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Enrique Verástegui: el fin de un mundo

La poesía, narrativa, filosofía e incluso la matemática. El miembro del movimiento Hora Zero, recientemente fallecido, se valió de distintas artes y materias para encontrar la belleza y el conocimiento del universo.

Autor: Oscar García

Se suele decir que un creador –ya sea literato, cineasta o pintor– tiene un universo particular. Para Enrique Verástegui, destacado escritor nacional fallecido hace unos días, su universo era todo. La forma que tuvo de aprehenderlo fue a través de las letras y las ciencias. “Aspiraba a abarcarlo todo, en búsqueda del conocimiento del ser y del mundo”, comenta la docente y poeta Victoria Guerrero. Similar opinión tiene el poeta chileno Raúl Zurita, quien dijo que su obra trataba de “un esfuerzo que quiere recogerlo todo, nombrarlo todo, reescribirlo todo”.

Conocido por su faceta de poeta, Verástegui bebió también de la novela, la filosofía y la matemática e incluso realizó obras de estas materias. De hecho, al momento de elegir una carrera, optó por la economía. La literatura la aprendió en la calle.

A inicios de los 70 formó parte de Hora Zero, un grupo que revolucionó la escena nacional gracias a su ruptua con el pasado, lenguaje coloquial e inclusión de las clases marginales. “No queremos que se pierda nada de lo vivo”, proclamaban sus fundadores Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel en Palabras urgentes, manifiesto de este movimiento. Aunque Verástegui era un miembro activo del grupo, tenía una marcada diferencia: “A él no le interesa ‘romper’ sino más bien dialogar con una tradición clásica y luego incluso científica. En cambio, Hora Zero quiere unir poesía y vida a través de una ruptura radical con la tradición nacional de ese entonces”, comenta Guerrero.

Hora Zero no solo fue importante en nuestro país, sino también tuvo influencia continental, incluso en el movimiento infrarrealista integrado, entre otros, por Roberto Bolaño. “En general, estábamos de acuerdo con que la joven poesía peruana era de lejos la mejor que se hacía en Latinoamérica en aquel momento y cuando fundamos el infrarrealismo lo hicimos pensando no poco en Hora Zero, del cual nos sentíamos arte y parte”, declaró el autor de los Detectives Salvajes.

Obra global

En 1971, Verástegui publicó En los extramuros del mundo, un poemario que fue aclamado por la crítica y lo hizo popular en Latinoamérica. “Desde el comienzo buscó algo que él llamaba la belleza a través de un uso expansivo del lenguaje”, señala Guerrero. De este primer libro se extraen algunos de sus poemas más reconocidos, como Primer encuentro con Lezama, Si te quedas en mi país, En el viejo libro de los cuentos de hadas o los versos. “De pronto perdí todo contacto contigo/ Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí” pertenecientes al poema Datzibao.

Ese éxito inicial hizo que, años más tarde, Verástegui obtuviera la Beca Guggenheim, gracias a la cual pudo viajar y estudiar en distintas partes del mundo. A su regreso al Perú, continuó “escribiendo todo el tiempo” -como él mencionó en cada entrevista que le hacían-, ya sea en Lima o en su casa de Cañete.

Posteriormente, se embarca en su monumental Ética, compuesto por los libros Angelus Novus, Monte de goce y Taki Onqoy. “Para hacer un proyecto así hay que creerse lo de ser poeta y, también, ser algo delirante”, comenta Guerrero. Además de su obra poética publica novelas, como Terceto de Lima; obras de matemática, entre las que cabe destacar El modelo del teorema; libros de filosofía, como Diez tesis sobre el principio de Dios; e incluso guiones de cine. Si se revisa las ediciones de sus libros, se observa que no solo ha sido editado en Perú sino también en Argentina, Ecuador, Brasil y México.

Su carrera continuó entre la prolificidad y cierta dispersión. La poeta Victoria Guerrero cuenta que, junto con un grupo de jóvenes poetas, fue a visitarlo a su casa en Cañete en la década de los noventa. Ya en ese entonces se había convertido en un mito y tenía fama de ser excéntrico. “A veces piensa en la muerte, pero no le tiene miedo —me ha dicho—, a lo que le tiene miedo es al no ser, al cambio de la vida a la muerte, a ese no existir”, escribió Victoria sobre esa visita. Su partida es el fin del creador, pero no del vasto universo que concibió.

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