia en lugar del pensamiento libre. ¿Qué significa esto? La Dra. Patricia Ames, docente del Departamento de Ciencias Sociales y miembro del Grupo de Investigación Edades de la Vida y Educación (EVE), explica que una de las lecturas de estos resultados apunta a que “necesitamos empezar a preguntarnos y a cuestionarnos cómo nos relacionamos con los niños. Hay que cuestionar un poco ese saber heredado o adquirido, que dice que solamente el adulto tiene la potestad de decidir o de tomar responsabilidades, y reconocer también los intereses y necesidades de los niños. Es necesario reconocerlos como seres humanos completos, no incompletos”.

AUTORIDAD DE ALTO RIESGO

“Somos una sociedad adultocéntrica, hemos definido al adulto como el ser completo, racional, autónomo, responsable, y, por contraposición, construimos al niño como el inmaduro, el irracional, el irresponsable. En esa mirada dicotómica, se enfatiza, por un lado, la protección y, por otro, la dominación. No se valora la autonomía ni la responsabilidad de los niños, lo cual abre un campo importante para situaciones de maltrato y abuso, porque crea una cultura en la cual el adulto es el que tiene la razón y debe ser obedecido, y el niño debe someterse”, dice la Dra. Ames.

La Dra. Mary Claux, docente del Departamento de Psicología, concuerda con esa lectura. Considera que, lamentablemente, el sistema autoritario está muy metido en nuestras vidas en todos los ámbitos: en el hogar, en la escuela o en la calle, pues, para incorporar comportamientos que consideramos adecuados, siempre recurrimos a estrategias autoritarias, donde lo vertical y lo punitivo prevalecen. En ese marco, el margen de maltrato que se abre con estos resultados es bastante amplio. La Dra. Claux lo explica de esta manera: “Si hay una autoridad que grita, mandonea y castiga todo el tiempo, quien se coloca por debajo de dicha autoridad comienza a habituarse y llega un momento en el que el castigo ya no tiene efectividad. ¿Qué hace entonces el castigador? Incrementa la intensidad del castigo y empieza a usar estrategias más drásticas, más intensas si es que alguien no le hace caso o no le obedece. Entonces, se llega a maltratos terribles”.

Muchas de las situaciones de maltrato que se generan en contextos de crianza autoritaria fueron visibilizadas el año pasado a raíz del movimiento #NiUnaMenos. La Dra. Ames destaca que “muchos de los testimonios de #NiUnaMenos se refieren a situaciones de violencia que han empezado cuando las víctimas eran pequeñas y que muchas veces no han sido contadas hasta hoy, porque los niños no cuentan esas cosas, o las niñas no tienen derecho a decir que el tío o el primo hace tal cosa. Entonces, el nivel de violencia que se puede generar en la sociedad afecta a todos, no solo a la esfera privada del hogar”.

CRIANZA Y CIUDADANÍA

Los estilos de crianza autoritarios, rígidos y verticales de los que se habla en el estudio del IOP se refieren al ámbito familiar, no obstante, esto también se traduce en la esfera pública. “Si estamos educando a los niños en la obediencia más que en la responsabilidad y la autonomía, estamos también generando ciudadanos que opten por estilos autoritarios”, dice Patricia Ames.

Concuerda con ella la Dra. Susana Frisancho, docente del Departamento de Psicología. “Se trata de una variable que tiene que ver con la participación ciudadana. A partir de la acción, de la participación, uno construye una reflexión. Si esa participación no existe, si el niño no tiene un espacio en su casa donde pueda opinar, participar en algunas decisiones, elegir algunas cosas que estén a su alcance, y en la escuela tampoco, no participa en la generación de reglamentos, de las reglas que se van a aplicar para la propia convivencia en el aula, no toma decisiones…¿De qué manera va a construir estas capacidades y va a darse cuenta de que es positivo que la gente tenga un rango de libertad o autonomía? Obedecer no es un valor siempre, respetar al otro no significa obedecerlo, son dos cosas distintas. Nadie quiere que los niños sean irrespetuosos, pero ese respeto se gana, uno reconoce en ese otro una serie de cualidades por las cuales uno lo respeta. Es un respeto autónomo. Lo otro no es respeto, es temor, un ejercicio de coerción”, explica.

Asimismo, añade Frisancho, “tenemos normalizado el tema de la crianza vertical por varios factores. Somos autoritarios por cómo hemos sido socializados. El espacio educativo debería revertir esto con un tipo de educación diferente, pero no solo no revierte, sino que lo fortalece. Entonces, no hay espacios en la familia, en la escuela o en los medios para que a las personas se les dé un mensaje que los haga cuestionar las estructuras verticales. Hay excepciones, por supuesto, pero estamos hablando de la gran mayoría, como muestra la encuesta”.

El autoritarismo tiene muchos efectos negativos secundarios y directos. La Dra. Claux explica: “En primer lugar, el niño aprende a comportarse bien solo cuando la persona que ejerce autoridad o una amenaza punitiva está presente. Entonces, no aprende qué es lo que debe de hacer y por qué debe de hacerlo de esta manera o por qué no debe hacer algo que se considera inadecuado. No hay un desarrollo de la autonomía del niño, de poder discernir, de desarrollar eso que llamamos el desarrollo moral: ir asumiendo como propia una identidad, qué es lo que debo hacer y por qué. Para mí, es la peor de las consecuencias negativas: no desarrollar la autonomía, no desarrollar una identidad moral. La segunda consecuencia son los efectos negativos de las respuestas emocionales. Se desarrolla resentimiento hacia el castigador, temores, miedos, culpas que se van generalizando, pues si tuvo padres y profesores castigadores o autoritarios, cuando tiene un jefe que no los es, ya no sabe qué hacer. Le teme por el solo hecho de que es un jefe, ya que su figura le resulta amenazante, y entonces no permite que la persona funcione sin estrés”.
Por otro lado, un sistema autoritario está basado en el castigo, la estrategia punitiva para controlar al otro, pero también se está dando otros mensajes implícitos, como “el autoritarismo es un medio para lograr un fin” o “la amenaza y la agresión son un medio para lograr un fin”. Entonces, imposibilita que las personas se escuchen o toleren las opiniones discrepantes, se van limitando también sus opciones de juicio, de responsabilidad, se apela al “yo lo hice porque me dijeron que lo haga”.

Es necesaria, entonces, la creación de espacios donde los niños puedan aprender una manera distinta de socializar y educarse en la autonomía, el respeto y la horizontalidad. De la ejecución de esta tarea pendiente para el sistema educativo, las organizaciones sociales (grupos juveniles, por ejemplo) e instituciones públicas (como las municipalidades), depende que las próximas generaciones, ante la pregunta de si un niño o niña debe obedecer a sus padres o debe ser responsable por sus propias acciones, respondan, sin dudar, que los niños deben ser responsables de sus propias acciones.

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