15 de junio del 2017

“El escritor es un observador sin principios ni ideologías”

Carlos Franz

Escritor chileno

Siempre quiso escribir una novela de amor, pero no fue hasta que su madre le regaló la biografía del pintor Rugendas, de Tomás Lago, cuando supo qué historia quería contar: la relación prohibida entre Carmen Arriagada y el pintor Rugendas en Chile del siglo XIX. En la novela, premiada en la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa como la mejor obra en idioma español publicada entre los años 2014 y 2015, el escritor incorpora además al naturalista Charles Darwin en este triángulo. El autor llegó a la Universidad, como parte de las actividades de la Cátedra Vargas Llosa, para hablar con la comunidad PUCP sobre su novela.

¿Todos los tipos de amor le sirven a la literatura? ¿O, como en el caso de la historia de su libro, solo algunas?

Yo creo que la literatura puede interesarse o abarcar todos los tipos de amor y odios posibles. En mi caso, yo siempre digo que necesito escribir a partir de una urgencia, de algo que me concierne directamente. No me basta con tener una buena historia, sino que requiero que esta me comprometa de una manera vital. Hace ya veinte años atrás, más o menos, yo tenía el deseo de escribir una historia de amor por dos razones fundamentales. La primera, por el desafío que significa trabajar bien el tema más trillado de todos sin caer en la cursilería o en la pornografía. Y lo segundo, algo mucho más personal: la necesidad de indagar sobre mi propia experiencia en el amor a partir de la narrativa, que es el recurso que más conozco.

Sin embargo, su novela no solo está narrada desde una voz femenina sino que también lo hace en segunda persona. ¿Por qué esa decisión?

La opción de la voz femenina se impuso sola porque Carmen es la que está en el centro del conflicto. Pensé en un primer momento que el narrador sería el pintor Rugendas. Sin embargo, eso comprometía una mirada unilateral. En cambio, ella en medio podría mirar todo de una manera más panorámica. Es una decisión técnica, sin duda. Sobre la segunda persona: a mí se me hacía natural ese curioso punto de vista. Rimaba en mi imaginación con que el protagonista principal sea un pintor y que, por lo tanto, la mirada sea algo decisivo. Es decir, me interesaba cuestionarme sobre cómo vemos a los demás, pero también cómo somos vistos. Era mi preocupación indagar sobre ese desplazamiento a la segunda persona, a ese lugar donde se unen el tú y el yo que, de algún modo, representan la aspiración de los amantes.

¿Por qué escribir una novela sobre personajes reales de otro tiempo? Sobre todo en esta época de testimonio y autoficción.

Yo me he pasado toda mi vida huyendo de las modas. Ahora que tengo casi sesenta años y una carrera, recién me doy cuenta de los precios que he pagado por una supuesta rebeldía que no me ha permitido seguir modas. Creo que soy demasiado individualista. Basta que me entere de una corriente para que le rehuya, al contrario de lo que hacen muchos de mis colegas actualmente. Me gustaba la idea de escribir una novela situada en el siglo XIX, que no es una novela histórica, un poco por llevar la contra. Quería confrontarme con el desafío de dar dignidad literaria a dos subgéneros, como lo son la novela rosa y la histórica.

¿Qué es lo que más le interesa en sus historias?

Me importa el espíritu poético. Abordar la escritura, aunque sea de prosa, con la actitud del poeta. Es decir, del que va hacia lo desconocido con el lenguaje e incluso con los temas que va a desarrollar.

Su novela tiene elementos históricos. ¿Cuéntenos sobre el proceso de investigación previo?

Hay libros en los que requieres investigación porque te estás basando en hechos reales. Libros como Si te vieras con mis ojos te impone esa necesidad. Para esta historia, leí todo lo que pude sobre la época y los personajes. Me divertí mucho, me entretuve, me convertí en una especie de detective que va buscando cabos sueltos, fisuras, intersticios donde ubicar mi ficción, donde puedes transformar la historia en lo que quieres que sea.

En el caso de Darwin, por ejemplo, que tiene una de las vidas mejor documentadas de todo el siglo XIX, la tarea del detective literario era apasionante. El reto era encontrar huecos en la vida del Darwin real para alojar una ficción. Encontré algunas de ellas. Por ejemplo, se sabe que permaneció enfermo en Valparaíso un mes y que durante ese tiempo no escribió en su diario. Yo me permití dudar de esos días: por ahí no estuvo enfermo, no estuvo a bordo del barco, quizá lo bajaron. O a lo mejor, como lo sugiere la novela, estuvo enfermo de amor.

La novela sugiere una tensión entre el amor romántico del pintor Rugendas y el amor racional de Darwin.

El contraste en la novela es contra la actitud positivista de Darwin, quien además de ser una racionalista, por su actitud científica, era un puritano. Su actitud frente al sexo era puritana y entonces, en la aventura chilena que le imagino con Carmen, le descubre la otra cara del amor.

Carmen, el personaje central, es una mujer que pareciera que no solo controla la narración de su novela, sino todo a su alrededor.

Inevitablemente una novela escrita en el siglo XXI incorpora visiones de la mujer moderna. No tengo intención de hacer una novela histórica, por lo tanto no tengo que ser fiel a eso. También lo asumo como una crítica a esa mirada muy soberbia con respecto al pasado, muy propia de la modernidad que asume que hemos inventado todo. En la época había una cantidad de mujeres que vivían liberadamente su sexualidad, especialmente en el periodo que le siguió a la independencia. Se trató de un tiempo lleno de anarquías sociales, políticas y también sexuales.

Y sobre la función del escritor en la actualidad. ¿Tiene una posición?

Tengo una concepción del escritor que puede ser un tanto diferente a la predominante. El escritor es una especie de observador atento, disponible para cualquier tipo de historias, no tiene ideas preconcebidas, ni principios o ideologías. Puede contar una  historia de amor como una de guerra en el siglo pasado en un estilo o en otro. ¿Qué une a todo esto?  El lenguaje, el tipo de sensibilidad con que se aborda el oficio. A mí me gusta cambiar mucho de historias y de estilos, porque si no me aburro y siento que me empiezo a repetir. Eso me pasa leyendo a escritores que admiro, por ejemplo, con Javier Marías que cuenta lo mismo, del mismo modo cansino casi siempre. Yo no entiendo cómo él no se aburre de oír el mismo sonsonete.

Siempre he querido creer que si fuera cineasta no me gustaría ser como Fellini, a quien admiro mucho, sino como Kubrick. Es decir, un cineasta que es capaz de caminar todos los registros posibles: desde Barry Lyndon hasta Dr. Strangelove, pasando por 2001: Odisea en el espacio. A veces, me gusta pensar que Si te vieras con mis ojos es mi Barry Lyndon.

¿Cuál es su vinculación con la tradición chilena?

Me vinculo inevitablemente. He leído mucha literatura chilena, no toda con placer. Una cosa que solía decir cuando era más joven, y que ahora lo digo con más precaución, es que lo bueno para los narradores chilenos es que no tenemos una tradición narrativa demasiado fuerte. Es cierto, estaba José Donoso y algunos escritores en la mitad del siglo XX, pero la nuestra no era una tradición muy potente como la argentina. Incluso nuestros casos del boom no son tan potentes como Vargas Llosa, en el Perú, o García Márquez, en Colombia. Entonces, había una oportunidad. Los escritores chilenos podíamos elegir cualquier tipo de tradición: argentina, norteamericana, inglesa.

¿Qué significó el premio de la II Bienal de Novela Vargas Llosa?

Un aliciente muy fuerte, muy potente. He decido ser un receptor ingenuo. Se trata de un premio extraordinario del que no puedo sino sentirme halagado. Prefiero no relativizarlo, pasarla bien. Creo además que me llegó en un momento decisivo, cuando necesitaba un respaldo, cuando sentía que mis obras no estaban suficientemente respaldadas.

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